26 de Agosto del 2026.- En particular, el 16 de julio conmemora a la patrona de Chile. A primera vista, podría parecer una tradición exclusivamente religiosa, lo que explicaría que no todo el país se identifique con ella, pero su historia también permite comprender cómo se construyen las identidades nacionales más allá de la fe.
La tradición se remonta a nuestra antigua condición de colonia. Durante siglos, la monarquía española promovió la devoción a distintas advocaciones marianas en sus territorios. La Virgen no solo ocupaba un lugar central en la espiritualidad de la época; era invocada como protectora de ciudades, ejércitos y comunidades. Las intervenciones divinas, por lo demás, formaban parte de la manera en que los conquistadores interpretaban su historia y explicaban el devenir de los acontecimientos que protagonizaron. Así se explicaban, muchas veces, que ante enemigos que los superaban en número, fueran capaces de vencer o de sobreponerse a cualquier adversidad. Más de un cronista, como Pedro Mariño de Lobera, afirmó haber sido testigo de intervenciones milagrosas a favor de su causa.
Sin embargo, aunque se tratara de una tradición hispano-colonial, ese imaginario no desapareció tras la independencia. Por el contrario, y como suele ocurrir con el patrimonio cultural, su simbolismo fue más bien objeto de una resignificación. Las nuevas repúblicas -no sólo Chile- necesitaban construir símbolos capaces de unir a poblaciones diversas, y muchas recurrieron a figuras que ya gozaban de un profundo arraigo, sobre todo cuando la población era mayoritariamente católica.
En Chile, el ejército libertador prometió devoción a la Virgen del Carmen antes de la batalla de Maipú y tras la victoria, eso la convirtió en protectora del Ejército, así como posteriormente, en patrona de la nación. México, por su parte, consolidó el lugar de la Virgen de Guadalupe, que se asociaba también con el pueblo indígena a través de la figura de Juan Diego, y Argentina hizo lo propio con la Virgen de Luján, por mencionar algunos ejemplos.
En este sentido, es interesante que repúblicas que proclamaban un nuevo orden político no rompieran con las tradiciones coloniales, pero esto tiene una explicación: las identidades nacionales no nacen desde cero, sino que se construyen sobre memorias, creencias y símbolos compartidos, que adquieren nuevos significados en la medida que los tiempos cambian.
La figura femenina en un lugar simbólico de esta identidad también es digna de atención. En una época cuando la vida política y militar eran espacio de hombres, una mujer ocupó el lugar más alto del imaginario simbólico nacional, lo que implicaba un reconocimiento cultural a la maternidad, la protección y el amparo, cualidades encarnadas en la figura de María.
Quizás por eso tiene sentido que la Virgen del Carmen siga ocupando un lugar singular en la memoria nacional. Su permanencia se entiende porque forma parte del patrimonio cultural con el que nuestro país fue construyendo su identidad. Entender ese origen permite mirar esta conmemoración no solo como una expresión de fe, sino también como un testimonio de nuestra historia.
Dra. María Gabriela Huidobro – Doctorado en Historia Pontificia Universidad Catolica – Licenciada en Humanidades Universidad Adolfo Ibañez – decana Asociada EHE, Tecnológico de Monterrey.










