26 de Agosto del 2026. Chile atraviesa un acelerado proceso de envejecimiento demográfico. Según los resultados del Censo 2024 del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), el 14% de la población del país tiene 65 años o más y el índice de envejecimiento alcanzó 79 personas mayores por cada 100 menores de 15 años, muy por encima de las 22,2 registradas en 1992. El fenómeno es especialmente visible en Valparaíso, que presenta el índice más alto del país, con 98,6 personas de 65 años o más por cada 100 menores de 15, una realidad que comienza a plantear nuevos desafíos sobre cómo deberán adaptarse las ciudades chilenas a una población cada vez más envejecida.
El envejecimiento de la población y el aumento de los hogares unipersonales están modificando las necesidades de las ciudades chilenas. Veredas deficientes, barrios alejados de servicios, dependencia del automóvil y falta de espacios de encuentro pueden convertirse en obstáculos cada vez mayores. El arquitecto y urbanista Ricardo Abuauad advierte que adaptar las ciudades a esta nueva realidad no beneficia únicamente a las personas mayores: puede mejorar la calidad de vida de toda la población.
Durante décadas, buena parte del desarrollo urbano chileno siguió una lógica asociada al crecimiento de la población: expansión de los radios urbanos, viviendas pensadas para familias en formación y barrios periféricos donde el automóvil resulta fundamental para acceder al trabajo, comercio y servicios.
Pero ese modelo comienza a entrar en tensión con la nueva realidad demográfica.
Ricardo Abuauad, arquitecto, urbanista y decano del Campus Creativo de la Universidad Andrés Bello, explica que las personas mayores tienden a necesitar justamente lo contrario: barrios donde puedan encontrar servicios, salud, cultura, comercio y espacios públicos a distancias relativamente cortas.
“El modelo al que nosotros apostamos por décadas, que era una vivienda en la periferia con una cantidad mayor o menor de jardín y con dependencia del automóvil, a la población mayor le funciona muy poco”, sostiene.
Valparaíso como advertencia
Uno de los lugares donde este fenómeno puede observarse con especial claridad es la Región de Valparaíso.
Abuauad señala que la región encabeza el índice de envejecimiento y que, además, constituye el destino de una de cada cinco personas mayores que decide migrar desde una ciudad hacia otra. Entre sus atractivos aparecen la cercanía con la Región Metropolitana, una percepción de menores precios y su disponibilidad de servicios.
El problema aparece cuando las expectativas de una mejor calidad de vida chocan con las condiciones concretas del territorio.
Según los antecedentes citados por el urbanista, el 88,8% de las personas mayores de Valparaíso vive en sectores con equipamiento insuficiente o en zonas vulnerables.
Para Abuauad, lo que ocurre allí podría funcionar como una advertencia sobre el futuro de otras ciudades chilenas a medida que avance el envejecimiento de la población.
“Si uno ve lo que está ocurriendo ahí con los adultos mayores, uno podría imaginar que es una especie de predictor de lo que podría pasar en el resto de Chile”, plantea.
Una población mayor y cada vez más sola
A este fenómeno se suma otra transformación: el aumento de las personas que viven solas.
Abuauad advierte que Magallanes, Valparaíso y Aysén registran alrededor de un 27% de hogares unipersonales, mientras que en algunas comunas de Santiago la proporción se acerca o supera el 40%.
Esto significa que el modelo tradicional de una vejez acompañada por un grupo familiar o una estructura intergeneracional tampoco puede darse por sentado.
La forma de la ciudad adquiere entonces una importancia adicional. Un barrio puede facilitar que una persona mayor mantenga su autonomía y sus vínculos sociales o, por el contrario, contribuir a su aislamiento.
El problema, sostiene el arquitecto, es que buena parte de la infraestructura urbana chilena tampoco ha sido pensada considerando estas necesidades.
“Nuestras veredas tampoco están pensadas para adultos mayores. Nuestro sistema de transporte no está pensado para adultos mayores”, afirma.
La consecuencia puede ser especialmente grave: frente a calles difíciles de recorrer, espacios públicos poco adecuados o servicios demasiado alejados, muchas personas terminan reduciendo sus desplazamientos y recluyéndose en sus viviendas.
“Eso es fatal. Fatal para la salud física, fatal para la salud mental, fatal para su pronóstico de futuro”, advierte Abuauad.
¿Cómo debería ser una ciudad preparada para envejecer?
Una de las respuestas está en recuperar la proximidad.
El concepto de la “ciudad de 15 minutos”, impulsado internacionalmente por el urbanista Carlos Moreno y aplicado en París, propone que las personas puedan acceder caminando o en bicicleta, en aproximadamente un cuarto de hora, a buena parte de los servicios necesarios para su vida cotidiana: salud, educación, comercio, cultura y espacios públicos.
Otra experiencia es la de las supermanzanas de Barcelona, donde se reorganiza la circulación vehicular para recuperar calles interiores como espacios principalmente peatonales y de encuentro.
La lógica detrás de estos modelos no consiste simplemente en construir ciudades “para adultos mayores”. Una vereda de calidad, una calle fácil de cruzar, un transporte público accesible y un espacio donde sentarse bajo un árbol son especialmente importantes para quienes tienen problemas de movilidad, pero también resultan útiles para niños, familias y peatones en general.
“Cuando uno hace buenas veredas, buenos espacios públicos, sistema de transporte público amable, calles que sean fáciles de cruzar, equipamiento urbano adecuado, de cultura, etc., está fomentando la vida adecuada de los mayores, pero en realidad está fomentando la vida adecuada de todos”, explica Abuauad.
El problema no es solo poder caminar
Santiago ofrece una paradoja interesante. La capital puede resultar atractiva para recorrer a pie en determinados sectores, especialmente en barrios centrales y turísticos, pero esa experiencia no necesariamente representa la realidad cotidiana de quienes necesitan desplazarse caminando por la ciudad.
Según Abuauad, existe una diferencia fundamental entre una ciudad atractiva para recorrer y una ciudad fácil para vivir caminando.
En sectores periféricos pueden aparecer problemas de seguridad, ausencia o deterioro de veredas y grandes distancias entre servicios. En barrios de mayores ingresos, en cambio, el problema puede ser una planificación excesivamente dependiente del automóvil.
El desafío, por tanto, no consiste en eliminar otros modos de transporte ni imaginar que una metrópolis completa puede recorrerse a pie, sino en asegurar que cuando una persona necesite caminar, pueda hacerlo de manera segura, cómoda y atractiva.
Sacar a las personas nuevamente a la calle
Para Abuauad, la transformación necesaria puede resumirse en una idea especialmente sencilla: hacer que las personas quieran y puedan salir de sus casas.
Eso implica recuperar la calle no solamente como infraestructura de desplazamiento, sino como lugar de encuentro. Bancas, árboles, comercio de proximidad, plazas, veredas adecuadas y actividades culturales pueden adquirir una relevancia creciente en una sociedad donde cada vez más personas envejecen viviendo solas.
“¿Cuál es el leitmotiv de toda esta transformación? Invitarlos a salir a la calle y en la calle hacer todo lo posible para que se encuentren con otros. Esa es la clave”, sostiene.
La adaptación de las ciudades al envejecimiento, por tanto, no necesariamente requiere construir una infraestructura exclusiva para las personas mayores. Implica reconsiderar qué hace habitable un barrio y devolver protagonismo a elementos urbanos básicos que durante décadas quedaron relegados frente a la expansión territorial y el automóvil.
Porque una ciudad donde una persona de 80 años puede caminar, cruzar una calle, llegar a un servicio y encontrarse con otros probablemente sea también una mejor ciudad para alguien de ocho, treinta o cincuenta años.








