Marzo 2020, ya han pasado casi 2 años desde que aquel viajero arribó al aeropuerto de Santiago después de haber visitado varios países en el sudeste asiático, donde ya había muchos casos confirmados de coronavirus, esa no tan famosa enfermedad que luego se convertiría en pandemia. Este viajero se dirigió a Talca, donde terminó hospitalizado y luego dado de alta bajo vigilancia epidemiológica en la ciudad. Pasaron pocos días y se desataron los contagios a nivel nacional, a pesar de las advertencias de la OMS no hubo grandes restricciones en ese momento. Con el pasar del tiempo las noticias eran abrumadoras, desesperados llamados al autocuidado, las mascarillas y alcohol gel pasaron a uso personal y obligatorio, a los limpiapiés se les adicionó amonio cuaternario, se aprobó el estado de excepción, período en que la autoridad sanitaria de acuerdo a los casos de contagios y necesidad de camas fueron encuarentenando el país. Por otro lado, las pérdidas de fuentes laborales, y la necesidad de mantener a la población en sus casas obligó a las autoridades a establecer ayudas de alimentos y luego bonos para la economía de los hogares, además de comenzar la modalidad de trabajos y estudios on line en forma masiva.
Los trabajadores del área salud, pasaron a ser los actores en esta película de terror que comenzábamos a vivir, pacientes colapsaban los diferentes servicios de atención primaria, hospitales y clínicas. El nivel central tuvo que inyectar recursos para la compra de insumos, contratar más personal entre otros para así atender a la población. El contagio era transversal, algunos pacientes lograron recuperarse, otros debieron ser entubados y muchos fallecieron en el primer año de pandemia. Las bibliografías consultadas hablaban del virus, mas no de como medicar, tratar los casos o el protocolo necesario para la situación que estábamos viviendo; los infaltables egos también eran parte en esta historia que recién comenzaba.
La base de la sociedad también se vio afectada, hemos sido testigos de cómo esta pandemia nos vino a cambiar toda la existencia, en algunos casos el desmantelamiento de las familias, tanto sea por fallecimientos, abandonos, violencia intrafamiliar, enfermedades psicológicas, separaciones, divorcios. Otros lograron la tan anhelada unión familiar, enlaces matrimoniales, algunos al estar juntos las 24 horas del día lograron conocerse, nuevos nacimientos traían una luz de esperanza y alegría. La reinvención, ya sea en lo laboral, espiritual o personal fue adoptada por la gran mayoría de las personas.
Los diferentes laboratorios comenzaron a investigar sobre exámenes, como también vacunas para combatir aquel virus que a nivel mundial sigue afectando a un gran porcentaje de los habitantes del planeta. El gobierno optó por comprar y hacer convenios con distintos países, para suministrar diferentes dosis a la población, vacunación que no ha estado exenta de polémicas.
Comienza la búsqueda activa de PCR, (examen que detecta la presencia del virus SARS o Cov-2), en hospitales, consultorios, móviles dispuestos en ferias, plazas, malls, se invita a la población a realizarse el testeo, las filas son interminables, mas los resultados comienzan a aparecer lentamente, lo que comienza a mostrar una falla en el sistema de salud y, por consecuencia, el seguimiento de los afectados por el virus.
30 septiembre 2021, termina luego de 18 meses el estado de excepción, dejando con libre albedrio a la ciudadanía y sólo con medidas de aforo, que no siempre son respetadas. En la actualidad, si bien es cierto hay un poco más de control y conocimientos sobre el virus, también han aparecido nuevas cepas, trayendo aún más complicaciones y altos niveles de contagios, que en la mayoría de los casos con las vacunas ha sido más llevadero.
En ese libre albedrio decidí viajar, abrir mis alas y volar, estando consciente que había una posibilidad de contagiarme en esa ida a la libertad, disfruté mucho mi viaje, pero a mi regreso tenía síntomas de un resfriado por lo que automáticamente, por conciencia y responsabilidad propia, me aislé mientras esperaba el resultado del PCR, que en el consultorio me dijeron que los resultados demoraban 76 horas. Mientras veía por mi ventana amaneceres y atardeceres el resfrío iba abandonando mi cuerpo, entre algunos estornudos y molestias típicas, vi todas las películas que la parrilla presentaba y también me pasé muchas otras. Llamadas y consultas por mi salud y estado de ánimo fueron pocas, las que agradezco, porque parece que la gente piensa que el coronavirus se transmite por teléfono, pues no es así, ni tampoco por las redes sociales. Día jueves consulté en la página del hospital y no había manifiesto. Llegó el fin de semana y en la página volvía a leer una y otra vez resultado PENDIENTE. Día lunes al consultar, decía: UD. No tiene registros de exámenes de PCR, no entendía absolutamente nada, llegué a pensar que había tenido una pesadilla o que estaba enloqueciendo, los teléfonos o call center no funcionaban, pero al escuchar la emisora local no solo yo tenia ese problema eran muchos los reclamos y pocas las respuestas a tantas interrogantes.
De manera escueta se decía que había problemas de logística, que faltaban algunos reactivos, que había un problema en el sistema computacional, que falta de personal, sistema colapsado. A esas alturas del partido solo pensaba en lo mal que sigue funcionando la salud pública en Chile que, a pesar de las transferencias realizadas para combatir la emergencia sanitaria, aun hay un eslabón perdido, falta de empatía, organización, escases en gestiones para capacitar a más personas para ir en ayuda y reemplazar a quienes están enfermos, agotados o deben salir de vacaciones o con licencias.
Después de 10 días reaparecí en el sistema del hospital donde decía PCR positiva, ya había cumplido con la cuarentena autoimpuesta, hasta el día de hoy no me han llamado de la SEREMI, según tengo entendido es el protocolo a seguir. Lo preocupante de toda esta historia es ¿cuántas personas que se realizan el PCR siguen realizando sus actividades, y sin saberlo contagiando a diestra y siniestra? O peor aún, a sabiendas ya que fueron contacto estrecho, pero por no tener el resultado del examen no les dan la licencia respectiva para presentar en los trabajos, o simplemente no tienen la conciencia social que se requiere. Entiendo que es difícil, hacer que el sistema funcione más rápido, que los resultados de las pesquisas sean entregados a tiempo, para que los pacientes contagiados puedan aislarse y cumplir con la cuarentena. Espero que al final de esta pandemia logremos aprender que el sistema lo creamos y lo destruimos nosotros mismos.
Después de esta experiencia solo decir “lo comido y lo bailado no me lo quita nadie” y agradecer al “Pulento” por seguir cuidándome.
Artículo escrito por Rossana Casas Peña
Periomamista Semanario Local
Una Mezcla Loca entre Mamá y Periodista Ciudadana.










