24 de Septiembre del 2026.- La semana pasada lo dejaste hasta las doce, y el sábado ni siquiera preguntaste. El padre sabe que tiene razón. También sabe que no puede dársela. Y ahí, en ese punto muerto que se repite estos días en miles de casas chilenas, empieza una discusión que ninguno de los dos quería tener.
La escena suele leerse como un problema de disciplina. El adolescente que se aprovechó, el adulto que aflojó demasiado, la autoridad que ahora hay que recuperar. Esa lectura no es completamente falsa, pero sitúa el problema en el carácter de cada uno y deja sin examinar lo que efectivamente ocurrió con la norma durante esos días. Porque algo ocurrió, y no fue exactamente que la norma se rompiera.
Lo que ocurrió es que nadie pensó la norma en voz alta. Durante las Fiestas Patrias, las reglas de la casa no se transgredieron, se dejaron de lado con bastante sentido común, porque había fonda, porque llegaron visitas, porque era feriado y sostener el horario de siempre habría sido absurdo. ¡Porque había empanadas! Pero una regla que se deja de lado sin nombrarla no queda esperando en un segundo plano hasta que alguien decida reactivarla. Desde el lugar del hijo, simplemente dejó de existir. Por eso la exigencia no se experimenta como un regreso, sino como la aparición repentina de una regla nueva. Y las reglas que aparecen de repente se parecen mucho a las arbitrariedades.
Conviene decirlo con claridad: lo que vuelve tolerable un límite no es su dureza, sino su previsibilidad. Un niño o un adolescente puede aceptar una norma que no le gusta si sabe cuándo rige y cuándo no. Lo que no puede procesar es una que parece depender del ánimo del adulto, de cómo haya estado el día o de cuánta paciencia quede a esa hora. Frente a una norma así, lo que el hijo aprende es otra cosa. Aprende una pregunta: ¿es hoy uno de esos días? La suspensión sin aviso enseña exactamente eso, aunque nadie haya querido enseñarlo.
Nada de esto implica que durante el 18 correspondía mantener las reglas de siempre. Las excepciones son buenas y son, en buena medida, lo que convierte una celebración en celebración. El problema no es la excepción, sino la excepción que no se nombra. Anunciarla antes —y basta con una frase— cuesta poco y cambia bastante, porque convierte la flexibilidad en una decisión de los adultos y no en un descuido que el hijo descubrió antes que ellos.
Queda la pregunta por el conflicto. Volver a poner límites sin entrar en conflicto es una aspiración comprensible y, al mismo tiempo, una vara imposible y un poco equivocada. Un hijo que reclama frente a un límite no está desconociendo la autoridad de sus padres. Está averiguando si es real. Ese reclamo forma parte de cómo se aprende una norma. Lo que conviene evitar es otra cosa: la discusión que termina con la regla abandonada, porque esa sí enseña algo preciso y difícil de desaprender, que es que insistir funciona.
Hay una consecuencia que suele quedar fuera de esta conversación. Un hijo que crece con normas que aparecen y desaparecen aprende a leer a los adultos antes que a leer las situaciones. Se vuelve hábil para negociar, pero no para gobernarse. Y con los años eso le deja una imagen bastante precisa de sí mismo: alguien que puede con las reglas mientras haya otro sosteniéndolas. La autonomía, que es finalmente lo que queremos que desarrolle, se construye sobre reglas anticipables, porque uno solo puede hacer propia una norma que fue capaz de prever.
Por eso la conversación útil con ese hijo de trece años probablemente no sea sobre el teléfono. Es la que debió ocurrir hace una semana y todavía puede ocurrir esta noche. Qué rige desde aquí hasta diciembre, qué se puede negociar y qué no, y qué vamos a hacer distinto la próxima vez que haya algo que valga la pena celebrar. Los límites no se recuperan. Se vuelven a explicar. Y ojo: se aplica a los adultos también.
Dr. Jaime Fauré, académico de Psicopedagogía de la UNAB.










