17 de Septiembre del 2026.- Hay niños y niñas que cada 19 de septiembre no miran la Parada Militar: la sueñan. Sobre los hombros de un padre, tomados de la mano de una abuela o intentando imitar aquel paso marcial que avanza por la elipse del Parque O’Higgins, contemplan uniformes, bandas, caballos y aeronaves con ese asombro que todavía permite creer que el mundo está lleno de héroes. Mientras los adultos observamos una tradición republicana, quizás ellos están mirando algo mucho más profundo: un ejemplo de aquello que algún día quisieran llegar a ser.
Desde 1915, Chile conmemora oficialmente cada 19 de septiembre el Día de las Glorias del Ejército, aunque estas ceremonias acompañan nuestra historia desde los primeros años de la República (Ejército de Chile, 2026). Pero reducir esta jornada a un desfile sería empobrecer su enorme posibilidad educativa. Cuando una familia lleva a sus hijos e hijas a contemplar la Parada Militar también transmite memoria, identidad y pertenencia. Allí aparecen valores que toda educación transformadora necesita cultivar: disciplina, esfuerzo, responsabilidad, trabajo colectivo y, especialmente, vocación de servicio.
La admiración, sin embargo, también obliga. En Chile, un 60% declara mucha o alguna confianza en las Fuerzas Armadas, situando al país entre los niveles más altos de América Latina (Corporación Latinobarómetro, 2024). Pero la confianza jamás debiera convertirse en un cheque en blanco. Precisamente porque un uniforme puede hacer soñar a un niño o una niña, quien lo viste adquiere una enorme responsabilidad ética. La gallardía no puede demostrarse únicamente durante las horas de un desfile; debe comprobarse los otros 364 días del año mediante la probidad, el respeto a los derechos humanos, el compromiso democrático y el servicio a las personas.
Y es aquí donde aparece la educación. UNESCO (2021) nos recuerda que formar ciudadanía supone desarrollar conocimientos, valores y actitudes orientados al bien común, los derechos humanos y la convivencia. Educar, entonces, no significa enseñar a admirar sin preguntar. Significa enseñar a comprender por qué existen nuestras instituciones, qué significa servir a otros y por qué toda autoridad debe estar acompañada de responsabilidad. Una educación que solo enseña símbolos forma espectadores; una educación que enseña a comprenderlos puede formar ciudadanos.
Quizás esa sea la verdadera lección que podemos rescatar este 19 de septiembre. Entre clarines, banderas y familias volveremos a encontrar a un niño o una niña mirando con los ojos abiertos a quienes pasan frente a ellos. Mañana podrán querer ser militares, carabineros, policías, profesores, médicos o bomberos. Poco importa el uniforme o profesión que elijan. Lo verdaderamente importante será que comprendan que servir a Chile significa poner nuestros talentos al servicio de los demás.
Porque los países no se construyen solamente con instituciones, leyes o ceremonias. Se construyen educando. Y cuando somos capaces de transformar la admiración de un niño o una niña en valores, pensamiento crítico y vocación de servicio, la educación vuelve a cumplir su tarea más hermosa: no enseñar únicamente a querer el país que recibimos, sino preparar a una nueva generación para construir el Chile que todavía soñamos.
Dr. Juan Pablo Catalán – Doctor en Educación – Académico e investigador








