15 de Abril del 2026.- En un sistema educativo tensionado por resultados y urgencias, la experiencia del Parque Escuela Kaikén en Aysén no es una anécdota inspiradora: es una incomodidad pedagógica. Mientras algunos estudiantes aprenden encendiendo fuego, cocinando y habitando la naturaleza, muchas escuelas siguen atrapadas en una rutina donde el aprendizaje se reduce a cubrir contenidos. La pregunta es inevitable: ¿no se puede innovar o no se quiere?
Chile dispone de un currículum que permite flexibilidad y contextualización (MINEDUC, 2019). Sin embargo, la cultura escolar ha optado por una lógica de cumplimiento más que de creación. Se enseña para avanzar, no para transformar. Y en esa decisión —porque es una decisión— se juega gran parte de la crisis educativa actual.
Aquí conviene tensionar una idea instalada: responsabilizar exclusivamente al sistema es una forma elegante de evadir la responsabilidad profesional. La evidencia es clara: los sistemas que mejoran son aquellos donde los docentes asumen un rol activo en la gestión del currículum, diseñando experiencias pertinentes y desafiantes (OCDE, 2020). No basta con implementar; hay que interpretar, adaptar y crear.
Dewey (1938) lo planteó con claridad: se aprende haciendo. Montessori y Waldorf lo han sostenido por décadas. UNESCO (2021) lo reafirma hoy. Entonces, ¿por qué seguimos enseñando como si aprender fuera repetir? ¿Por qué la innovación sigue siendo excepción y no norma?
La respuesta es incómoda: porque innovar exige una cultura profesional docente que aún estamos construyendo. Implica liderazgo pedagógico, trabajo colaborativo y una gestión curricular que deje de ser administrativa para convertirse en una práctica intelectual rigurosa. No es falta de herramientas; es falta de decisión.
La experiencia de Aysén no debe romantizarse, pero tampoco relativizarse. Es un recordatorio de que el currículum puede ser vivido, no solo ejecutado. Y que los profesores no somos operadores del sistema, sino gestores del cambio.
Persistir en la inercia ya no es neutro. Es renunciar a la posibilidad de transformar. Porque la innovación educativa no es un lujo ni una moda: es un deber ético. Y la verdadera pregunta no es si se puede enseñar distinto, sino por qué, pudiendo hacerlo, aún no lo hacemos.
Dr. Juan Pablo Catalán – Doctor en educación – Académico e investigador










