Es conocido que todo niño, en ocasiones, desobedece a sus padres y muestra una mala conducta. Si bien, para algunos de estos niños el mal comportamiento es más bien una excepción, para otros, en cambio, esta situación puede convertirse en la regla. Esto ocurre –demasiado a menudo– debido a que los padres, sin darse cuenta, agravan la situación.
En función de lo anterior, a continuación se identificarán algunas de las acciones y actitudes que adoptan algunos padres que pueden animar a los niños a comportarse mal.
- Realizar malas acciones y/o conductas que quedan sin consecuencias: tal es el caso, por ejemplo, cuando se le dice a un niño que “hoy ya no comerá más dulces”, a continuación de lo cual, el menor hace una gran pataleta y la madre –o el padre– para evitarse al incomodidad de la rabieta le permiten al hijo continuar comiendo golosinas, con la finalidad de que se calme. De este modo, lo que están haciendo los padres es inculcarle al niño la idea de que si tiene rabietas o hace una pataleta, entonces conseguirá todo lo que quiere.
- El incumplimiento de la promesa de un castigo o de una recompensa: todos nosotros, en más de una oportunidad, hemos visto a muchos padres que lanzan amenazas en vano, tales como: “Si alguna vez vuelves a hacerlo, se acaba la televisión”, “Nunca más te llevaré conmigo a ver un partido”, “Te portaste muy mal, así que se acabaron los helados”, etc. Luego de un breve lapso de tiempo, los padres se olvidan de dicha promesa, a raíz de lo cual, los niños terminan por no cumplir aquello que aseguraron a sus padres que no volverían a hacer. ¿Para qué y por qué razón deberían cumplir con su compromiso, si se dan cuenta de que no habrá ninguna consecuencia por su mala conducta? Igual cosa sucede cuando se ha prometido al hijo(a) un premio o una recompensa y luego eso no se cumple, lo que lleva a una total desmotivación por parte del hijo(a) de cumplir con su parte del compromiso.
- Cuando los mismos padres dan “excusas” para justificar el mal comportamiento del hijo: frases como “Es que está cansado”, “Es que todavía es pequeño y no entiende”, “Tiene hambre el pobre, por eso…”, etc., son frases que se escuchan muy a menudo y que sólo resultan ser perjudiciales. Es verdad que no podemos esperar que los niños vayan a ser perfectos todo el tiempo, ya que eso es, simplemente, imposible. Es comprensible, asimismo, que puedan estar hambrientos, cansados o de mal humor, sobre todo, si se trata de una edad temprana, cuando a los niños les cuesta más expresar su sentir. Sin embargo, si los padres están constantemente justificando al hijo todas las veces, en un corto lapso de tiempo se volverá un peligroso bumerang que irá directamente en contra de los propios padres y perderán todo tipo de autoridad. Incluso, se corre el riesgo de desarrollar en los niños(as) el conocido “síndrome del emperador”, donde los hijos se convierten en verdaderos tiranos de sus padres.
- Falta de consenso entre los padres: es frecuente encontrarse con padres que se desautorizan el uno al otro frente al niño. Esta condición dificulta en gran medida el proceso de aprendizaje, ya que el niño se da cuenta que no hay acuerdo sobre su mal comportamiento, lo que lo llevará a acercarse al padre o madre que lo avaló, con resultados que sólo pueden calificarse de perjudiciales para la autoridad paterna.
- El uso de la intimidación y del castigo corporal: según los expertos en el tema, el uso de la intimidación no es la mejor manera de educar a los niños y puede ser, incluso, dañina cuando se pasa al plano de propinar golpes y o malos tratos. En un estudio realizado hace algunos años, los investigadores encontraron que los niños a quienes los amenazaron con castigarlos severamente y con golpes si mentían, eran más propensos a mentir, debido, justamente, al miedo ante la reacción violenta de los padres por alguna mentira o por una acción reprochable que hubieran cometido. Según otras investigaciones, si un niño es a menudo objeto de castigos corporales, éste puede llegar a ser más agresivo, a cerrarse emocionalmente y tender a mostrar una baja autoestima. Es altamente probable que aprenda a evitar el dolor, más que comprender cabalmente que tiene que cambiar su comportamiento.
- Tratar a gritos o etiquetar a los hijos: el hecho de que el padre o la madre levanten la voz y traten a gritos al niño, eso no significa, necesariamente que el hijo esté escuchando lo que –entre gritos– le dice el padre o la madre y, a continuación cumpla lo que los padres le están pidiendo que haga. El acto de obediencia podría ser sólo de corta duración. Igual cosa sucede cuando se usan frases y etiquetas tales como “Eres un tonto inútil”, “No sirves para nada”, “Ya sabía yo que lo ibas a romper”, etc., ya que el mal uso de esta forma de “corregir” el mal comportamiento, puede dar lugar a que la relación entre el padre/madre y el hijo(a) se estropee seriamente.
- Aprobar con una sonrisa y con enternecimiento un mal comportamiento del hijo(a): es posible que a los padres les parezca adorable cuando el hijo(a) comienza a balancearse en una silla en una cafetería y empieza a gritar o a cantar su canción favorita, o bien, cuando comienza a comer con las manos y luego a lamerse los dedos. Sin embargo, es muy poco probable que las demás personas que están viendo el espectáculo que da el hijo(a) lo aprecien. En este sentido, el niño continuará haciendo lo que quiere a vista y paciencia de los demás, si es que nadie le recuerda cómo hay que comportarse, especialmente, cuando se está en un lugar público.
- Tratar a los hijos como amigos: los padres deben tener muy claro que ellos son un símbolo de autoridad para los hijos, en función de lo cual, la relación con ellos no puede ser de igual a igual. Los padres representan una autoridad a la que se le debe respeto.
Es verdad que mucho de lo que se ha señalado en estas líneas depende de la edad que tenga el menor. No obstante lo anterior, todos nosotros sabemos que los niños absorben las cosas tan rápido como una esponja, y si han aprendido desde pequeños a respetar los límites y las reglas que han fijado los padres, así como también a diferenciar qué se puede hacer y qué no, entonces no habrá problemas en el futuro. Por otra parte, intentar volver a enseñar, o mejor dicho, volver a “reeducar” a un niño, luego de que se le ha dado “chipe libre” –a saber, la facultad para actuar sin limitaciones ni consecuencias– el objetivo se hace mucho más difícil y cuesta arriba.
Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl – Académico, escritor e investigador (PUC-UACh)










