“La ira es un veneno que uno toma, esperando que el otro muera” (William Shakespeare, dramaturgo, poeta y actor inglés).

La furia, representa a una emoción básica que se expresa de manera violenta en la relación con el otro, sea que se trate de la pareja, el hijo(a), el subordinado, el compañero de trabajo u otra persona cualquiera.
En este sentido, la manifestación de la furia se hace “visible” a través del enojo, resentimiento, irritabilidad y agresión, condición que es acompañada por una serie de concomitantes de tipo físico y cognitivo: la conciencia se obnubila y la persona experimenta la pérdida pasajera de la capacidad de razonar o de darse cuenta con claridad de las cosas que dice y hace, el ritmo cardíaco se incrementa de manera notable, la presión sanguínea se eleva a niveles peligrosos y el organismo comienza a producir cortisol, adrenalina y noradrenalina –las llamadas hormonas del estrés– de una manera abundante, con la probable pérdida del autocontrol sobre el comportamiento, lo que puede acarrear consecuencias más que desastrosas para el sujeto y su entorno cercano.
Dicho de una manera simple: la ira –la rabia, la furia– ciegan a la conciencia y representan a la emoción más dañina para las relaciones interpersonales. Revisemos, entonces, los componentes del denominado “ciclo de la furia” de una forma sencilla:
1. Las glándulas suprarrenales (la parte superior de nuestro riñón) secretan una serie de hormonas (cortisol, adrenalina, noradrenalina), que corresponden, justamente a substancias ligadas al factor estrés y que preparan a las personas para la lucha o para la huida.
2. La corteza cerebral, que es la encargada de regular las conductas y acciones de la gente para que respeten las normas sociales y los principios éticos en un ataque de furia, puede verse fácilmente sobrepasada, especialmente, si el sujeto no ha practicado lo suficiente el autocontrol sobre sus emociones negativas.
3. El hipotálamo, que es una especie de ordenador y conmutador central, se vincula con las emociones, e imparte las instrucciones necesarias que estimulan a otras glándulas para que produzcan hormonas que, a su vez, gatillan y aceleran la aparición de nuestras emociones y reacciones fisiológicas.
¿Cuál es el resultado final? Entre el estado de estrés y la conducta agresiva se genera un efecto de retroalimentación mutua, en cuya ecuación, cualquiera de las partes que inicie la actividad, hace que se inicie de inmediato la actividad del otro. Por lo tanto, si la corteza cerebral no logra modular –o controlar– esta reacción, entonces sobreviene, inevitablemente, el desborde emocional.
Lo que comienza a funcionar ya no es la lógica del raciocinio ni de la razón, sino que directamente una suerte de lógica de la neuroquímica. De lo anterior se desprende, que la generación de un episodio de violencia descontrolada, se debería, a que tanto el cerebro, como las hormonas del estrés vertidas en el torrente sanguíneo se estimularían químicamente entre sí, generando un círculo vicioso que no resulta fácil de quebrar. Precisamente aquí radica la importancia del descubrimiento de este “circuito de la furia” (o más bien “cortocircuito”): si se logra “romper este circuito de la furia, se abre la posibilidad de intervenir de una manera más directa y eficiente en los hechos de violencia que caracterizan a los seres humanos en sus distintas formas”.
La gran mayoría de las personas dispone de una corteza cerebral lo suficientemente poderosa y madura, que les permite tener bajo un cierto grado de control, tanto a los sistemas generadores del estrés como al sistema de la agresión. Un sistema, en todo caso, que en situaciones de estrés muy agudo e intenso puede fallar y sufrir un percance de alcances insospechados.
Resulta importante, que aquellos hombres y mujeres que tienen una naturaleza violenta y agresiva, se sometan a un proceso terapéutico para poder combatir la furia que los sobrecoge ante situaciones que los disgustan y estresan, y que hoy se conoce como la “administración de la ira”.
La razón es muy simple de comprender. La necesidad de tratamiento psicoterapéutico está avalada por las reacciones desproporcionadas y salvajes que tienen algunos hombres y mujeres en sus hogares frente a tensiones con su pareja, ya sea por la presencia de celos, por frustraciones laborales o por otro tipo de sucesos estresantes. Más aún, si el sujeto tiende a una ingesta excesiva de alcohol, ya que el alcohol es un desinhibidor natural que puede conducir fácilmente al descontrol total de una persona.
Estos son todos eventos, que para otros individuos, tal vez, no tendrían mayor relevancia o no tendrían tan fuerte incidencia, y que, sin embargo, en estos sujetos, gatilla explosiones de ira que llevan directamente a una golpiza de los hijos y a un trato agresivo hacia la pareja, incluyendo, en ocasiones, el asesinato de la misma de una manera muy brutal y violenta, tal como lo hemos visto, una y otra vez, en los femicidios consumados, así como en los numerosos femicidios frustrados que se elevan a cifras que llegan a miles de casos.
El mejor ejemplo del corto circuito que pueden experimentar estas personas se relaciona con las vivencias extremas de celotipia o de celos enfermizos por parte de un sujeto, quien, cegado por sus tensiones emocionales y refractario ante cualquier tipo de razonamiento lógico, es arrastrado –en su versión más extrema– a la aniquilación del objeto de su amor. Para estas personas afectadas por los celos, la situación se reduce, lisa y llanamente, a todo o nada, y en un alto número de casos, las consecuencias son desastrosas, porque involucran a muchas víctimas inocentes: los hijos de la pareja pueden terminar muertos, como una forma de vendetta final y personal contra la supuesta pareja culpable.
Si llevamos esto al ámbito laboral, pronto nos damos cuenta que la furia, la ira o la cólera irracionalmente expresada a través de insultos, agravios o agresiones no cooperan en nada en la creación de un buen ambiente laboral, y menos aún, si deseamos tener éxito en el desempeño de nuestro trabajo.
Destaquemos como conclusión final, que todas aquellas personas, que son propensas a caer en la obcecación, ofuscación o estrechez de conciencia, son quienes, naturalmente, más deben practicar nuevas estrategias de “autocontrol guiado”, es decir, mediado por un experto, buscando romper de alguna forma este circuito mortal, en que un estímulo alimenta al otro, en una escalada irrefrenable y con consecuencias siempre graves e insospechadas.
Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl – Académico, escritor e investigador (PUC-UACh)
Nota del Editor : La ilustración que acompaña al artículo del Académico Franco Lotito corresponde al cuadro “El Ángel Caído” del destacado pintor francés academicista Alexander Cabanel (1868). En la imagen se ve al Ángel, llamado así mismo la Luz Bella, (LuzBell o Lucifer) de cuerpo anatómicamente perfecto, quien ha caído de su pedestal en el cielo hacia a la tierra derrotado; mientras en el fondo tenue el Arcángel Miguel reduce a las últimas tropas rebeldes en feroz batalla y cuyas escaramuzas entre el bien y el mal se mantienen vigentes en el corazón del Hombre hasta el día de hoy. Cabanel pinta al Ángel Caído lleno de ira, de furia, de odio y de lágrimas que denotan una frustración y desprecio sin límites incapaz de perdonar o empatizar con los demás. Conozca a través de este artículos como se detona la ira y la furia y como el autocontrol puede convertirse en una poderosa herramienta para liderar nuestra propia voluntad.










