Manuel Rodríguez Erdoiza es una de las figuras más legendarias y míticas en la historia de Chile. Fue abogado, diputado, primer auditor general del ejército y capitán de ejército, aunque ninguno de estos cargos le trajo tanta fama y notoriedad como su trabajo de espía y guerrillero en la clandestinidad, durante la época de la Reconquista española.
Las hazañas de Manuel Rodríguez son novelescas. Es célebre el episodio cuando, frente al Palacio de Gobierno, se hizo pasar por un humilde peón y le abrió la puerta del carruaje al mismísimo Capitán General español Casimiro Marcó del Pont quién había puesto precio por su cabeza. El gobernante español, ignorando que tenía a su lado al hombre más buscado de la Capitanía General del Reino de Chile, le dio como limosna una moneda de oro por su gentileza, esta proeza de gran riesgo, por cierto, causó las más grandes burlas de toda la población de Santiago.
Maestro del engaño y del disfraz, su biografía está llena de escenas de aventuras en las que aparece burlando a los soldados españoles del Regimiento Talaveras de la Reina, disfrazado de fraile o de huaso, sin mencionar el decisivo momento en que, después del desastre de la batalla de Cancha Rayada cuando parecía que el Ejército Libertador había sido derrotado por las fuerzas españolas y los patriotas pensaban en cruzar de nuevo la cordillera hacia Argentina para huir de la venganza de los “godos”, conmovió a la multitud en la Plaza de Armas de Santiago y los instó a defender el territorio con las últimas fuerzas, con su inolvidable frase: “Aún tenemos Patria ciudadanos”.
Sin embargo, después del triunfo patriota en la Batalla de Maipú, Manuel Rodríguez se había transformado en la figura más querida y admirada del pueblo y en un verdadero crítico de las nuevas autoridades. Conocidas son las públicas discusiones que mantenía con el Director Supremo Bernardo O´Higgins a quién acusaba de ser un “Autócrata y un tirano”. Con San Martín las relaciones no eran mejores y la Masonería santiaguina lo perseguía abiertamente y trataba por todos los medios de desacreditarlo ante los criollos y el pueblo, incluso llegando a criticar su aparente disipada vida particular.
Cómo una forma de sacárselo de encima, el Director Supremo O ´Higgins le ofreció el cargo de Ministro Plenipotenciario en los Estados Unidos, argumentando que dada la gran amistad que le unía con el General José Miguel Carrera, Padre de la Patria Chilena, éste la facilitaría los medios y contactos para que pudiese realizar una brillante labor en favor de la naciente República de Chile.
Rodríguez aceptó a regañadientes, pero su amor por la causa le hizo aceptar el encargo y partió a embarcarse a Valparaíso rumbo a los Estados Unidos. Ya en viaje, el día 26 de Mayo de 1818, la comitiva se detuvo en el poblado de Til Til para aguar los caballos y que el viajero y su escolta pudiesen descansar unos minutos.
La tranquilidad de la tarde fue interrumpida por el sonido de un disparo. El Teniente Antonio Navarro había disparado cobardemente por la espalda y asesinó a mansalva a Manuel Rodríguez Erdoiza. El asesino confesaría en 1825 que la orden de ejecutar al prócer había procedido directamente del Director Supremo O¨Higgins.
El asesinato de Rodríguez en Til Til fue presenciado por el joven campesino Hilario Cortéz, quién escondido en la vegetación fue testigo involuntario del primer asesinato político ejecutado en Chile, por lo que dió aviso a las autoridades de la localidad.
El Juez de Letras Tomás Ovalle al cerciorarse que el cadáver correspondía al de Manuel Rodríguez, ordenó envolverlo en cueros y enterrarlo sin cajón en el centro del Presbiterio de la Iglesia del lugar. Las razones de tal decisión, hasta el día de hoy se ignoran.
Abogado José Manuel Godoy Leiva










