19 de Abril del 2026.- No se trata solo de fallas en el sistema educativo o de déficits de infraestructura, sino de una transformación más profunda que atraviesa la escuela, la universidad y los soportes afectivos que las sostienen. Cuando la precariedad deja de percibirse como un episodio transitorio y se instala como condición persistente, se debilita la base que sostenía el trayecto escolar.
Durante décadas, la escuela funcionó como una fábrica de sentido basada en una promesa diferida: el esfuerzo del presente garantizaba un porvenir. Esa lógica justificaba el sacrificio en función de la previsibilidad del mañana. Hoy, esa promesa ha perdido consistencia. El resultado es un vaciamiento progresivo de la escuela desde dentro: el horizonte hacia el cual debía orientarse el esfuerzo se ha vuelto incierto.
Este diagnóstico se vuelve visible en la vida cotidiana. Es difícil sostener la legitimidad del aula cuando el entorno muestra a profesionales titulados trabajando en servicios de reparto o conduciendo aplicaciones para cubrir necesidades básicas. La moratoria social, ese tiempo protegido que la escuela ofrecía para proyectar la vida, ha sido desplazada por una incertidumbre temprana. El estudiante ya no habita un espacio de preparación, sino de anticipación ansiosa frente a un mercado laboral que ha debilitado su capacidad de integración.
En Chile, la sobrecalificación, el desajuste entre formación y empleo y la persistencia de la informalidad han dejado de ser excepciones para convertirse en rasgos estructurales. Según el Instituto Nacional de Estadísticas (INE), la informalidad se sitúa en torno al 26%, pero en jóvenes alcanza cerca del 38%, lo que confirma que la precariedad opera como condición de entrada al mercado laboral. La estabilidad contractual ha sido reemplazada por regímenes de honorarios e inestabilidad que erosionan el valor del título universitario como vía de movilidad.
El horizonte de la precariedad laboral en las nuevas generaciones se vive hoy con escasos contrapesos sociales. El empleo se percibe como una lucha individual por no caer, en un mundo del trabajo fragmentado donde las mediaciones colectivas han perdido eficacia. En este escenario, el capital transnacional desborda la capacidad regulatoria de los Estados y reconfigura la economía laboral.
Este no es un vacío neutro, sino socialmente producido. Allí donde el trabajo formal deja de garantizar integración, emergen formas paralelas de organización. En este contexto, la economía del ilícito puede operar como un principio alternativo de pertenencia, ingresos y poder allí donde la escuela y el mercado han perdido capacidad de promesa. Según el Observatorio del Narcotráfico de la Fiscalía Nacional, se ha documentado una creciente participación de menores en delitos asociados al microtráfico, lo que sugiere la penetración territorial de estas dinámicas.
Así, la convivencia escolar se presenta como el desafío de una sociedad precarizada que se inscribe en ella. El reto de su estudio implica comprender cómo se reconfiguran la autoridad, los vínculos entre pares y la participación estudiantil en contextos de creciente precarización, una línea de investigación que como CEDER comenzaremos a explorar en escuelas del sur de Chile.
En este marco, la violencia escolar no constituye una anomalía, sino la traducción de estas dinámicas en el espacio educativo. Según la Superintendencia de Educación, se han registrado aumentos sostenidos en denuncias, alcanzando máximos históricos. Las escuelas dejan de operar como zonas de resguardo y pasan a reflejar jerarquías territoriales donde la delincuencia funciona como relación de poder.
En contextos donde la capacidad de protección del Estado se debilita, la escuela tiende a reproducir esas jerarquías. La violencia deja de ser un impulso para convertirse en una credencial de estatus. En ciertos territorios, el control del espacio, físico o simbólico, puede operar como forma de capital social alternativo. Mientras la escuela insiste en preparar para un mercado incierto, los jóvenes aprenden reglas de inserción que no siempre coinciden con las del orden formal.
El desafío de reconstruir el horizonte que sostuvo a la escuela como espacio de esperanza no deben resolverse solo con medidas de control ni con diagnósticos individualizantes. La escuela no puede restituir por sí sola un sentido que el orden social ha erosionado. La crisis del sentido escolar refleja una sociedad que ha debilitado su capacidad de proteger las trayectorias.
En esta fractura se revela la dimensión más profunda del problema. Quienes participamos en la educación enfrentamos la tarea de imaginar un porvenir distinto, pero ninguna promesa será creíble si no se reconstruyen las condiciones que articulan educación, trabajo y dignidad. El sentido escolar no solo se reconstruye en el aula: depende principalmente de cómo una sociedad organiza sus soportes colectivos y restituye horizontes de integración. Mientras esa tarea no se asuma, la precariedad seguirá operando como destino y el desaliento continuará organizando la experiencia educativa.
Dr. Marcos Muñoz Robles, Sociólogo, Doctor en Ciencias Sociales. CEDER – Universidad de Los Lagos








