La apacible noche del 13 de Mayo de 1643, alrededor de las 22:30 hrs, el suelo de la ciudad de Santiago del Nuevo Extremo empezó a sacudirse en la oscuridad. El Cronista Gaspar de Mendoza señala que la “oscuridad se llenaba de horrorosos y desgarradores gritos, que clamaban la salvación de las almas y solicitaban al Altísimo que perdonara los pecados cometidos”
Casi todas las construcciones, hechas en su gran mayoría de adobe y piedra, se vinieron abajo y quedaron destruidas.
Esa fatídica noche murieron unas mil quinientas personas, es decir, estimó la Real Audiencia en aquél entonces, que había muerto casi el 25 % de la joven ciudad fundada en 1541.
Muchos fieles al narrar la horrible experiencia vivida. narran a sus familiares lejanos que “la duración era de un padre nuestro y un ave maría completo”, el aire era irrespirable y el movimiento del suelo no cesaba. Muchos esperaban que de las grietas del suelo apareciera el “innombrable” o “el coludo” porque creían que el fin de los tiempos había llegado.
Además, tras el terremoto no había quién liderara ante la catástrofe, en vista de que el gobernador de Chile, Martín de Mujica se encontraba en Concepción controlando un alzamiento mapuche, además, las comunicaciones eran lentas y sólo se enteró del terremoto dos semanas después.
Mientras tanto, ante el caos y el pillaje imperante, el Obispo de Santiago, Gaspar de Villarroel, tomó las banderas y el mando de las escuálidas tropas de quedaban en Santiago y junto a unos pocos curas dispersos por la ciudad, reorganizó el socorro de los heridos y dispuso el entierro de las víctimas.
Hasta el día de hoy no hay claridad de cuanto duró el terremoto. Sumando la extensión de un padre nuestro y un ave maría juntos y llenos de fervor, se calcula que habría durado unos 7 minutos.
En tanto, se calcula que la magnitud fue de 8,5 en la escala Richter, según el Servicio Sismológico de la Universidad de Chile en 2007, o sea, casi tan poderoso como el terremoto que sacudió el centro sur del país el 2010.
Las Iglesias de Santiago tuvieron grandes daños. La Catedral y la Iglesia de San Francisco, quedaron casi destruida. Cuando revisaron los escombros de la Iglesia de San Agustín, ubicada hoy en las calles Agustinas con Estado, encontraron una destrucción total, pero sobre un montículo de escombros observaron la imagen de Jesús Crucificado que había caído de su ubicación original.
Estupor causó observar que la imagen de Cristo estaba intacta en su estructura, pero inexplicablemente, la corona de espinas había descendido desde la parte superior de la cabeza hasta la parte interior del cuello de la imagen, es decir, hasta la garganta de Cristo.
El Obispo Villarroel escribió a España: “ Halláronle con la corona de espinas en la garganta como dando a entender que era portadora de una terrible sentencia y nos prometimos esperar con fervor y oraciones el perdón de Cristo”.
Con el paso del tiempo pasó a ser conocida la imagen como la figura del Cristo de Mayo y hasta antes de la Pandemia, era sacada en procesión por las calles de Santiago.
Aún persiste el mito que dice que cada vez que se trata de mover o sacar la corona de espina ubicada en la garganta de Cristo, tiempla nuevamente en Santiago o en el resto del territorio nacional.
El rostro de la imagen de Cristo adquirió un semblante de doliente que capturaba el sentir de una población aterrada, sedienta de consuelo divino que lo encontró en el Cristo de Mayo.
José Manuel Godoy Leiva










