27 de Agosto del 2026.– Cada 30 de agosto, cuando miles de corredoras salen desde el frontis del Parque Estadio Nacional en el Medio Maratón de Santiago, Chile repite el mismo error de lectura. Mira la fotografía y ve una moda, un dato simpático para acompañar la cobertura del evento, cuando en realidad está frente a uno de los cambios culturales más sostenidos del deporte popular de la última década. El running femenino no es una tendencia pasajera que merezca una mención al pasar. Es evidencia de algo más profundo, y tratarlo como anécdota es desperdiciar la lección que trae consigo.
Vale la pena recordar el origen, porque explica por qué el fenómeno actual no debería sorprender a nadie. En 1967, Kathrine Switzer corrió el Maratón de Boston inscrita solo con sus iniciales, porque a las mujeres se les prohibía correr esa distancia. Un organizador intentó sacarla a la fuerza del circuito a mitad de carrera. Ella terminó igual, y esa imagen terminó siendo más elocuente que cualquier reglamento. El maratón femenino recién debutó en unos Juegos Olímpicos en 1984. Conviene tenerlo presente cada vez que alguien describa el running femenino como un capricho reciente de las redes sociales: se trata de una conquista deportiva de menos de sesenta años, todavía en curso.
Lo que distingue a la última década no es solo que haya más mujeres corriendo, sino la velocidad a la que ha ocurrido. Un análisis sobre 1,8 millones de resultados en 131 maratones del mundo entre 2008 y 2014 mostró que el número de mujeres que terminaba la distancia crecía más de un 50 por ciento más rápido que el de los hombres, con una diferencia todavía mayor entre quienes tienen más de 50 años. Ese dato desmonta la idea cómoda de que el running femenino es cosa de mujeres jóvenes en busca de una foto para Instagram. Es, sobre todo, un fenómeno de mujeres adultas que incorporan el deporte de resistencia justo en la etapa de la vida donde antes se abandonaba, no donde se empezaba.
Tampoco es azar que la puerta de entrada preferida sea el medio maratón y no los 42 kilómetros completos. Los 21K ofrecen un desafío físico real sin la exigencia extrema de un maratón, y los datos recientes de plataformas como Strava confirman que esa distancia funciona como el peldaño natural antes del salto a la distancia completa. A eso se suma un factor que casi nunca entra en el análisis serio del fenómeno: los clubes de entrenamiento orientados a mujeres han multiplicado varias veces su tamaño, y ese entorno grupal termina siendo tan decisivo para sostener el hábito como cualquier plan de entrenamiento bien diseñado. Seguir explicando este crecimiento solo desde la fuerza de voluntad individual es un error de diagnóstico; la evidencia apunta a que la estructura y la comunidad son las que realmente sostienen la constancia.
Conviene, eso sí, ser exigente con la lectura, porque la tentación de celebrar sin matices es grande. La misma Encuesta Nacional de Salud sigue mostrando niveles de sedentarismo más altos en mujeres que en hombres a nivel poblacional en Chile. Sostener que el running femenino resuelve el problema de la inactividad física sería un error de proporción: conviven una minoría cada vez más numerosa que entrena y compite, y una mayoría que todavía no encuentra un camino de entrada al movimiento regular. Lo relevante no es negar esa brecha, sino leer en el fenómeno del running la fórmula que sí está funcionando para achicarla: distancias accesibles, objetivos concretos y comunidad.
Ese es el punto que las autoridades deportivas y quienes diseñan política pública deberían tomar en serio. Switzer abrió una puerta hace casi sesenta años a punta de coraje individual. Sesenta años después, seguir dependiendo del coraje individual de cada mujer para acceder al deporte es un fracaso de diseño, no un mérito personal. Lo que el running femenino demuestra, con cifras y no con relatos inspiradores, es que la actividad física crece cuando existen estructuras que la sostienen. Convertir ese aprendizaje en infraestructura, en programas y en política pública, y no dejarlo como una postal deportiva de cada fin de agosto, es la tarea pendiente.
Dr. Frano Giakoni Ramírez – Doctor en Ciencias del Deporte – Director Carrera Entrenador Deportivo – UNAB










