Todos soñamos con el amor platónico, es más, cuando lo encontramos, buscamos una grieta para aspirar a la lágrima sufriente que reivindica el romance del siglo XIX. Pero en pleno siglo XXI, el gancho del amor sigue siendo anzuelo de oro para los practicantes del dinero fácil y ojalá en una sola cuota.
Abunda en esta época de soledad, la necesidad de la cercanía piel con piel, pero de una manera no virtual. Entonces aparecen esos hombres y mujeres con máscaras y ofrecen tanto, que son capaces de obtener de sus víctimas, dinero, joyas, viajes e incluso terrenos.
Los estafadores trabajan con tus vacíos, con lo que sueñas, para completar un desafío, concretar el amor o un negocio. Por esta razón, no verás jamás a un embaucador mal vestido o antipático.
Ellos persiguen a su presa con elegancia, perfumados y con estilo. Imposible, para algunas mujeres, hacer que se retire de la silla en el restaurante, al hombre de sombrero blanco, con pantalones de lino, pero del barato, con una promesa concreta en los labios. Y así se desencadenan las garras, olfatean tu punto más débil y atacan con sugerencias que apuntan a soluciones inmediatas.
Ya lo decía Enrique Santos Discépolo en Cambalache, compuesta en 1934: el que no llora no mama y el que no afana es un Gil… Qué falta de respeto qué atropello a la razón…Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón.
Muy atentos, porque el de sombrero blanco puede sentarse a tu mesa, ojo con el lino.
Mariela López Medrano – Periodista










