05 de Novembre del 2026.- La contaminación ambiental no siempre es visible. A diferencia de los residuos o de las emisiones que transforman los paisajes, la luz artificial puede alterar los ecosistemas sin dejar una huella evidente. Sin embargo, sus efectos sobre la biodiversidad están documentados en distintas regiones del planeta y constituyen un desafío ambiental que también debemos comenzar a abordar en la Antártica.
La iluminación artificial es hoy parte de numerosas actividades humanas, pero para muchas especies representa una alteración de las condiciones naturales a las que han estado adaptadas durante millones de años. En el continente antártico, donde la contaminación lumínica todavía es limitada, la creciente presencia humana abre una pregunta que no podemos dejar para más adelante: ¿cómo evitar que nuestras actividades alteren un ecosistema cuyas particularidades aún necesitamos comprender?
Las estaciones de investigación, los buques científicos y de abastecimiento, las operaciones logísticas y el turismo introducen distintas fuentes de iluminación en el territorio. Aunque esta luz cumple funciones necesarias para la seguridad y el desarrollo de las actividades humanas, esta ha mostrado no ser inocua con el medioambiente. Sin embargo, sus efectos sobre las especies antárticas siguen siendo poco conocidos y necesitamos generar evidencia para comprenderlos.
Esto implica medir la luz que llega a los ecosistemas, estudiar cómo puede afectar a las especies que los habitan e identificar qué niveles y características de iluminación representan riesgos para la biodiversidad. El objetivo no es eliminar la iluminación necesaria para las personas, sino encontrar formas de reducir sus impactos y compatibilizar las actividades humanas con la protección ambiental.
Pero este desafío no puede abordarse de manera aislada. La presencia de distintos países en la Antártica hace indispensable una respuesta coordinada, que permita compartir metodologías, generar evidencia comparable y establecer criterios comunes para prevenir y minimizar la contaminación lumínica. En este escenario, Chile cuenta con una experiencia regulatoria en alumbrado exterior que incorpora criterios de protección de la biodiversidad y límites espectrales para zonas sensibles, conocimientos que pueden contribuir a la discusión internacional.
La protección de la Antártica exige anticiparnos a los efectos de nuestra propia presencia. Tenemos la posibilidad de estudiar, comprender y regular una fuente de contaminación antes de que se convierta en un problema extendido. No deberíamos esperar a comprobar el daño para actuar. Preservar este continente también significa resguardar sus condiciones naturales, incluidos sus ciclos de luz y oscuridad, y reconocer que incluso una intervención aparentemente inofensiva, como encender una luz, puede tener consecuencias que aún no conocemos.
Dr. José Miguel Pulgar Águila Doctor en Ciencias Biológicas / Dr. Cristián Duarte Valenzuela Biólogo y Doctor en Ciencias










