29 de Septiembre del 2026.- Entonces la profesora mira el reloj. Faltan cinco semanas para el Simce y a las once y media hay ensayo. Guarda el libro y reparte el facsímil. La tercera pregunta es casi la misma que el curso discutía, pero ahora tiene cuatro alternativas y una sola correcta. Nadie discute.
La pregunta de si en Chile estamos enseñando a aprender o solo a rendir pruebas suele discutirse como un problema de medición. Unos defienden el Simce porque permite saber cómo van las escuelas, y otros lo critican porque empuja a enseñar para la prueba. Pero en esa discusión se da por resuelto lo más importante: qué entendemos por aprender. El verbo que usamos en Chile ya trae una respuesta. Las pruebas se rinden. Y rendir es devolver, en el formato y en el momento que otro fija, algo que antes se recibió.
Detrás de ese verbo hay una manera tradicional de entender el aprendizaje. Aprender sería adquirir conocimientos: algo que está en el libro o en la cabeza del profesor pasa a la cabeza del estudiante, que desde entonces lo tiene y puede devolverlo cuando se lo piden. Hay otra manera, más exigente. Aprender es llegar a formar parte, con voz propia, de las prácticas en que una sociedad lee, discute y decide. La primera forma estudiantes que saben cosas. La segunda forma ciudadanos que pueden participar legítimamente en la vida común, no como espectadores, sino como personas cuya palabra cuenta.
Una prueba estandarizada está diseñada para la primera concepción. Para que las respuestas de todo el país puedan compararse, cada estudiante tiene que responder solo, en silencio, en un tiempo fijo, y su respuesta tiene que poder corregirse sin saber quién la dio. Participar es casi lo contrario. No es que el Simce mida mal, sino que mide bien una sola parte de lo que significa aprender. El problema empieza cuando esa parte se convierte, con consecuencias para cada escuela, en la evidencia oficial de que se aprendió. Entonces la escuela se organiza alrededor de lo que cabe en la prueba: más ensayos, más reforzamiento, menos de todo lo demás. Nadie tomó esa decisión. Es lo razonable en esas condiciones.
Sería un error concluir que los conocimientos sobran. Nadie participa en una discusión pública sin saber leer, ni en una decisión colectiva sin entender un porcentaje. Quienes defienden la visión tradicional no se equivocan en lo que afirman. Se equivocan en lo que dejan fuera. Tampoco es menor que las pruebas estandarizadas hayan hecho visible cuánto depende lo que aprende un niño de la escuela a la que puede asistir. Sin una medida común, esa desigualdad sería una impresión. El problema no es medir conocimientos. Es suponer que, medidos los conocimientos, ya se sabe si alguien aprendió.
Mientras tanto, en cada ensayo se aprende algo que no está en el temario. Se aprende qué significa saber: tener la respuesta que otro ya tenía, elegirla entre opciones que otro escribió, rellenar el círculo sin salirse. Y se aprende quién es uno frente a ese saber. El niño que preguntó si el cuervo no tenía la culpa estaba llegando, discutiendo con otros, a la moraleja de la fábula. En el facsímil esa idea es la alternativa C, y marcarla vale lo mismo que haberla pensado. Cuando eso se repite cada semana, un estudiante aprende que su manera de pensar importa solo cuando coincide con la pauta, y con esa idea decide si su palabra cuenta y si vale la pena levantar la mano.
El zorro y el cuervo quedaron a medio discutir en ese curso de Maipú. Probablemente nadie retome la conversación, porque la próxima semana hay otro ensayo. El 4 y el 5 de noviembre esos niños van a rendir el Simce, y puede que les vaya bien. Habrán devuelto lo que recibieron. Lo que ninguna hoja de respuestas va a mostrar es si aprendieron a hacer lo que hacían antes de que se guardara el libro: discutir con otros por qué alguien miente, sostener una idea frente a sus compañeros y cambiarla cuando hay razones. Y si eso no cuenta como aprender, ¿para qué estamos educando?
Dr. Jaime Fauré Niñoles – Doctor en Psicología de la Educación – Investigador de Psicopedagogía de la Facultad de Educación y Humanidades de la Universidad Andrés Bello.










