21 de Septiembre del 2026.- Dura poco. Para la primera semana de octubre, la mayoría volvió exactamente a donde estaba. Y ahí está el verdadero problema, que no tiene nada que ver con el anticucho.
La ciencia sobre esto es menos dramática de lo que cree el remordimiento nacional. Los estudios clásicos sobre aumento de peso en períodos festivos, incluido uno publicado en el New England Journal of Medicine en 2016 que siguió a miles de personas en Estados Unidos, Alemania y Japón mediante balanzas conectadas, muestran algo bastante consistente. Las celebraciones elevan el peso corporal, sí, pero la magnitud es modesta, del orden de unos pocos cientos de gramos a un kilo y medio según el país y la fiesta. Lo inquietante no es el alza. Lo inquietante es que cerca de la mitad de ese peso no se pierde nunca. Se queda. Y se suma al del año siguiente, y al del siguiente. La obesidad no se construye en cuatro días de empanadas. Se construye en treinta años de fiestas que nunca se revierten.
Lo que decide esa historia no es la dieta de castigo de la semana posterior, sino la cantidad de movimiento que una persona acumula el resto del año. Aquí la evidencia es contundente y bastante incómoda. Un experimento publicado en el Journal of Applied Physiology tomó a hombres jóvenes y sanos y les pidió simplemente moverse menos, bajar de unos 10.500 pasos diarios a cerca de 1.350 durante dos semanas. No hubo cirugía, ni reposo en cama, ni enfermedad. Solo sofá. En catorce días cayó un 17 por ciento la sensibilidad periférica a la insulina, bajó un 7 por ciento el consumo máximo de oxígeno y se perdió masa magra en las piernas. Dos semanas quietos bastan para empezar a desarmar un cuerpo sano. Ese es el dato que debería asustarnos, no la balanza del 19 de septiembre.
Y el dato chileno confirma que no estamos hablando de una hipótesis de laboratorio. La Encuesta Nacional de Calidad de Vida y Salud 2023 y 2024, dada a conocer por el Ministerio de Salud, mostró que un 51,2 por ciento de la población es físicamente inactiva y que un 33 por ciento declara derechamente no realizar ningún tipo de actividad física. La brecha por sexo es elocuente, con un 57,6 por ciento de inactividad en mujeres frente a un 44,5 por ciento en hombres. Traducido, uno de cada tres chilenos no se mueve, y las mujeres cargan con la peor parte de esa cuenta.
Conviene decirlo con claridad, porque la conversación de septiembre siempre termina en el mismo lugar equivocado. El dieciocho no es el enemigo. De hecho, para muchos chilenos es una de las semanas más activas del año, la única en que bailan, arman un volantín, juegan rayuela, se paran de la silla y usan el cuerpo para algo que no sea trasladarse al trabajo. La cueca bien bailada es actividad física de intensidad moderada. El problema no son esos cuatro días. El problema son las otras cincuenta y una semanas, donde el movimiento desapareció de la vida cotidiana y quedó confinado a un gimnasio pagado, un horario imposible y una motivación individual que se agota rápido.
Porque moverse dejó de ser algo que ocurre solo. Antes se caminaba porque había que caminar, se subían escaleras porque no había otra, se jugaba en la calle porque la calle era del barrio. Hoy el movimiento hay que construirlo a propósito, y construirlo depende de cosas que no están en la fuerza de voluntad de nadie, como jornadas laborales, transporte, seguridad en el entorno, parques iluminados, veredas transitables, clases de educación física que realmente se hagan y una política escolar que empuje los sesenta minutos diarios de actividad física desde la infancia.
Ahí está el desafío real que deja el olor a carbón. Chile no necesita una penitencia de septiembre ni otra operación bikini de temporada. Necesita entender que la actividad física es infraestructura pública y no virtud privada, que la inactividad se resuelve con diseño urbano, política educativa y profesionales formados para prescribir ejercicio, no con culpa. Mientras sigamos midiendo nuestra salud con la balanza del día 19, seguiremos discutiendo el síntoma y perdiendo el país de vista
Dr. Frano Giakoni Ramírez – Doctor en Ciencias del Deporte – Director Carrera Entrenador Deportivo – UNAB










