11 de Agosto del 2026.- Esa estrategia permitió al país consolidarse como una economía abierta, atraer inversión, generar divisas y construir buena parte del crecimiento que experimentó desde los años 80.
Pero las economías no alcanzan el desarrollo únicamente exportando materias primas. Llega un momento en que el verdadero salto competitivo deja de depender de lo que un país extrae de la tierra y comienza a sustentarse en lo que es capaz de producir con el talento de sus personas. Ese es el desafío que hoy enfrenta Chile.
En términos económicos, hablamos de avanzar hacia una economía terciaria: una estructura productiva donde los servicios especializados pasan a ser uno de los principales motores del crecimiento. Servicios financieros, ingeniería, consultoría, desarrollo de software, inteligencia artificial, investigación, salud o educación tienen algo en común: generan un alto valor agregado, requieren capital humano altamente calificado y permiten competir en mercados globales sin depender exclusivamente de los recursos naturales.
En ese contexto, la iniciativa impulsada por el Ministerio de Hacienda para potenciar la exportación de servicios financieros trasciende con creces a este sector en particular. Más que una política destinada a aumentar las exportaciones de la industria financiera, representa una señal de hacia dónde debería evolucionar la economía chilena durante las próximas décadas: hacia actividades donde el principal activo no sea el cobre o el litio, sino el conocimiento.
La economía de los servicios posee una característica que muchas veces pasa inadvertida: no necesita barcos ni contenedores para llegar al mundo. Un administrador de inversiones que opera desde Santiago para clientes en Perú, una fintech chilena que desarrolla soluciones para bancos en Colombia o una empresa de ingeniería que diseña proyectos para Norteamérica están exportando exactamente igual que una compañía minera. La diferencia es que el producto no es tangible; es conocimiento, experiencia y confianza.
Y esa diferencia importa. Los servicios especializados suelen generar empleos de mayor productividad, mejores remuneraciones y un efecto multiplicador sobre la innovación y el desarrollo tecnológico. Además, permiten reducir la dependencia de los ciclos internacionales de los commodities, haciendo que el crecimiento económico sea más estable y resiliente.
Chile posee condiciones favorables para avanzar en esta dirección. Cuenta con un sistema financiero sólido, estabilidad macroeconómica, una extensa red de tratados comerciales y un ecosistema fintech que ha mostrado un crecimiento significativo durante los últimos años. Sin embargo, esas ventajas, por sí solas, no garantizan el éxito. Exportar servicios exige una regulación moderna, instituciones ágiles, certeza jurídica y un entorno competitivo capaz de atraer inversión y retener talento.
El principal desafío, sin embargo, está en las personas. Una economía terciaria no se construye únicamente mediante incentivos tributarios o reformas regulatorias. Se construye invirtiendo en educación, fortaleciendo la formación técnica y profesional, impulsando la innovación y facilitando el emprendimiento. En definitiva, reemplazando la lógica de competir por recursos naturales por la capacidad de competir a través del conocimiento.
Por supuesto, esto no significa abandonar las industrias que históricamente han sostenido el crecimiento del país. La minería, la agroindustria o el sector forestal seguirán siendo pilares fundamentales de la economía chilena. Pero depender exclusivamente de ellos implica continuar expuestos a la volatilidad de los precios internacionales y limitar las posibilidades de diversificar nuestras fuentes de crecimiento. Diversificar no significa reemplazar; significa complementar y reducir riesgos.
Las economías más desarrolladas del mundo entendieron hace mucho tiempo que la riqueza del siglo XXI no proviene únicamente de producir más, sino de producir con mayor sofisticación. La ventaja competitiva ya no está solamente en los recursos naturales disponibles, sino en la capacidad de transformar conocimiento, innovación y tecnología en bienes y servicios que el mundo esté dispuesto a comprar.
Ese es, probablemente, el verdadero significado de la propuesta presentada por Hacienda. No se trata solo de exportar más servicios financieros. Se trata de iniciar una transformación mucho más profunda: construir una economía que no necesita un puerto para llegar a los mercados internacionales; una economía cuyo principal producto viaja por redes digitales, se basa en el talento de las personas y encuentra en la innovación su mayor fuente de riqueza.
Porque, en el Chile del futuro, la economía más valiosa será precisamente aquella que no cabe en un contenedor.
Dr. Alejandro Urzúa Vera – Doctor en Economía – Socio Director OpenBBK Consultores Financieros – Analista Económico










