07 de Julio del 2025.- El socialismo chileno atraviesa una encrucijada histórica. No por la derrota de una figura o una elección en particular. Eso sería quedarse en la superficie. Lo que está en crisis no es un liderazgo: es una forma de hacer política que perdió conexión con la sociedad. Lo que está en juego no es una sigla o cuántas siglas se asocian, sino si seremos capaces — como proyecto político— de leer el tiempo que nos toca vivir y estar a la altura del desafío que implica transformarlo en beneficio del Chile de hoy, no del de ayer.
Lo que está en crisis no son los principios del socialismo democrático, sino los moldes con que los hemos intentado representar.
No se trata de nostalgia ni de lamentos. Los procesos del pasado obedecen a determinados momentos históricos. Insistir en esos moldes hoy es como intentar enfrentar una tormenta del siglo XXI con mapas del siglo XX. El mundo cambió. Chile cambió. Y si queremos ser parte del futuro, debemos cambiar también.
I. Un socialismo con eje político claro y base social
Durante años, el socialismo chileno ha oscilado entre dos espejismos paralizantes. Por un lado, los que siguen aferrados a la nostalgia de la Concertación, como si el pasado pudiera ser programa de futuro. Por otro, los que renuncian a toda autonomía política y se conforman con ser un vagón de cola del Frente Amplio y el Partido Comunista. Ambas posturas nos han debilitado. El primero nos ancla en un tiempo que ya no existe; el segundo nos disuelve en un proyecto que no es el nuestro.
La salida no está en la añoranza ni en la subordinación. Lo que se necesita es reconstruir un proyecto propio, con identidad, raíces y ambición de futuro. Un socialismo capaz de articular una coalición progresista amplia sin exclusiones —que sea capaz de unir al Socialismo, al FA y al PC, además de otras fuerzas de cambio—, pero desde una posición con voz clara, base social reconocible y capacidad de iniciativa política. No para administrar lo que hay, sino para liderar los cambios que vienen.
II. Renovar liderazgos para un país que cambió
La renovación no puede seguir siendo un discurso vacío. El país exige nuevos liderazgos, con calle, con convicción, con capacidad de representar y de inspirar. No se puede seguir llamando a liderar procesos históricos a los mismos de siempre, a quienes ya cumplieron su ciclo, por más respetables que sean sus trayectorias. La política no es un derecho vitalicio. Es un servicio al pueblo. Y en tiempos de crisis, se necesita sangre nueva, no fórmulas agotadas.
Pero esta renovación no es solo cuestión de rostros. Es fundamentalmente de visión. Chile necesita crecimiento económico, sí, pero no cualquier crecimiento. Necesita desarrollo con justicia, redistribución del ingreso, igualdad de género, equidad territorial, sostenibilidad ambiental y derechos sociales garantizados. El nuevo socialismo debe volver a hablar de futuro con sentido colectivo. El progreso debe ser para todos, no para unos pocos.
Además, los liderazgos del siglo XXI deben ser integrales: deben tener presencia institucional, territorial, emocional y digital. El liderazgo ya no se define solo en los partidos ni en los medios tradicionales. Se define en la cercanía, en la acción concreta, en la coherencia y en la capacidad de convocar más allá de nuestras filas.
III. Una hoja de ruta para el socialismo del futuro
El socialismo ha sostenido, desde sus orígenes, un relato profundamente ético y transformador: la lucha por la igualdad, la redistribución de la riqueza y la ampliación efectiva de la libertad. A ello se ha sumado, con fuerza y convicción, el feminismo como pilar fundamental. Porque no hay justicia social sin igualdad de género.
Esa base no solo sigue vigente: es más necesaria que nunca. Y hoy, para estar a la altura de los tiempos, ese proyecto debe expandirse. No se trata de renunciar a nuestra tradición, sino de proyectarla sobre los desafíos concretos del siglo XXI. Lo que necesitamos no es una reorganización burocrática ni una renovación estética. Lo que se requiere es una hoja de ruta clara, una visión estratégica que enfrente con decisión el nuevo ciclo histórico que vivimos.
Porque lo que viene no es una etapa más. Es una transición profunda, marcada por tres grandes transformaciones simultáneas que están redefiniendo la vida humana, la política y la economía:
- La transformación climática, que ya no es solo un desafío ambiental, sino un conflicto político, económico y social. Está en juego la posibilidad misma de una vida digna en comunidad. El socialismo debe encabezar esta causa con propuestas concretas, ambiciosas y con sentido de urgencia.
- La transformación democrática, en un tiempo donde la ciudadanía se aleja de las instituciones, descree de la política y se desilusiona de sus promesas. La tarea no es solo defender las formas de la democracia, sino revitalizar su fondo: que escuche, que represente, que resuelva. Necesitamos una democracia más participativa, más cercana, más justa. Una democracia con poder ciudadano real.
- La transformación tecnológica, que atraviesa todas las dimensiones de la vida: el trabajo, la educación, la información, las relaciones sociales. La inteligencia artificial, los algoritmos y las plataformas digitales no son neutros: pueden ampliar libertades o concentrar el poder. Pueden sacar de la pobreza al mundo o mandar a la miseria a millones.
La izquierda debe intervenir en esta disputa con ética, con visión humanista y con capacidad de regulación democrática.
Pero junto con estas grandes transformaciones estructurales, hay demandas inmediatas que no pueden esperar. Una de ellas, impostergable, es la seguridad. La lucha contra el crimen debe ser asumida como una causa progresista. Como izquierda moderna, tenemos el deber de hacernos cargo de una exigencia legítima de la ciudadanía: vivir sin miedo. Y eso requiere abandonar los complejos. Ser progresista no es tolerar la delincuencia. Es entender que la seguridad es un derecho popular.
Por eso creemos en un Estado que actúe con fuerza donde haya crimen, pero también con inteligencia y presencia donde el crimen nace. Se necesita más prevención, sí, pero también más policías, mejor capacitados, con tecnología, y con respaldo político. Porque no hay justicia social posible si las familias siguen encerradas en sus casas mientras el narco toma el barrio. Y no hay libertad real si el miedo gobierna la calle.
La izquierda que viene no puede mirar para el lado: debe enfrentar el crimen con decisión, y hacerlo desde su mejor valor: la responsabilidad con el pueblo.
Estas transformaciones no reemplazan el relato clásico del socialismo democrático: lo actualizan, lo proyectan, lo hacen crecer. Porque la igualdad, la libertad, la justicia social y la lucha feminista no se congelan en el tiempo: se despliegan en los terrenos donde hoy se juega el destino de nuestras sociedades. Ese es el desafío: reconstruir un proyecto socialista que sea fiel a sus raíces y audaz en sus respuestas.
IV. Militancia activa: en la calle y en las redes
Ningún proyecto se construye solo desde las instituciones. La base de toda transformación es la organización. El socialismo debe recuperar su vocación militante. No basta con dirigentes políticos. Se necesitan militantes activos, formados, con presencia en los territorios, en las organizaciones sociales y también en el mundo digital.
Hoy se disputa poder en múltiples dimensiones: en la asamblea territorial y en TikTok, en el sindicato y en Instagram, en la feria y en los foros virtuales. Y ahí debemos estar. No como estrategia de marketing, sino como proyecto político que se encarna en la vida real de las personas.
Eso requiere formación política, comunicación efectiva y convicción. Las escuelas de cuadros deben ser modernas, conectadas con la realidad. Los militantes deben ser constructores de verdad, comunidad y esperanza. Porque las redes no son solo espacios de difusión. Son espacios donde se crean sentidos comunes. Y si no estamos ahí, otros lo estarán.
V. Coraje para renacer
Esta es una hora de definiciones. O el socialismo democrático se transforma con coraje y visión, o se disuelve en la irrelevancia. Y con él, se pierde la posibilidad de articular una izquierda moderna, justa y mayoritaria.
No estamos condenados. Pero tampoco podemos seguir esperando. Lo que hagamos hoy
—no mañana— definirá si seremos parte del pasado… o del porvenir.
Porque la historia no premia a quienes administran lo que fue. Premia a quienes tienen el coraje de construir lo que viene.
Diputado Daniel Manouchehri Lobos – Diputada Daniella Cicardini Milla – Diputado Daniel Melo Contreras -Diputado Nelson Venegas, Diputado Marcos Ilabaca – Diputado Tomas De Rementeria – Senador Leonardo Soto – Diputada Ana María Bravo – Diputado Raúl Leiva – Diputado Arturo Barrios –










