Desde tiempos muy antiguos, se ha señalado en las crónicas históricas que previo a los encarnizados encuentros bélicos, los combatientes han recurrido a la ingesta de ciertas pócimas que aumentan o mantienen la aptitud bélica de las tropas.
Es así, los cronistas antiguos y en las cátedras de historia antigua de las universidades. se señala que el Rey Leonidas de Esparta, al concurrir con sus 300 soldados para detener a los cientos de miles soldados del Rey Artajerjes en las Termópilas, ingirieron vino con jugo de amapolas que produjo un aumento a la reconocida bravura de los espartanos en combate.
También ha llegado hasta nosotros, que el gran Napoleón entes de entrar en batalla, montado en su caballo y con una de cantimplora de plata y oro en su mano llena de un coñac destilado para él por unos monjes de Lyon, observaba el desarrollo de la batalla y daba las voces de mando correspondientes.
En nuestro país, hace pocos días se recordó la acción militar de la Guerra del Pacífico del Asalto y Toma del Morro de Arica, acción no menor por la altura del peñón que las tropas chilenas tomaron por medio de una arremetida colosal el inmenso muro de piedra en donde se encontraban las baterías de artillería peruana que protegían el puerto y la ciudad de Arica. La captura del Morro se realizó en medio de una encarnizada batalla en sólo 55 minutos, corto tiempo que no ha podido ser superado por tropas de comandos actuales y sin encontrarse bajo fuego enemigo.
A la bravura natural de los infantes chilenos, según algunos cronistas, aparece la mítica Chupilca del Diablo, que era una bebida consistente en aguardiente y pólvora negra, la que le daba un vigor, fuerza y fortaleza física a quienes la consumían, convirtiéndolos en fieros y temibles soldados. Tal combate fue de tal magnitud de fiereza y esfuerzo sobrehumano que se le recuerda también como el Día de la Infantería especialidad militar que Napoleón llamaba “ la reina de las batallas”.
La realidad del uso de la Chupilca del Diablos entre las tropas chilenas no aparece en los denominados historiadores “serios” como Encina, Vicuña Mackenna y otros, sólo ha sido reconocida por Jorge Inostroza en su gran obra Adiós al Séptimo de Línea. La información ha sido transmitida por cartas de los sobrevivientes de la guerra a sus familiares, por medio de esta correspondencia se pudo saber que los soldados, con su astucia criolla, denominaban el aguardiente como “Agua de Jamaica” o “Sorbete de Pirata” y para tomarla, invitaban a sus carretas a tomar “Once”, que es el número de letras de tiene la palabra aguardiente y tal convite consistía en tomar un tacho de lata con aguardientes y un pan, a veces, cuando existía cierta amistad con el encargado del rancho, se sumaba un pedazo de charqui de caballo.
Pero en todo caso, aunque la historiografía criolla no haya reconocido oficialmente la existencia de la Chupilca del Diablo, conforme a las cartas que narraban las acciones bélicas y anécdotas de las campañas, de los ex combatientes de la guerra, está siempre presente y es necesario aclarar que el hecho que las tropas ingirieran esta pócima, en nada resta su bravura y valor.
La existencia o no de la Chupilca del Diablo se ha prestado para toda clase de historias de la época de la guerra contra Perú y Bolivia. Una de ellas y que se considera la más controvertida, narra que don Rafael Sotomayor, Ministro de Guerra en Campaña, al saber de la costumbre de los soldados de consumirla, decidió probarla y que al parecer la ingirió en mucha cantidad, a consecuencias de lo cual después de seis días de sufrimiento y fiebres por la intoxicación que sufrió producto de los nitratos que contiene la pólvora negra, al final falleció en medio de dolores y vómitos y que su real causa de muerte fue ocultada a la ciudadanía por la historia oficial.
José Manuel Godoy Leiva.










