10 de Agosto del 2026.- Mientras las máquinas aprenden a escribir, las escuelas corren el riesgo de olvidar quiénes deben seguir enseñando a ser personas. La irrupción de la inteligencia artificial ha instalado una discusión frenética sobre tecnologías y algoritmos. Pero quizás la pregunta más incómoda sea otra: ¿contamos con los profesores que el Chile del futuro realmente necesita?
Porque el problema no es la inteligencia artificial. El problema es que seguimos imaginando profesores para una escuela que ya desapareció. Formamos especialistas en disciplinas, pero les pedimos contener crisis emocionales, construir convivencia, atender la diversidad y devolver esperanza a niños y jóvenes que crecen en medio de la incertidumbre. Seguimos organizando la enseñanza por asignaturas, cuando la vida hace mucho tiempo dejó de presentarse fragmentada.
La paradoja es evidente. Nunca habíamos tenido tanto acceso al conocimiento y, al mismo tiempo, nunca había sido tan urgente enseñar a convivir, dialogar y cuidar a otros. En un mundo donde las respuestas están a un clic de distancia, el verdadero desafío ya no es acumular información, sino aprender a vivir humanamente con ella.
Por eso, el profesor que necesita Chile para el siglo XXI no puede ser únicamente un transmisor de saberes. Debe ser un arquitecto de experiencias de aprendizaje, un mediador emocional y un formador de ciudadanos íntegros. Porque el futuro del país no dependerá solamente de cuánto sepan nuestros estudiantes, sino de la calidad humana con que decidan utilizar ese conocimiento.
El Ministerio de Educación ha planteado que las habilidades para el siglo XXI se organizan en torno a maneras de pensar, maneras de trabajar, herramientas para trabajar y maneras de vivir en el mundo (MINEDUC, 2023). Detrás de estas dimensiones existe una convicción profunda: el país que soñamos necesita personas críticas, creativas, colaborativas y comprometidas con el bien común.
La Declaración de Incheon para la Educación 2030 llamó a garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad, promoviendo oportunidades de aprendizaje permanente para todos (UNESCO, 2015). Sin embargo, la pregunta sigue golpeando la puerta de nuestras escuelas: ¿estamos preparando profesores para cumplir esa promesa o seguimos aferrados a las certezas del pasado?
Quizás allí habita una de las mayores contradicciones del sistema educativo. Hablamos de habilidades socioemocionales, pero seguimos premiando la cobertura de contenidos. Declaramos la inclusión como principio, pero muchas veces mantenemos estructuras que dificultan la innovación y la diversidad.
Cuando las máquinas aprendieron a pensar, descubrimos que la tarea más urgente seguía siendo enseñar a ser humanos. Al final, el futuro de Chile no dependerá de la sofisticación de sus algoritmos, sino de la calidad de las personas que logremos formar. Y todavía no existe inteligencia artificial capaz de enseñar esperanza, despertar vocaciones o abrazar los sueños de un estudiante.
Para esa tarea, Chile seguirá necesitando profesores.
Dr. Juan Pablo Catalán – Doctor en Educación – Académico e investigador










