El trastorno narcisista con carácter maligno está considerado como una “alteración grave de la personalidad, que genera un cierto nivel de discapacidad cognitiva en relación con la vida personal, laboral y afectiva” de aquellos sujetos que lo padecen, así como también por el hecho de presentar severas dificultades en las relaciones interpersonales, una de cuyas principales manifestaciones en este último ámbito, es “la incapacidad de escuchar y prestar atención” a los interlocutores de turno, por inteligentes y capaces que éstos sean. Esta deficiencia, es especialmente sensible cuando el sujeto que la padece adquiere poder político, económico, religioso o militar, con las graves consecuencias que ello puede tener en el ordenamiento interno de una empresa, institución o de una nación.
De acuerdo con el Dr. Otto Kernberg, un psiquiatra experto en el ámbito de los trastornos de personalidad, estas personas presentan lo que se ha dado en denominar como “hipertrofia del Yo” o una suerte de “hidrocefalia psicológica”, es decir, sujetos que presentan un ego gigantesco y que sienten la necesidad de convertirse en el centro de la atención, de ser únicos y de ser individuos que tienen una autoestima a “prueba de bombas”, no obstante la incapacidad que tienen para tomar decisiones que sean acertadas, o de mostrar logros que ameriten la atención y el reconocimiento sincero y objetivo de quienes los rodean.
Algunos de los principales síntomas que caracterizan a los sujetos afectados por este trastorno son los siguientes:
- Grandioso sentido de auto-importancia: tendencia a exagerar sus logros y capacidades, las que, en rigor, no se ven reflejadas en la realidad. Presencia, asimismo, de un sentimiento exagerado de ser alguien “especial” al que nadie debería contradecir por estar dotados de un talento superior al de las demás personas, “imagen” que, por cierto, no se condice con aquello que realmente demuestra el sujeto.
- Presentan una serie de comportamientos o actitudes claramente arrogantes o con carácter de soberbias: actúan y toman decisiones sin medir las consecuencias y sin consultar a nadie, porque piensan que ellos son infalibles y, en consecuencia, no expuestos a cometer errores. Dado el hecho, de que se consideran “especiales” y “únicos”, están convencidos de que sólo pueden ser comprendidos por otras personas que ellos consideren “especiales”, o bien, que tengan un alto status.
- Presencia de rasgos asociados a la mitomanía: existe un cierto gusto y atracción por la mentira, lo cual los lleva a prometer el cielo, el mar y la tierra a quienes los escuchan con tal de conseguir sus objetivos, para luego olvidarse completamente –en una suerte de ataque de amnesia– de todas las promesas hechas, siendo muy propensos a las “vueltas de carnero”, borrando con el codo aquello que escribieron con la mano.
- Incapacidad de autocrítica: su egomanía y egocentrismo los enceguece y les impide ver sus falencias, incompetencias e ineptitud, mostrando una clara tendencia a la victimización y de que ellos son “objetos de la envidia y maldad de los otros”. Nunca asumen responsabilidades de ningún tipo, sean éstas de tipo personal, política, social o económica, por cuanto tienen una incapacidad patológica para reconocer los errores cometidos y asumir dicha responsabilidad. Y cuando estos errores se producen son, precisamente, “los otros” los causantes del error, pero nunca ellos, en cuyo caso, niegan el haber estado al tanto de los hechos o de haber tenido conocimiento de los sucesos que condujeron al descalabro.
- Muy pretenciosos: muestran la convicción personal de que “los otros” –y el mundo entero– deben adaptarse a ellos, así como a sus normas, directrices y decisiones, por malas, erradas o impresentables que éstas sean. Muestran expectativas irrazonables de recibir un trato especial y que se cumplan todos sus deseos sin oposición. El fundamento que utilizan es muy simple: “Porque yo lo digo” o “Porque yo lo quiero así”.
- Falta de empatía: si bien fingen “interés” y “preocupación” por quienes los rodean, en las personas afectadas por este trastorno existe incapacidad para experimentar –aunque sea de manera transitoria– el estado emocional de las otras personas, tanto así, que este tipo de sujetos son capaces de molestarse y enfurecerse si el “evento doloroso del otro” lo afectase o llegara a entorpecer su propio bienestar.
- Ausencia de culpa (o conciencia) respecto de su conducta y decisiones tomadas: si alguien se atreve a llevarles la contraria, son capaces de desencadenar un alto nivel de furia y cólera –o “cólera narcisista”– sobre quienes se atrevieron a desafiarlos, porque sienten que se ha puesto en duda su capacidad para mandar, de dar órdenes o de tomar decisiones, aun cuando estas órdenes y decisiones tengan consecuencias negativas y/o catastróficas.
- Inclinación a dividir el mundo: “yo y los otros”, “yo bueno, ellos malos”, “yo persona moral, ellos personas inmorales”, con una clara tendencia a estereotipar a los oponentes como “malignos”, “incapaces” “débiles”, “cobardes”, “hipócritas”, etc., proyectando, por esta vía, en “los otros” sus propios rasgos negativos, sus defectos y deficiencias.
Digamos finalmente, que este trastorno severo de personalidad con características patológicas conduce a los sujetos narcisistas a utilizar y manipular con total descaro a las personas que los rodean o que, lamentablemente, caen en sus redes, en función de lo cual, la única recomendación posible –por un tema de sanidad mental– es alejarse de ellos(as) lo más pronto posible, ya que no les importa en lo más mínimo engañar o pisotear a los demás si es que así consiguen lo que quieren.










