“Le tengo mucho miedo a los pendejos, porque son muchos y pueden elegir a un presidente” (Facundo Cabral, cantautor).
Una de las definiciones más usadas para caracterizar al populismo, señala que éste corresponde a una tendencia política orientada a explotar los sentimientos de las masas con el objetivo de ganar su favor, su simpatía y su preferencia, haciendo promesas que nunca podrá cumplir a fin de instalarse en el poder. Y si este poder es absoluto, cuanto mejor aún. Tanto las posturas ideológicas de la izquierda política, como así también de la derecha podrían reivindicar para sí mismas la paternidad sobre la práctica del populismo a destajo. ¿Cómo lo hacen? Muy sencillo: se produce bajo el magnetismo y el conjuro mágico que se desprende de la palabra “pueblo”, palabra con la cual, se revuelcan y babosean hipócritamente unos y otros.
Lo cierto es que la realidad termina por demoler todos y cada uno de los mitos que rodean al populismo: basta mirar el colapso, el caos, la desesperación y la extrema pobreza que sufre, hoy en día, una parte importante de la población de Venezuela con la revolución Bolivariana de Chávez y Maduro –una nación que una vez fuera una de las más ricas y prósperas del mundo–, que llevó al país a una inflación del 430%. O el drama que vive Argentina, considerada alguna vez como una de las diez naciones más ricas del mundo, convertida hoy en día en un verdadero desastre económico por los herederos del peronismo –el “alma mater” del populismo exacerbado– que está logrando la autodestrucción de Argentina con una inflación incontrolable que ya alcanza el 120% y con un 40% de su población al borde de la pobreza.
Hoy en día, con tanto imbécil dando vueltas en el escenario político, se corre el riesgo de que nuestro país se convierta, asimismo, en la gran ficción populista del siglo XXI. Las razones son varias. Una de ellas se asocia con el machaqueo ideológico, así como el adoctrinamiento político de la población, los que prevalecen por sobre una educación y formación de calidad que conduce a la ignorancia, en cuyo caso, de continuar por la misma senda, estaríamos condenando a nuestro país al completo fracaso o a una copia (in)feliz de Venezuela o de Argentina. Otra razón se relaciona con una reflexión del gran físico alemán Albert Einstein, quien decía que no se puede acabar con el dominio de los tontos, porque éstos son demasiados y sus votos cuentan tanto como los votos de las personas educadas, informadas e inteligentes.
Revisemos los “diez mandamientos” de los populistas según el historiador mexicano Enrique Krauze:
- El populista tiene por costumbre fustigar en forma constante y sistemática a sus oponentes y “enemigos ideológicos del color que sean”, existan o no, razones para hacerlo. Y cualquier excusa es buena. El populista es totalmente inmune a la crítica y es muy alérgico a la autocrítica, por lo tanto, para desviar la atención a los múltiples problemas internos, siempre buscará –y encontrará– un chivo expiatorio, en el cual concentrar todo lo malo que le sucede al país.
- El populista alienta el odio entre las clases sociales, en que los ricos son siempre los causantes de las injusticias y de la pobreza de las clases bajas y, por lo tanto, sus riquezas deben ser embargadas, expropiadas, arrebatadas y repartidas entre los pobres.
- El populismo exalta la figura de un líder carismático, quien, a fuerza de alabanzas, la adjudicación gratuita de “habilidades sobrenaturales”, el invento de “dotes inexistentes”, etc., se convierte en el salvador y paladín de los pobres y de la riqueza instantánea, es decir, todo en uno, ya que es la figura que ha sido enviada por la providencia –y el destino– para resolver todos los problemas del pueblo. Este populista se transforma en “profeta”, “caudillo” y “defensor” del pueblo, dueño de una moral superior al resto que no puede ser igualada por los opositores.
- El populista fabrica las verdades a gusto, e insiste de manera enfática en la grandeza de sus reformas, en la bondad de sus decisiones, en lo “estupendo” que le va al país, en lo “maravilloso y tranquilo” que es vivir en el paraíso sobre la Tierra creado por él, explotando al máximo el proverbio latino que dice Vox populi, vox Dei, es decir, la “Voz del pueblo, es la voz de Dios”, donde, por cierto, quien interpreta libremente –y con todas las licencias posibles– la voz del pueblo es el populista, quien se siente autorizado a elevar esa interpretación al rango de verdad absoluta y oficial. Y si alguien se atreve a oponerse a esta verdad, es catalogado de “espía contrarrevolucionario”, “agente vendido al partido opositor”, “explotador de las masas”, “zángano derrotista”, etc., si es que antes no es encarcelado y/o asesinado.
- El populista no sólo usa y abusa de la palabra, sino que se adueña de ella, convirtiéndose en el portavoz supremo y único de la “verdad oficial”, que se empeña en utilizar todos los medios de comunicación disponibles –radio, prensa, televisión– con discursos encendidos y demagógicos que buscan hipnotizar y movilizar violentamente a las masas.
- Los populistas utilizan de manera generosa, libre y discrecional los fondos públicos que pertenecen al pueblo, sin poner ningún tipo de control o cuidado por el resguardo de los principios, leyes y reglas que rigen a la economía y a las finanzas de una nación, dando paso a numerosas estafas al Fisco, malversación de fondos públicos, blanqueo de dinero y enriquecimiento ilícito. A tal grado alcanza el desprecio por las reglas económicas –así como su ignorancia y desconocimiento en materia financiera–, que dicha conducta se traduce en descomunales desastres económicos.
- Es tanto el desdén por las leyes y principios económicos, que los populistas se encargan de repartir en forma personal, arbitraria y directa tanto los altos puestos de gobierno, como así también la riqueza de la nación entre sus seguidores, lo cual, naturalmente, tiene un claro sentido de auto-preservación, ya que esta “repartija” no es del todo gratis: con ello, el populista compra con mucho dinero, altos cargos y favores la lealtad y la obediencia ciega de sus seguidores y admiradores. El costo de esta repartija la paga, posteriormente, todo el pueblo, ya que con tanta “generosidad” muy pronto los precios se disparan, la inflación se descontrola, los abusos de poder, la apropiación indebida de fondos fiscales y el enriquecimiento ilícito se convierten en el pan de cada día.
- El populista se preocupa de movilizar a las masas y grupos sociales que lo siguen: apela a su lealtad y patriotismo, las organiza de acuerdo con sus propios intereses, los enardece en contra de sus “enemigos” de clase social, color político o credo religioso –sean estos enemigos internos o externos, reales o imaginarios–, y los azuza y anima para que la violencia resultante dé muestras claras del “poder del pueblo” detrás del caudillo.
- Dado que el populista siente desprecio por el orden legal que “amarra sus manos y restringe su poder”, el siguiente paso es apoderarse del Congreso o del Parlamento legítimamente elegido, dictando leyes arbitrarias o llamando a elecciones buscando el “clamor popular” y la “justicia directa del pueblo”, que no es otra cosa, que lograr el poder absoluto.
- En función de lo anterior, el populista inicia muy pronto un proceso de domesticar, dominar y, finalmente, minar, abusar y destruir las instituciones democráticas, con el fin de liberarse de cualquier traba o límite a su poder. El objetivo es uno solo: diseñar y validar una nueva constitución que le entregue plenos poderes, con lo cual, transformar a su gobierno en uno con características totalitarias, donde sólo uno manda, en tanto que el resto sólo se limita a callar y obedecer. De no hacerlo, se corre, otra vez, el riesgo de ser declarado un “traidor” y un “vendepatria”, y ser llevado a prisión y encarcelado.
Digamos finalmente, que tal como lo ha señalado Luis Ornelas, el vicio y el gran defecto del capitalismo se refleja en el desigual reparto de la riqueza, en tanto que la gran virtud inherente del socialismo asociado al populismo, es el credo de la ignorancia, la prédica de la envidia y la distribución igualitaria de la miseria.










