“Cualquier cosa que la mente puede concebir o crear, se puede lograr” (Napoléon Hill, escritor de libros de autoayuda).
El Dr. Bruce Lipton, pionero en la investigación con células madres, asegura que los pensamientos del ser humano están en condiciones de curar y sanar el cuerpo de una persona enferma, de una manera mucho más efectiva y eficiente que cualquier medicamento que ofrece la industria farmacéutica.
Se nos enseña que “los genes controlarían nuestras vidas”, ya que en ellos se inscribirían todas nuestras capacidades, rasgos y características personales. Sin embargo, el Dr. Lipton asegura que esto es falso, y que el ser humano no necesariamente estaría limitado por sus genes, sino que más bien, los genes estarían determinados por el medio externo celular, así como por el entorno y el medio ambiente que rodea al sujeto. Pruebas de que esto es cierto las hay en abundancia, de ahí que se hable de que los genes están en grado de mutar y cambiar constantemente.
Es por ello, que el Dr. Lipton exige la presencia de una nueva medicina, una “medicina que esté basada en la física cuántica”, más que en las leyes de la física clásica de Newton, de modo tal, que esta “nueva medicina tenga en cuenta la capacidad de curar que tiene la energía proveniente de la mente humana”, energía que sería mucho más eficaz que los efectos que se obtienen a través de los medicamentos, elementos que, tal como se ha demostrado, son sustancias ajenas al organismo humano y que tienen una serie interminable de “efectos secundarios”, los cuales, en rigor, no son efectos secundarios, sino que “efectos directos y de tipo primario”, con severas consecuencias para la salud.
Los médicos recetan una serie de medicamentos para tratar una determinada enfermedad, pero dichos medicamentos también causan muchos problemas en el cuerpo, los que pueden conducir, incluso, hasta la muerte del paciente.
Según estadísticas actualizadas de Estados Unidos, en dicho país, los medicamentos matan a más de 300.000 personas cada año, ya que en muchos de estos casos, los medicamentos prescritos representaban una verdadera “bomba química”. La explicación para este desastre médico y humano, es que la medicina basada en la farmacología todavía no logra entender cómo está interrelacionada entre sí toda la bioquímica del cuerpo humano. Es más: los médicos aún no saben cómo funcionan realmente las células y qué es lo que sucede con ellas cuando se le agregan elementos químicos extraños al organismo, ya que las células cambian en función de su entorno.
El ejemplo clásico que se usa para tratar de entender el funcionamiento –y el extraordinario poder– del pensamiento humano, es cuando se hacen decenas de experimentos con los conocidos “medicamentos placebos”, que no son otra cosa que píldoras inocuas que no contienen ningún elemento químico activo que pudiese producir la cura de alguno de los síntomas que presenta un determinado paciente. Sin embargo, cuando a un grupo de sujetos –que no están al tanto de que son el grupo experimental– se les dice que este “nuevo medicamento” obra maravillas –no obstante ser sólo una pastilla de dulce–, hasta el 80% de los sujetos logra mejorarse “milagrosamente” de su malestar y señala, posteriormente, sentirse muy bien.
La pregunta que surge de inmediato es: ¿Cómo ha sido esto posible? Muy sencillo: el sujeto piensa y está convencido de que la píldora que va a tomar, le va a traer salud y, efectivamente, se mejora y se sana, aun cuando la píldora no ha hecho nada. En realidad, lo que ha funcionado fueron las creencias del sujeto, y a este efecto se le llama el “efecto placebo” o efectos del “pensamiento positivo”.
Cada día que pasa, queda más y más en evidencia, que la alimentación y los hábitos de ingesta que caracterizan a cada sujeto, están en condiciones de cambiar los efectos y la acción de nuestros genes en la aparición –o no– de diversas enfermedades.
Dicho de una manera más directa: aquello que el ser humano come, bebe, fuma o ingiere por distintas vías –incluyendo los contaminantes presentes en el lugar donde vive la persona– tiene la capacidad de generar cambios en la propia carga genética, los cuales, además, están en grado de afectar la salud mental y física del individuo, así como la posibilidad de transmitir, posteriormente, la nueva información –o carga genética– a sus hijos, nietos y bisnietos. Así de crucial. Si uno traduce este efecto al plano práctico, ello significa, que si se cambian los factores que rodean al sujeto enfermo, es altamente probable que el sujeto sane de sus malestares y enfermedades.
Este tema se relaciona estrechamente con un concepto acuñado por el biólogo, paleontólogo y genetista Conrad Hal Waddington en 1953, denominado epigenética. La disciplina que ha surgido en torno a este concepto estudia los fenómenos relacionados con todos aquellos factores que están en grado de ejercer influencia en los cambios que pueden producirse en la expresión del ADN humano, es decir, en la interacción entre genes y ambiente.
Curiosamente, algunos de los factores que influyen son: mantener una dieta poco equilibrada, tomar medicamentos sin el debido resguardo, consumo de tabaco, ingesta de drogas, uso de tranquilizantes, beber alcohol. Los cinco últimos son hábitos autodestructivos. Incluso más. En el caso de los recién nacidos, el acto de acariciarlos de manera amorosa influye en la expresión –o no– de su ADN, ya sea positiva o negativamente. El mecanismo detrás de la epigenética, es la presencia de pequeñas moléculas que se adhieren –o que envuelven– a nuestros genes, logrando de esta manera, impedir su expresión, es decir, los “silencian” o apagan.
Por lo tanto, cuando nosotros pensamos, nuestro cerebro produce y transmite energía, y es en función de este principio, unido al “efecto placebo”, que el Dr. Bruce Lipton asegura que los pensamientos son mucho más poderosos que la química de los medicamentos, con un adicional: la “química mental está completamente libre de aquellos efectos secundarios tan dañinos para el organismo humano”. En este sentido, tenga usted siempre presente que las propias creencias pueden convertirse en un poderoso campo energético sanador que emite señales capaces de cambiar, modificar y sanar el cuerpo humano, bajo los principios ya señalados: el pensamiento positivo –o placebo– puede sanar, en tanto que el pensamiento negativo puede enfermar, e incluso, matar a la persona.
En definitiva: cambiar nuestra manera de vivir y percibir el mundo, es cambiar nuestra biología.
Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl
Académico, escritor e investigador (PUC-UACh)










