24 de mayo del 2026.- La ansiedad es pariente cercana de la angustia, camina junto al estrés, comparte territorio con la depresión, tiene raíces heredadas de tipo biológicas, psicológicas, sociales y se han convertido en los principales males de nuestra época.
La ansiedad puede derivar en distintas fobias, en trastornos de carácter psicosomáticos, puede gatillar crisis de pánico o transformarse en un estado larvado, es decir, que presenta síntomas que ocultan su verdadera naturaleza, con la consiguiente cadena de sucesos: desesperación, melancolía, desesperanza y tendencias suicidas, entre otras.
Es preciso hacer la distinción entre ansiedad y angustia, ya que a pesar de que se toman como sinónimos, en rigor no lo son. De acuerdo con el Dr. Juan Carlos Sierra, un experto español en el tema, en la angustia existe un predominio de los síntomas físicos, donde “la reacción del organismo es de paralización, de sobrecogimiento y se atenúa la nitidez con la que el individuo capta el fenómeno”, en tanto que “en la ansiedad cobran mayor presencia los síntomas psíquicos, la sensación de ahogo y de peligro inminente, presentándose una reacción de sobresalto, con un mayor intento de buscar soluciones para afrontar la amenaza de la que se es objeto”. Asimismo, en el caso de la ansiedad el fenómeno que vive el sujeto es percibido con un mayor grado de nitidez.
Sin embargo, en la actualidad resulta muy difícil mantener dichas diferencias, ya que dentro del concepto de ansiedad se tienden a agrupar tanto los síntomas psíquicos o cognitivos, como así también los conductuales y físicos, en función de lo cual, hoy en día, la angustia se utiliza como sinónimo de ansiedad, ya que ambos conceptos son considerados como “estados psicológicos displacenteros” que van, de manera frecuente, acompañados de síntomas fisiológicos que se describen “como expectación penosa o desasosiego ante un peligro impreciso o ambiguo”.
Se podría decir entonces, que el concepto ansiedad alude a un estado de agitación e inquietud desagradable que está caracterizado por la anticipación del peligro, el predominio de síntomas psíquicos y la sensación de catástrofe o de peligro inminente, es decir, la combinación entre síntomas cognitivos y fisiológicos, manifestando una reacción de sobresalto, donde la persona intenta buscar una solución al supuesto peligro que enfrenta, a raíz de lo cual, el fenómeno es percibido con total nitidez.
Cuando la ansiedad es muy intensa, al interior del individuo se origina un sentimiento desagradable de terror e irritabilidad, acompañado de fuertes deseos de correr, gritar y ocultarse, presentando el sujeto sensaciones de debilidad, desfallecimiento y desesperación. De ahí que se hable de “ataques de ansiedad”, “ataques de pánico”, “crisis de angustia” que pueden ser incontrolables para el sujeto afectado.
El tratamiento en estos casos suele abarcar tres tipos de medidas: (a) Farmacoterapia: es decir, uso de ansiolíticos para aliviar la ansiedad que sobrecoge a la persona y/o que ayudan a conciliar el sueño, (b) Psicoterapia: uso de un enfoque psicológico que permite una aproximación a la personalidad del paciente afectado, así como a sus patrones de conducta con la finalidad de mitigar la ansiedad del sujeto. Permite a los pacientes la liberación o eliminación de recuerdos, situaciones o eventos traumáticos que alteran la mente del sujeto y su equilibrio interno, (c) Socioterapia: enfoque que abarca una gama de diversas técnicas basadas en el uso de interacciones sociales a fin de promover la salud mental y el bienestar de la persona. La socioterapia tiene sus raíces en “la comprensión de que el individuo y la sociedad están intrínsecamente interconectados”, y que nuestra salud mental está muy influenciada por nuestras relaciones y experiencias sociales.
El terapeuta puede sospechar la presencia de un Trastorno de Ansiedad Generalizado (TAG), si la persona experimenta síntomas que se repiten en el tiempo –casi en forma diaria y por más de seis meses– y si interfieren en su vida profesional, familiar y personal. Este es un cuadro crónico que puede afectar entre el 3% y el 5% de la población.
Los pacientes con TAG interpretan de manera negativa la realidad, debido a que tienen “una percepción selectiva” de los estímulos nocivos del ambiente: (a) sienten un gran desasosiego y viven con la expectativa de que van a ocurrir eventos negativos, (b) están constantemente pensando en los problemas y, al mismo tiempo, se sienten incapaces de resolverlos, (c) sienten temor en forma permanente, porque creen estar en peligro o que pueda ocurrir algo que atente contra su seguridad o la de su familia. Esta preocupación los agobia todo el día, pudiendo presentar una serie de síntomas físicos: dificultad para respirar, taquicardia, opresión en el pecho, mareo, sudoración, agitación motora, molestias digestivas, constipación, diarrea, y alteraciones del sueño (insomnio, problemas para conciliar el sueño, o bien, despertar temprano).
El tratamiento comienza con terapia de apoyo que incluye la aceptación de la enfermedad buscando reestructurar la percepción que tiene el paciente de sí mismo, a fin de fortalecer su capacidad para resolver problemas, de modificar el significado erróneo que le da a los acontecimientos de su vida diaria, así como las creencias que determinan su percepción negativa de la realidad. Todo esto puede ir acompañado, asimismo, de psicofármacos, ansiolíticos y algunos antidepresivos.








