La historia de nuestro país está desde sus orígenes plagada de turbulencias y desencuentros. La lucha entre bandos ha sido pan de cada día. Es así que al inicio de nuestra vida en este territorio estaban los patriotas y los monarquistas, luego los pipiolos, los pelucones, los conservadores, los liberales. los o´higinianos y los carreristas. Estos últimos hasta el día de hoy no se ponen de acuerdo lo que quedó maravillosamente plasmado en la tonada sobre José Miguel Carrera con letra de Neruda que dice: “pasan y pasan los años y la herida no se ha cerrado”. Nuestra historia ha sido un cúmulo de líos y entreveros. e incluso, acciones y actitudes antidemocráticas e inconstitucionales.
Un día 4 de Junio de 1932, hace ya 89 años, surcaron amenazantes los aires sobre el Palacio de la Moneda aviones de combate. Militares, Aviadores y algunos civiles se habían unido para derrocar al gobierno de Juan Esteban Montero, que había sido elegido Presidente de la República con un 64 % de los votos hacía apenas seis meses. Se trataba de un gobierno democrático y respetuoso de las leyes, pero nuestro país sufría las consecuencias de la gran crisis mundial de 1929 conocida como la caída de Wall Sreet y estas dificultades financieras, envalentonaron a un grupúsculo de sediciosos audaces a tomarse el poder.
Tras varios muertos y decenas de heridos. destruyeron la democracia y proclamaron la “República Socialista” y se implantó una Junta de Gobierno la que disolvió el Congreso, impuso un Estado de Sitio . los Consejos de Guerra y se censuró la prensa escrita y radial. La lucha por el poder fue implacable.
Apenas transcurridos 12 días del golpe de estado, dos de sus protagonistas, Marmaduke Grove y Eugenio Matte fueron relegados por sus camaradas a la Isla de Pascua y Carlos Dávila tomó el poder total como “Presidente Provisional de la República Socialista de Chile”.
Los sediciosos padecían de una arrogancia fatal. Se creyeron capaces de resolver los problemas que sufría el país mediante la aplicación de medidas de fuerza para realizar según ellos una “ingeniería social”, para ordenar el mercado y la sociedad. Tomaron fuertes medidas estatistas como por ejemplo la intervención de empresas, fijación de precios, racionamientos en el reparto de bienes de consumo. Pero todo fracasó porque los insurrectos carecían de las aptitudes para conducir un país y sólo se limitaban a realizar promesas de tiempos mejores y culpaban a la oligarquía conservadora de todos los errores que cometían en el intento de gobernar el país. La situación económica empeoró y empezaron a proliferar por el territorio nacional las ollas comunes y el desorden popular empezó a crecer con saqueos y pillajes en los campos y en las ciudades los sediciosos mantenían un férreo control militar.
Carlos Dávila, ante el descontento general y debido a que las organizaciones de izquierda que los apoyaban se fueron distanciando lentamente y sus camaradas golpistas empezaron a huir, el 13 de Septiembre de 1932 renunció a la Presidencia y entregó el mando del gobierno al General de Ejército Bartolomé Blanche quién llamó de inmediato a elecciones.
Por razones inexplicables, en la historiografía de Chile, escasamente se hace mención a estos hechos y aparecen completamente olvidados. Cuando se habla en mítines o reuniones masivas, los denominados progresistas sólo mencionan las intervenciones militares como directamente relacionadas con la derecha en tanto, la República Socialista se cubre de un manto de silencio y de olvido, pero, la verdad siempre aflora a la superficie y la historia no perdona, aunque se le pretenda acallar.
José Manuel Godoy Leiva.










