06 de Noviembre del 2026.- Cerca de 800 atletas participarán en los Juegos Invitacionales, una antesala del evento internacional que Chile recibirá el próximo año. Pero mientras el país se prepara para convertirse en capital mundial de la inclusión deportiva, hay una cifra que debería preocupar tanto como entusiasma la organización: cerca del 80 por ciento de las personas con discapacidad en Chile no practica actividad física de manera regular. El país que recibirá a seis mil atletas con discapacidad intelectual es el mismo donde ocho de cada diez personas con discapacidad permanecen fuera de la práctica deportiva habitual.
El evento es grande y conviene dimensionarlo. Del 16 al 24 de octubre de 2027, Santiago reunirá a más de seis mil deportistas y compañeros unificados de alrededor de 170 países en 23 disciplinas. Será la decimoséptima edición de unos Juegos nacidos en Chicago en 1968, impulsados por Eunice Kennedy Shriver, y la primera vez en casi sesenta años que se realizan en América Latina. La organización proyecta más de veinte mil visitantes extranjeros, unos 5.400 empleos directos e indirectos y un retorno estimado de 1,7 dólares por cada dólar invertido.
Esa última cifra pide calma. La estimación de impacto económico de los megaeventos deportivos es uno de los terrenos más resbalosos de la gestión deportiva, porque los cálculos previos se construyen sobre supuestos de gasto turístico y empleo que deben contrastarse con resultados efectivos. No es que el número sea falso. Es que es una proyección y no un resultado, y entre una cosa y la otra hay decisiones de administración.
Con el legado social ocurre algo parecido. Londres 2012 se presentó como los Juegos que inspirarían a una generación a moverse, pero las evaluaciones posteriores no permitieron atribuirle un aumento sostenido y generalizado de la práctica deportiva. La lección no es que los megaeventos sean inútiles. Es que la emoción no cambia conductas por sí sola. Lo que cambia conductas es la oferta estable, cercana y financiada que queda después, cuando se apagan las luces y los camiones de televisión se van.
Chile tiene un precedente reciente del que aprender. Santiago 2023 dejó infraestructura de primer nivel, y eso es un activo real que nadie debería minimizar. Pero un recinto no es un programa. Un velódromo no enseña a nadar. Un centro de deportes colectivos no llega por sí solo a una escuela especial de Coronel ni a un club comunal de Arica. Esa distancia entre construir y hacer participar es exactamente donde se pierden los legados deportivos.
Por eso vale la pena recuperar las palabras de Carolina Picasso, presidenta de Olimpiadas Especiales Chile, quien durante el lanzamiento de Santiago 2027 advirtió que Chile no puede limitarse a ser el país que organiza los Juegos, sino que debe aprovecharlos para generar un cambio. Traducida a gestión, esa idea se vuelve una lista de cosas medibles y poco épicas. Cuántos establecimientos de educación especial tendrán horas efectivas de actividad física en 2027. Cuántos recintos del Instituto Nacional de Deportes contarán con accesibilidad universal verificada y no solamente declarada. Cuántos profesionales estarán formados en actividad física adaptada. Y cuánto presupuesto sobrevivirá en 2028, que es el año que de verdad importa.
Ahí el dato del 80 por ciento deja de ser una estadística incómoda y pasa a ser un indicador de gestión. Si en octubre de 2027 el país celebra unos Juegos impecables y dos años después la inmensa mayoría de las personas con discapacidad sigue sin acceder regularmente al deporte, habrá sido un éxito organizacional y un fracaso de política pública. Son dos cosas distintas, y en Chile se confunden con demasiada frecuencia.
A menos de un año de los Juegos Mundiales, el desafío ya no consiste únicamente en preparar recintos, recibir delegaciones y garantizar una competencia de alto nivel. También exige demostrar que la inclusión puede traducirse en oportunidades deportivas permanentes para quienes hoy no las tienen. El tiempo que queda no alcanza para levantar desde cero un sistema de deporte adaptado, pero sí para definir si estamos construyendo uno o solamente preparando una ceremonia.
La sede ya está adjudicada. Lo que sigue abierto es qué quedará instalado el día en que la última delegación tome el avión de vuelta.
Dr. Frano Giakoni Ramírez – Doctor en Ciencias del Deporte – Director Magister Gestión Deportiva– UNAB








