03 de Noviembre del 2026.- El sarampión es uno de los ejemplos más significativos. Desde 1993, nuestro país no registra transmisión endémica de este virus, un logro que refleja el impacto de la vacunación y de las políticas públicas sostenidas en el tiempo. Sin embargo, este éxito plantea una paradoja que merece nuestra atención: cuando la prevención funciona, las enfermedades dejan de ser visibles y, con el paso de los años, podemos olvidar las razones que hicieron necesaria su prevención.
El Ministerio de Salud recientemente advirtió que hay más de 140 mil niños con esquemas incompletos de vacunación contra el sarampión. Detrás de esa cifra hay niños, familias y comunidades cuya protección podría verse comprometida. No se trata únicamente de una estadística sanitaria, sino de una señal que nos recuerda que los avances alcanzados requieren de un compromiso permanente.
El sarampión es una enfermedad altamente contagiosa que puede provocar complicaciones graves, como neumonía y encefalitis, e incluso causar la muerte. Aunque contamos con vacunas seguras y eficaces, su capacidad de transmisión exige mantener coberturas cercanas al 95% con dos dosis para prevenir brotes. La vacunación no solo protege a quien la recibe, sino que también contribuye a resguardar a quienes, por razones médicas, no pueden vacunarse.
Probablemente, muchas familias jóvenes nunca han presenciado las consecuencias de un brote de sarampión. Y aquello que representa uno de los mayores éxitos de la salud pública puede convertirse también en una vulnerabilidad: cuando una enfermedad desaparece de nuestra experiencia cotidiana, resulta más difícil dimensionar el riesgo que representa. La ausencia de casos no significa que el virus haya dejado de ser una amenaza, sino que las estrategias de prevención han cumplido su propósito.
Esta situación también nos invita a revisar cómo entendemos la preparación frente a futuras crisis sanitarias, que muchas veces asociamos con la aparición de nuevos virus o enfermedades desconocidas. Sin embargo, también podemos enfrentar emergencias cuando descuidamos medidas que sabemos que funcionan. La resiliencia de un sistema de salud no depende únicamente de su capacidad para responder a lo inesperado, sino también de su compromiso para preservar los logros alcanzados.
Por ello, el desafío va más allá de disponer de vacunas. Implica comprender las dificultades que enfrentan las familias, facilitar el acceso, fortalecer la confianza en la evidencia científica y asegurar que ningún niño quede fuera de las estrategias de protección.
Los avances en salud pública no son conquistas definitivas, sino responsabilidades compartidas que debemos cuidar de generación en generación. Porque quizás uno de los mayores riesgos que enfrentamos como sociedad es el habernos acostumbrado tanto a vivir protegidos que terminamos olvidando todo lo que tuvimos que hacer para conseguirlo.
Dr. Jorge Andrés Soto Ramírez – Biotecnólogo y Doctor en Genética Molecular y Microbiología de la Pontificia Universidad Católica de Chile – Integrante del Centro de Investigación para la Resiliencia a Pandemias – Universidad Andrés Bello








