25 de Octubre del 2026.- Hay niños de trece años en Chile que ya no van al colegio porque tienen que entrenar. No es una exageración de sobremesa. Lo contó Cristián Leiva, ex seleccionador Sub 17 y hoy a cargo de las divisiones inferiores de Deportes Limache. En Limache, en Everton y en los clubes cercanos ha visto a menores rendir exámenes libres para liberar horario y sumar horas de cancha. Su diagnóstico es incómodo: esos jugadores llegan al primer equipo con un nivel cognitivo insuficiente para entender el fútbol profesional. Su cifra lo es todavía más, porque apenas un 2% de esos niños llegará a ser futbolista profesional.
La advertencia de Leiva no es un llamado moral a sacar buenas notas. Es un argumento de rendimiento. El fútbol moderno se juega tanto con la cabeza como con las piernas, y la ciencia lo ha medido. Un estudio realizado en Suecia mostró que los futbolistas de las ligas más altas tenían funciones ejecutivas superiores a las de la población general y a las de jugadores de categorías inferiores. Se trata de la capacidad de planificar, frenar impulsos, cambiar de estrategia y encontrar soluciones nuevas bajo presión. Esas habilidades, además, se relacionaban con los goles y asistencias que esos jugadores conseguían en las temporadas siguientes. Nadie sostiene que un examen libre forme por sí solo peores futbolistas. Pero leer el juego, decidir rápido y adaptarse son capacidades que se construyen en todos los espacios de la vida de un niño, y la escuela es uno de los más importantes.
A eso se suma la evidencia sobre especialización temprana, uno de los temas más estudiados en el desarrollo deportivo infantil. Hace más de dos décadas, las ciencias del deporte comenzaron a describir una etapa de muestreo en la infancia, en la que variar deportes y jugar libremente construye una base motriz más rica y carreras más largas que la concentración precoz en una sola disciplina. Revisiones científicas posteriores asociaron la especialización muy temprana a un mayor riesgo de lesiones por sobreuso y de abandono. En 2016, la Academia Americana de Pediatría recomendó postergar la especialización hasta después de la pubertad en la mayoría de los deportes. El mensaje es consistente: acumular horas específicas a los diez años no garantiza llegar, pero sí encarece el camino para quienes no llegan.
En Chile, lo que describe Leiva ocurre en medio de una paradoja evidente. El país aprobó una ley que obliga a los establecimientos educacionales a promover sesenta minutos diarios de actividad física, reconociendo que el movimiento es parte del desarrollo integral de la infancia. Mientras tanto, en el fútbol formativo, hay niños que abandonan la sala de clases para especializarse antes de tiempo. Es un sistema que ya selecciona demasiado temprano, que suele premiar al niño más desarrollado físicamente por sobre el más talentoso y que ahora, además, le pide renunciar a su educación. Todo a cambio de una probabilidad mínima.
Leiva evitó comparar esta realidad con Europa, y lo hizo con prudencia, porque los contextos sociales son distintos y copiar modelos rara vez funciona. Pero hay principios que sí pueden adoptarse. La Comisión Europea publicó en 2012 directrices sobre la doble carrera de los deportistas, construidas sobre una idea simple: formarse como atleta y formarse como persona no son caminos incompatibles, sino responsabilidades que las instituciones deben sostener al mismo tiempo. Llevado a Chile, eso significa que los clubes con divisiones inferiores asuman la continuidad escolar como parte de su trabajo formativo y no como un asunto privado de cada familia. También exige que la formación de entrenadores de base incorpore con seriedad el desarrollo infantil y adolescente, porque quien dirige a un niño de diez años no está preparando solo a un jugador.
La selección chilena acumula tres Mundiales consecutivos sin clasificar, y las explicaciones suelen buscarse en la táctica, el recambio o la conducción de la Roja adulta. Lo que expone Leiva apunta más abajo, al momento exacto en que un niño deja de ser estudiante para convertirse prematuramente en una inversión deportiva. Un sistema formativo no debería medirse solo por cuántos jugadores llegan a Primera División, sino también por cómo quedan los que no llegan. Si para que un 2% alcance el profesionalismo el 98% restante sale del camino sin haber completado su escolaridad, el problema no es solo de formación de personas. Es también, y sobre todo, un sistema que no está formando bien a los pocos futbolistas que sí logran llegar.
Dr. Frano Giakoni Ramírez – Doctor en Ciencias del Deporte – Director Magister Gestión Deportiva– UNAB









