21 de Octubre del 2026.- “Desastre” y “emergencia” son conceptos que hoy ocupan un lugar central en la agenda pública. Sin embargo, no son nuevos; Chile es país sísmico, expuesto a aluviones, incendios, tsunamis, erupciones volcánicas y tormentas y por tanto, siempre han estado presentes. Lo que parece nuevo es nuestra disposición a hablar de ellos, pero casi siempre cuando la tragedia ya ocurrió.
Parece que aprendemos tarde, o que nos resistimos a aprender. Frente a cada emergencia volvemos a preguntarnos lo mismo ¿aprendimos algo de la anterior? La naturaleza, con su fuerza y sus ciclos, nos pone constantemente a prueba. La pregunta no es si ocurrirá otro evento, sino si estaremos mejor preparados para enfrentarlo.
Si alguna vez creímos ser más poderosos que el entorno, este es el momento de recordar que no y que es la naturaleza la que manda. Debemos aprender a convivir y cohabitar con ella de manera armónica, desde el respeto mutuo. Eso exige educación, prevención, planificación y una mirada territorial que no aparezca solo después del desastre.
En este sentido, es importante mirar el Trabajo Social que ha trabajado históricamente con y para las comunidades en acciones de promoción, prevención y educación. También interviene en situaciones de desastre y emergencia, pero su rol no se reduce al asistencialismo ni a la entrega de beneficios o cajas de alimentos, como muchas veces se cree.
El o la profesional de Trabajo Social conoce los territorios, reconoce necesidades, preocupaciones y recursos comunitarios, y trabaja colaborativamente con las personas. No es un observador externo, o no debería serlo, sino un actor que facilita la organización, la información y la respuesta desde las propias comunidades. Por eso se dice, con razón “pregúntale al asistente social”, porque suele conocer a las familias, las juntas de vecinos, los colegios y las redes locales.
Esta función es reconocida internacionalmente. El Banco Mundial (2020) ha señalado que el Trabajo Social debe incorporarse a la gestión del riesgo de desastres, especialmente en la identificación de riesgos, la reducción de vulnerabilidades, la preparación comunitaria y la reconstrucción resiliente.
En una emergencia, el Trabajo Social reconoce el intersector, identifica los recursos disponibles y los moviliza en beneficio de las personas y comunidades. Su tarea va mucho más allá de los “primeros auxilios sociales” o de aplicar la Ficha Básica de Emergencia (FIBE), instrumento oficial que permite catastrar hogares afectados, registrar daños y orientar la respuesta estatal.
Se trata, sobre todo, de gestionar y articular redes; conectar a las familias con los servicios, a las organizaciones con los gobiernos locales y a las comunidades con las instituciones. En este sentido, la educación popular planteada por Paulo Freire sigue siendo esencial; trabajar con las bases sociales, no solo para ellas, fortalece la participación, la autonomía y la capacidad de las comunidades para enfrentar las crisis.
La gestión de desastres requiere un trabajo transversal entre profesiones que se complementen y potencien. No se trata de sobreespecializarse, sino de acordar formas de co-trabajo; un verdadero “kit de emergencia profesional”, con herramientas, competencias y protocolos compartidos entre Trabajo Social, salud, educación, psicología, ingeniería, defensa civil, entre otros.
Así como cada familia debería tener una mochila de emergencia en casa, y no solo recordarla cuando ocurre una catástrofe, el país necesita un kit permanente de capacidades para prevenir, responder y reconstruir. La emergencia no comienza cuando llega el terremoto, el incendio o el aluvión, comienza mucho antes, cuando decidimos o no aprender de la historia.
La próxima emergencia no debería sorprendernos; lo verdaderamente inaceptable sería volver a encontrarnos sin haber aprendido.
Carmen Lamilla Almuna, Magister en Docencia para la Educación Superior.










