23 de Junio del 2026.- Porque cada vez que aparece el álbum del Mundial, pasa algo que el fútbol logra como pocas cosas: convierte la espera en ritual.
Y eso no es menor. En tiempos donde casi todo entra por la pantalla y desaparece con el siguiente scroll, el álbum sigue ofreciendo algo mucho más lento y, por lo mismo, mucho más potente: abrir sobres, repetir figuras, cambiar láminas, buscar la imposible y sentir que el torneo empieza mucho antes del primer partido.
El fenómeno vuelve con fuerza y también con escala récord. El álbum del Mundial 2026 tiene 48 selecciones, 112 páginas y 980 cromos, lo que lo convierte en una de las ediciones más grandes de la historia. Eso no solo significa más jugadores, más equipos y más sobres. Significa también que la colección será más difícil, más larga y más cara de completar.
Ahí aparece una de las tensiones más interesantes de este fenómeno. El álbum del Mundial sigue siendo una experiencia emocional, casi artesanal, pero al mismo tiempo es un producto global gigantesco. La nostalgia sigue viva, sí, pero ahora viene con más páginas, más mercado y más presión por coleccionar todo.
En Chile, además, este tema tiene una raíz especial. La cultura de las láminas no es una moda importada de último minuto. Tiene una historia muy propia. La empresa Salo nació justamente en 1962, cuando Chile se preparaba para recibir el Mundial y se lanzó el primer gran álbum chileno vinculado a ese evento, con cerca de 268 figuritas coleccionables. O sea, en este país, el álbum del Mundial no es solo consumo: también es memoria futbolera.
Y eso ayuda a entender por qué sigue pegando tan fuerte. Porque no se trata únicamente de completar jugadores. Se trata de entrar a una conversación colectiva. Un niño que busca a Mbappé o a Lamine Yamal está haciendo algo muy parecido a lo que antes hicieron sus padres o abuelos con otras figuras. El álbum tiene esa gracia rara: une generaciones sin necesidad de explicarse demasiado.
También hay algo muy simple, pero muy poderoso. El álbum obliga a esperar. No entrega gratificación inmediata. No se completa en dos clics. Hay que insistir, fallar, repetir, negociar, cambiar. Y en una época donde casi todo está diseñado para resolverse rápido, ese pequeño ritual tiene un encanto especial. Devuelve al fútbol algo que hoy parece escaso: paciencia.
Por eso el álbum no compite realmente con las pantallas. Convive con ellas, pero ofrece algo distinto. Mientras el celular te llena de contenido, el álbum te deja una misión. Mientras el feed pasa, la lámina se guarda. Mientras el video desaparece, la página se completa.
Claro, también hay una mirada más fría. Un álbum más grande significa más gasto, más sobres y una industria que sabe perfectamente cómo convertir la emoción en negocio. Y eso forma parte del fenómeno. Pero incluso ahí hay una verdad difícil de discutir: pocas cosas siguen logrando que tantas personas, de edades tan distintas, se entusiasmen por un mismo objeto de papel.
El Mundial 2026 es el más grande de la historia. Y su álbum también. Pero en el fondo, la magia no ha cambiado tanto. Sigue partiendo igual: con un sobre cerrado, una ilusión absurda y la esperanza de que, esta vez sí, venga la que falta.
Porque antes del himno, de la tabla y de los goles, el Mundial en Chile muchas veces empieza así. Pegando una lámina.
Dr. Frano Giakoni Ramírez – Doctor en Ciencias del Deporte – Director Carrera Entrenador Deportivo – UNAB










