21 de Mayo del 2025.- Al distinguir entre eotécnica, paleotécnica y neotécnica, sostuvo que “la técnica ha sido siempre un instrumento constante de disciplina y educación”. Hoy, la cibereducación representa una nueva fase de esa neotécnica digital: una transformación que oscila entre la promesa de emancipación y el riesgo de dependencia, con consecuencias todavía inciertas, aunque cada vez más visibles en sus tensiones y fragilidades.
Las tablillas sumerias, los códices mayas, el quipu andino, la imprenta de Gutenberg y los libros copiadores coloniales fueron, en distintos momentos históricos, tecnologías del saber. La escritura permitió fijar memorias antes orales; el libro amplió la alfabetización y reorganizó la circulación del conocimiento. Durante el siglo XX surgieron luego las primeras máquinas autodidactas, los sistemas de enseñanza asistida por computador y las redes precursoras de internet educativo. En Chile, experiencias como Cybersyn/Synco ensayaron tempranamente nuevas formas de procesamiento de información y coordinación técnica, anticipando debates que hoy parecen plenamente contemporáneos.
Décadas más tarde, el programa Enlaces impulsó la digitalización de miles de escuelas chilenas, mientras que la pandemia aceleró de forma abrupta la dependencia de plataformas virtuales para sostener la educación. Aquella transición evidenció tanto nuevas posibilidades de acceso como profundas desigualdades territoriales, económicas y culturales entre estudiantes, docentes y comunidades educativas.
Podemos comprender este proceso como parte de una modernización tecnológica de larga duración, intensificada recientemente por la expansión global del capitalismo digital. Sus efectos son tan amplios como muchas veces invisibles: desde las nuevas formas de vigilancia y dependencia tecnológica hasta impactos ambientales cuya magnitud aún resulta difícil de dimensionar.
El reciente hackeo masivo a plataformas de gestión de aprendizaje, que comprometió datos de universidades e instituciones educacionales en distintos países —incluyendo Chile—, volvió a recordar la fragilidad material de los sistemas digitales sobre los cuales hoy descansa gran parte de la vida universitaria. Aunque las interrupciones operativas fueron relativamente breves, el episodio reabrió preguntas de fondo sobre la dependencia tecnológica de las instituciones educativas contemporáneas.
La situación no deja de evocar otras crisis históricas del conocimiento: bibliotecas incendiadas, monasterios sitiados, universidades interrumpidas por guerras, terremotos o conflictos políticos. La historia de la educación muestra que ninguna infraestructura del saber ha sido completamente inmune a la fragilidad de su tiempo.
Setenta años después de Mumford, Rosalind Williams publicó Cultura y cambio tecnológico: el MIT, donde analizó las profundas transformaciones técnicas que vivieron las universidades estadounidenses durante la década de 1990. Allí observó cómo nuevas plataformas de administración y gestión alteraron prácticas universitarias completas, aunque también identificó algo fundamental: ciertas dimensiones esenciales de la vida universitaria permanecían imposibles de automatizar.
La experiencia reciente vuelve a recordarnos precisamente eso. Toda tecnología es simultáneamente poderosa y vulnerable. La universidad no existe únicamente en servidores, plataformas o bases de datos, sino en la existencia de una comunidad de conocimiento capaz de sostener la curiosidad, el pensamiento crítico y la imaginación colectiva.
La pregunta, entonces, sigue abierta: ¿qué tipo de educación y de sociedad estamos construyendo bajo estas nuevas condiciones técnicas? La historia demuestra que las transformaciones tecnológicas nunca determinan por sí solas el futuro. Ese horizonte continúa dependiendo de nuestras decisiones políticas, culturales y éticas, así como de nuestra capacidad de imaginar formas más humanas de habitar el conocimiento.
Dr. Nelson Arellano Escudero – Doctor en Sostenibilidad, Tecnología y Humanismo – Universidad Politécnica de Cataluña – Mg. Investigación Social Aplicada – Asistente Social y Académico UNAB









