21 de mayo del 2026.- Miedo a la mala nota, al reclamo del apoderado o a que evaluar con honestidad pedagógica termine convirtiendo al profesor en sospechoso. Poco a poco, la escuela chilena comenzó a temerle más al fracaso académico que al vacío formativo.
Durante años avanzamos hacia una evaluación más humana, entendiendo que aprender no puede reducirse a memorizar contenidos ni a castigar el error. El Decreto 67 abrió una oportunidad valiosa al promover una evaluación para el aprendizaje, centrada en la retroalimentación y la mejora continua (Mineduc, 2018). Sin embargo, en muchas comunidades escolares esa transformación terminó deformándose: confundimos evaluación formativa con aprobación garantizada, inclusión con complacencia y bienestar emocional con la eliminación de toda experiencia de frustración.
La pregunta incómoda vuelve entonces a aparecer en las salas de clases: ¿estamos evaluando aprendizaje real o administrando satisfacción escolar?
La OCDE ha advertido sobre la creciente desconexión entre calificaciones y competencias reales (OCDE, 2023). Chile no parece escapar de esa tensión. Cada vez son más frecuentes los estudiantes con excelentes promedios, pero con enormes dificultades para sostener procesos de lectura compleja, pensamiento crítico o perseverancia intelectual. Las notas suben; los aprendizajes, no siempre.
En medio de esa contradicción, muchos docentes comenzaron silenciosamente a perder libertad pedagógica. Evaluar con exigencia implica hoy exponerse a cuestionamientos permanentes, conflictos con las familias o presiones institucionales asociadas a indicadores de aprobación. La lógica del cliente penetró también la escuela: reprobar incomoda y afecta métricas. Entonces el sistema empuja lentamente a evitar el conflicto antes que a resguardar el aprendizaje.
Pero una educación que evita toda incomodidad termina debilitando la formación humana. La UNESCO recuerda que educar también implica formar personas capaces de enfrentar la incertidumbre y aprender críticamente de sus errores (UNESCO, 2021). Porque aprender implica necesariamente equivocarse.
La OEI ha insistido en que los desafíos educativos no pasan solo por ampliar cobertura, sino por formar ciudadanos críticos y autónomos (OEI, 2022). Sin embargo, ninguna autonomía se construye en una escuela donde todo debe sentirse exitoso de inmediato.
Tal vez todavía estamos a tiempo de detener esta lenta erosión pedagógica. Porque una escuela que teme incomodar termina renunciando silenciosamente a educar. No necesitamos volver a las aulas del miedo, sino recuperar el coraje ético de enseñar con honestidad. Decirle a un estudiante que aún no alcanza un aprendizaje no es condenarlo, sino reconocerlo como alguien capaz de crecer. Lo verdaderamente cruel sería acostumbrarlo a vivir creyendo que todo logro puede simularse y que todo esfuerzo puede reemplazarse por condescendencia. Chile no necesita escuelas que administren aprobación para sostener estadísticas tranquilizadoras; necesita escuelas que vuelvan a formar personas capaces de pensar, resistir, equivocarse y volver a levantarse. Porque quizás el fracaso más peligroso no sea reprobar una asignatura, sino graduar generaciones enteras sin haber aprendido nunca a enfrentar la verdad.
Dr. Juan Pablo Catalán – Doctor en Educación – Académico e investigador










