21 de Abril del 2026.- Es, más bien, un punto de inflexión. A partir de ese momento, hemos observado una preocupante seguidilla de amenazas de tiroteos, avisos de bomba y mensajes que circulan entre estudiantes como si se tratara de un juego o desafío. Colegios y universidades han debido suspender clases. El sistema educativo completo ha entrado en estado de alerta. La pregunta ya no es qué ocurrió, sino qué se activó o que está pasando con los jóvenes de hoy.
Desde la psicopatología, este fenómeno es conocido: se trata del efecto de imitación o contagio conductual. Cuando un acto de alta violencia recibe amplia exposición mediática y genera impacto social, puede transformarse en un modelo disponible para sujetos vulnerables. No es que la violencia “se copie” de manera automática, sino que se vuelve imaginable, y en algunos casos, ejecutable. Ese es el punto crítico: cuando la violencia deja de ser impensable.
Lo que estamos viendo hoy en Chile —amenazas masivas, mensajes virales que anuncian ataques, conductas que algunos jóvenes describen como “bromas”— refleja algo más profundo que el uso irresponsable de redes sociales. Evidencia una fragilidad en procesos psicológicos clave: dificultades en la regulación emocional, en la anticipación de consecuencias de su conducta en otros, en la construcción de identidad y, en algunos casos, una preocupante desensibilización frente al daño.
La adolescencia es una etapa donde el juicio aún está en desarrollo. Pero cuando a eso se suman experiencias de aislamiento, malestar emocional no tratado y entornos con baja contención, el riesgo aumenta significativamente. La violencia, en ese contexto, puede aparecer como una forma extrema de expresión, de validación o incluso de pertenencia.
Las redes sociales no crean este fenómeno, pero lo amplifican. Transforman un acto individual en un evento colectivo, replicable, comentado y, en algunos casos, trivializado. Así, lo que comenzó como un hecho trágico puede derivar en una cadena de conductas que, aunque no siempre tengan intención real de ejecutarse, sí comparten un elemento común: instalan la violencia como posibilidad.
Y eso, desde la clínica, es profundamente alarmante. Porque el mayor predictor de una conducta no es su ejecución previa, sino su legitimación interna. Cuando un joven comienza a considerar la violencia como una alternativa viable, el umbral para actuar disminuye. Por eso, el foco no debe estar solo en reaccionar frente a las amenazas, sino en comprender por qué estas emergen y por qué encuentran eco en otros.
Responder exclusivamente desde la lógica del control —más vigilancia, más protocolos, más sanciones— es necesario, pero claramente insuficiente. La evidencia es contundente: los principales factores protectores frente a la violencia son el vínculo con adultos significativos, el sentido de pertenencia, el desarrollo de habilidades socioemocionales y el acceso oportuno a apoyo en salud mental.
En otras palabras, no basta con intentar contener la violencia. Es imprescindible reconstruir las condiciones que la vuelven improbable.
Hoy Chile enfrenta algo más que una crisis de seguridad en las escuelas. Enfrenta una crisis de sentido en una generación que parece estar perdiendo referentes claros sobre los límites, las consecuencias y el valor de la vida del otro. Si no abordamos este fenómeno en su complejidad desde un punto de vista multifactorial, corremos el riesgo de que estos episodios dejen de ser excepcionales y comiencen a formar parte de la normalidad.
Jonathan Martínez Líbano, psicólogo y director del Magíster en Educación Emocional y Convivencia Escolar








