30 de Septiembre del 2025.- La Encuesta Suplementaria de Ingresos (ESI) 2024, publicada por el Instituto Nacional de Estadísticas (INE), volvió a poner sobre la mesa una paradoja que atraviesa la estructura económica y social del país: casi la mitad de los hogares en Chile tienen jefatura femenina (48%), pero los ingresos de esas mujeres son, en promedio, significativamente más bajos que los de sus pares hombres.
Según el estudio, las brechas salariales en Chile siguen entre las más altas de América Latina. A ello se suman mayores niveles de cesantía femenina y una concentración del empleo en sectores de baja productividad, lo que limita la movilidad social y la capacidad de acumulación de patrimonio de millones de familias.
La economista Sandra Bravo, investigadora del Instituto UNAB de Políticas Públicas, señala que los factores detrás de esta desigualdad son múltiples:
“La brecha salarial de género responde en gran medida a diferencias observables, como la edad, la experiencia laboral acumulada, la ocupación y el sector productivo en el que participan. Las mujeres se concentran en cargos administrativos o de apoyo, con menores remuneraciones, mientras los hombres predominan en jefaturas y áreas técnicas de mayor valor. A esto se suman barreras estructurales como el ‘techo de cristal’ y la mayor carga de trabajo doméstico y de cuidado, que limitan su proyección incluso con credenciales y trayectoria equivalentes”, explica.
Una desigualdad que afecta directamente a los hogares
Que el 48% de los hogares tenga como principal sustento el ingreso de una mujer evidencia un problema que va más allá de la esfera individual.
“Aunque casi la mitad de los hogares dependen directamente del ingreso de una mujer, esa fuente sigue siendo, en promedio, menor a la de los hogares encabezados por hombres. Esto afecta la capacidad económica, las condiciones de vida y las oportunidades de casi la mitad de las familias del país. Además, tiende a reproducir ciclos de menor acumulación de patrimonio y mayor vulnerabilidad frente a crisis económicas, amplificando desigualdades intergeneracionales”, explica Bravo.
En términos simples: la brecha salarial no solo golpea los bolsillos individuales, sino también la estabilidad de millones de familias y la posibilidad de ascenso social de las nuevas generaciones.
Políticas insuficientes
Si bien en los últimos años se han impulsado medidas como el postnatal parental transferible o la Ley de Trabajo a Distancia, su impacto ha sido acotado. Para Bravo, el desfase entre el diagnóstico y la profundidad de las soluciones es evidente:
“La cobertura de salas cuna sigue siendo limitada, sobre todo en pymes, lo que restringe la incorporación de mujeres al empleo formal. En cuanto a transparencia salarial y capacitación con enfoque de género, los avances son incipientes. La falta de obligación de reportar brechas dificulta visibilizar desigualdades internas, mientras los programas de formación no siempre apuntan a sectores de mayor productividad y remuneración, perpetuando la segregación ocupacional”.
El resultado es un mercado laboral que sigue operando bajo reglas que desfavorecen estructuralmente la participación y la proyección femenina.
El camino hacia una inserción más equitativa
¿Cuáles son las medidas necesarias para cambiar el rumbo? Bravo plantea que se requiere avanzar hacia políticas estructurales, integradas y con visión de largo plazo.
“Una de las claves es el proyecto de Sala Cuna Universal, que permitiría garantizar acceso a todas las trabajadoras y trabajadores, sin importar el tamaño de la empresa o el tipo de contrato. Pero también se necesita un rediseño de los programas de capacitación con enfoque de género, especialmente orientados a sectores de mayor productividad y remuneración, como STEM, energía, logística o industrias creativas”, sostiene.
No obstante, los desafíos van más allá de la oferta formativa. Persisten barreras culturales y estereotipos de género que desalientan a las mujeres a ingresar a carreras técnicas o científicas, la escasa visibilidad de referentes femeninos en sectores estratégicos y la falta de redes de apoyo que faciliten su permanencia y proyección profesional.
Bravo agrega que las políticas deben complementarse con programas de mentorías, campañas de visibilización y medidas que aseguren condiciones de estudio y trabajo compatibles con las responsabilidades de cuidado. Asimismo, propone incorporar metas de participación femenina e incentivos para las empresas que contraten mujeres capacitadas, junto con un seguimiento de resultados.
El impacto en la economía del futuro
La brecha salarial y la baja participación femenina no solo son un problema de equidad, también de productividad. Distintos organismos internacionales han advertido que una mayor inclusión laboral de las mujeres elevaría el crecimiento económico de manera sostenida, pues amplía la base de talento disponible y diversifica los sectores estratégicos.
En un país donde la economía depende cada vez más de la innovación y de sectores intensivos en conocimiento, excluir a la mitad de la población es un costo que Chile no puede seguir asumiendo.
“La inserción femenina sostenida y significativa en sectores estratégicos es clave para enfrentar los desafíos de productividad y competitividad que liderarán la economía del futuro. El punto es que no basta con reconocer el problema: se requiere una decisión política y social para enfrentarlo de raíz”, concluye Bravo.










