15 de Agosto del 2025.- Estar en medio del paraíso, entre las flores amarillas, entre las margaritas no es alcanzar la gloria. La felicidad amarilla está en la nostalgia; una mezcla de trapos viejos con recuerdos vívidos. Ser conscientes de la felicidad es solo de adultos. La juventud es un ir y pasar con pies descalzos sobre una alfombra sembrada de arbustos y sobre todo de una forma inconsciente sin la certeza de un futuro asfaltado. Quizás eso es la felicidad pura, un estado inconsciente, donde no se suma lo vivido, es la inocencia en el estado bruto, donde no hay cuestionamientos, donde no se calcula la experiencia. No se lleva el álbum de fotos o un recuento de cartas. Esas llegan años después, al abrir un velador, una caja escondida en el armario. Una vez abierta una carta antigua empieza la adultez.
Qué exquisita juventud con sus propias reglas; son pocos años, pero tan dulce, que bebemos de su néctar en cada racconto. Por qué no aprendimos de su urgencia de libertad. Pensamos tan pronto como adultos; es solo una fase rebelde. Y si la rebeldía era el camino correcto. Donde de tanto buscar, se encuentra la flor de El Principito. Yo te amaba tanto, pero siempre debía reinar la cordura; yo quiero conocer otros parajes y si se me van los años en la búsqueda y finalmente estaba todo en mi patio; pero yo quería viajar. Tantos Discos Pare nos pusieron. Yo no tenía el carácter. Tenía que dar tantas explicaciones, que perdía las maletas y al final, nunca pude embalar.
Y así me acorde de aquellas personas que se convertían en estatuas de sal al mirar hacia atrás, como la esposa de Lot que desobedeció la orden de no mirar durante la destrucción de Sodoma y se convirtió en una estatua de sal. Es el castigo por saborear lo que queda atrás; por qué es tan grave mirar lo que nos produjo placer, por qué es pecado observar la dicha. Es una máquina pensada para no recordar lo que nos hizo tan felices; la nostalgia es solo para suspirar, no para reparar y reiniciar lo suspendido.
Qué irresponsables los que fuimos jóvenes, por qué no registramos lo que nos hizo reír, por qué no contabilizamos lo que valía la pena. No pensamos que los huesos y los músculos juegan malas pasadas con los años. No hay consciencia de un deterioro progresivo. La fuerza es tan osada e inconsciente.
Cuando me acuerdo de la fuerza de antaño, era un esfuerzo leve. Ahora es un esfuerzo tan consciente, lleno de voluntad. Lo de antes era espontaneidad. Me pregunto qué será ser joven con la consciencia de tener un tesoro. Poder tener por lo menos cinco alternativas para elegir en cada encrucijada.
Yo tenía un abrigo y no importaba la ocasión, siempre era el mismo abrigo.
Mariela López Medrano – Periodista










