Hoy en día, el alcoholismo ha tomado como rehenes a millones de hombres y mujeres en todo el mundo. En un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) se consigna que “el consumo excesivo de alcohol provoca más de tres millones de muertes en el mundo cada año”, lo que representaría alrededor del 5,3% de todas las defunciones, y las cifras siguen aumentando, estimándose que “hay 237 millones de hombres y 46 millones de mujeres que padecen trastornos por consumo de alcohol”.
Adicionalmente, este informe indica que el “uso nocivo de alcohol es un factor causal de más de 200 enfermedades, así como de múltiples trastornos mentales y de conducta”, tales como: cirrosis hepática, diversos tipos de cáncer (a la garganta, lengua y boca), envejecimiento prematuro, úlceras, enfermedades cardiovasculares, depresión, pérdida de memoria, conductas violentas e irracionales que terminan con personas asesinadas (incluyendo femicidios), etc., además de cientos de miles de traumatismos y severas lesiones como consecuencia de caídas, peleas de borrachos, accidentes automovilísticos, etc., cuando las personas están bajo la influencia del alcohol.
Las mujeres son las que más sufren a la hora de caer en esta enfermedad, ya que reciben el desprecio y el rechazo de sus familias, al mismo tiempo que una marcada muestra de intolerancia por parte de la sociedad al ver, por ejemplo, a una mujer zigzagueando y ebria por las calles o viviendo como vagabunda por causa del alcohol.
Debido a esta sanción y rechazo social y familiar, muchas mujeres ocultan su consumo de alcohol, lo cual, limita que acudan a un centro de salud y soliciten ayuda profesional para someterse a un tratamiento, coartando la posibilidad de superar esta enfermedad, condición que va acompañada de una alta cuota de sentimientos de culpa, situación que induce a la mujer a beber incluso más, en una suerte de círculo vicioso difícil de romper.
No obstante que las mujeres inician el consumo de alcohol –en promedio– a mayor edad que los varones, ellas presentan una progresión hacia el alcoholismo que es más rápida, desde el momento que la mujer comienza el consumo de alcohol hasta la aparición de la etapa de la dependencia. Este fenómeno de progresión tan veloz ha sido denominado “telescoping” y pone de manifiesto el mayor grado de vulnerabilidad de la mujer en relación con los efectos del alcohol, por cuanto, si a un hombre le lleva, en promedio, entre seis a ocho años convertirse en un alcohólico, en el caso de la mujer bastarían sólo de tres a cinco años de ingesta continuada, en que el proceso de convertirse en una alcohólica, dependerá: del peso de la persona, de la edad en la que comenzó la ingesta, la cantidad de alcohol consumido cada día, de su nivel de tolerancia al alcohol, de los eventos trágicos que esté viviendo la mujer (muerte de un ser querido, divorcio o separación traumática, soledad, enfermedad grave, etc.), así como por la presencia de estados de ansiedad, estrés, depresión, etc., que esté experimentando la mujer.
En relación con los factores de riesgo, un estudio realizado por las psicólogas españolas María del Carmen Míguez y Beatriz Permuy (2017), indica que las mujeres con trastornos por consumo excesivo de alcohol presentan un historial de maltrato y abuso sexual infantil en mayor proporción que los hombres. Es así, por ejemplo, que diversas investigaciones con muestras conformadas sólo por mujeres, pusieron en evidencia que la incidencia del maltrato y el abuso sexual infantil era mayor en mujeres con trastornos por consumo de alcohol que en mujeres sin estos trastornos.
Un segundo factor de riesgo que se manifiesta en mayor proporción en las mujeres, es la presencia de una pareja alcohólica. Este dato, es consistente, asimismo con varios estudios que demuestran que el consumo de alcohol en las mujeres se correlaciona de manera positiva con el consumo de alcohol de sus parejas, incluso durante el período de embarazo, lo que puede ocasionar un grave drama familiar, debido al riesgo que corre la mujer alcohólica de desarrollar el “síndrome alcohólico fetal”, el que produce severos daños al bebé: deformidades óseas, labio leporino, retraso mental, defectos cardíacos, trastornos de aprendizaje, etc., siendo un síndrome de carácter irreversible.
En cuanto a la comorbilidad psicopatológica –es decir, la presencia de una o más enfermedades, además de la enfermedad primaria de alcoholismo–, los trastornos comórbidos más frecuentes en las mujeres son los de ansiedad, del estado de ánimo y depresión, y los trastornos de personalidad.
El consumo de alcohol se convierte en una suerte de “estrategia de afrontamiento”, en que una explicación para este hecho, es que el consumo excesivo de alcohol en las mujeres, constituiría una fórmula para afrontar situaciones que para ellas son estresantes y difíciles, o bien, con la finalidad de superar estados emocionales negativos, aún cuando las conclusiones acerca de esta relación de causalidad no están del todo demostradas.
En relación con el uso de servicios médicos, psicológicos y asistenciales, las mujeres hacen un menor uso del tratamiento para trastornos por consumo de alcohol que los hombres, debido al hecho que ellas ocultan su problema en mayor medida que los varones, debido a que el consumo de alcohol en mujeres recibe una mayor sanción social que en el caso del hombre. Esta “estigmatización social” percibida por parte de las mujeres alcohólicas, supone un obstáculo importante cuando de solicitar ayuda especializada se trata.
Si tomamos en consideración el hecho de que las mujeres alcohólicas presentan una mayor incidencia de síntomas anímicos, ansiosos, una mayor reactividad al estrés y que realizan un gran esfuerzo por ocultar este problema ante los ojos de los demás, es más frecuente que ellas soliciten un tratamiento por “problemas de salud mental”, más que por el consumo de alcohol en un centro especializado en alcoholismo.
Es un hecho claro, que no obstante el rechazo del que es objeto la mujer bebedora y del “sentimiento de vergüenza y desvalorización personal” que sufre, el número de mujeres adictas al alcohol sigue subiendo de forma alarmante, al punto, que las cifras de ingesta alcohólica a nivel juvenil se han emparejado para hombres y mujeres, con el agravante, que el inicio de ingesta alcohólica femenina se ha adelantado y se ha vuelto muy precoz, ya que con 11 o 12 años, ellas ya están probando el alcohol, factor que más adelante puede conducir a otro problema adicional, a saber, un embarazo precoz y no deseado.
Lo anterior, es también valido para cualquier mujer que se excede en el consumo de alcohol, ya que corre el riesgo de perder el control sobre sí misma y ver como desaparecen todas las inhibiciones –o reparos– que pudiera haber tenido antes de comenzar a consumir alcohol. De ahí, la frase del escritor y dramaturgo español, Enrique Jardiel Poncela, quién decía, que “el pudor es un sólido que rápidamente comienza a disolverse con el alcohol”.
Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl – Académico, escritor e investigador (PUC-UACh)










