“El cerebro no es un vaso por llenar, sino que una lámpara por encender” (Albert Einstein)
La creatividad es aquella capacidad que tienen algunas personas de “dar respuestas originales frente a diversos problemas y desafíos” con los que se enfrenta, día a día, en tanto que la imaginación –de acuerdo con la Psicología del Desarrollo– se relaciona con la “capacidad del ser humano de construir posibilidades creativas o inusuales” y representa la “base de toda actividad creadora”.
Para el Dr. Ken Robinson, quien fuera un reconocido experto mundial en el ámbito de la creatividad y temas educativos,la creatividad era un aspecto del ser humano que “se podía desarrollar y aprender de igual forma de cómo se aprendía a leer”. En este sentido, la creatividad no es una habilidad que sea propia sólo de los genios o de gente muy brillante, por cuanto, el potencial creativo existe en todos nosotros, razón por la cual, no es necesario que poseamos rasgos de personalidad o de inteligencia que sean excepcionales a fin de desarrollar la creatividad. La creatividad representa, efectivamente, un poder sin límites, pero está coartada por –y es prisionera de– una educación errada y de mala calidad.
Albert Einstein –premio Nobel de Física– en su fructífera vida como científico expresó varios pensamientos en relación con la creatividad. En una de estas reflexiones, Einstein señaló que “la lógica te llevará de A a B, pero la imaginación te llevará a todas partes”. Es decir, la creatividad sería aquella cualidad que nos permitiría “quebrar” –por decirlo de algún modo– el marco cognitivo habitual, con el fin de ver y observar las cosas desde un punto de vista totalmente distinto.
Otra reflexión de Einstein –complementaria con la anterior– se relaciona con la definición que entrega este reconocido científico en relación con la locura, a saber: “Repetir las mismas cosas una y otra vez, y esperar obtener resultados diferentes”.
El problema radica en que los distintos gobiernos que han dirigido los destinos del país –sin importar si son de derecha o de izquierda– se han empecinado ciegamente en repetir, una y otra vez –casi de manera majadera– las mismas fórmulas e ineptas metodologías… esperando obtener resultados diferentes. Una pregunta importante: ¿estarán nuestras autoridades poseídas por la locura?
Pues bien, el Dr. Ken Robinson asegura en su libro “Escuelas creativas”, que las escuelas de todo el mundo –salvo honrosas excepciones de países como Noruega, Japón, Finlandia, Singapur, Dinamarca, Suecia– desperdician el talento y “matan la creatividad de millones de estudiantes muy tempranamente” porque están impulsadas, principalmente, por intereses políticos y comerciales y, además, porque tienen una idea totalmente errada de CÓMO APRENDEN LAS PERSONAS, razón por la cual, el Dr. Robinson pide a todos aquellos gobiernos que realmente se interesan por una educación de calidad de los niños –cuyos principales ingredientes activos deberían ser, precisamente, “la imaginación, la curiosidad y la creatividad”– revertir el inmenso daño que se está haciendo a la humanidad y al progreso de las naciones, cuando se frena, coarta e inhibe el poder creativo que todos nosotros portamos en nuestro interior, por intermedio de una educación de mala calidad, una educación trasnochada y que está equivocada –en la forma y en el fondo– en cómo llevar adelante el proceso educativo.
Diversos estudiosos han demostrado que la educación formal actual anula la creatividad infantil, formando y dando lugar, a personas adultas poco curiosas intelectualmente, pasivas, sin capacidad de respuesta y cuasi ignorantes. Se habla incluso de la existencia de personas “analfabetas funcionales”, es decir, de personas que alguna vez aprendieron a leer y a escribir, pero quienes, por desuso, olvidaron y/o perdieron estas habilidades.
Lamentablemente, lo que se privilegia, hoy en día, en gran parte de los establecimientos educacionales es la mediocridad, el “aprendizaje de memoria” y la repetición automática y robótica de la materia que enseñan los docentes, quienes, por diversas razones: débil formación académica, por falta de tiempo, frustración profesional, por falta de recursos, mala infraestructura, desinterés, por ausencia de vocación, malos salarios, agotamiento, estrés, etc., se desentienden totalmente del acto de asegurarse si el estudiante COMPRENDIÓ –o no– aquello que ahora está repitiendo como “loro” ante el profesor. Es más: el estudiante es castigado con una mala nota si no repite textualmente lo que el maestro le enseñó. Las notas, las pruebas y los exámenes se convierten en la finalidad última del sistema educativo, en lugar de usarse como un método de diagnóstico, sin que le importe un rábano a nadie cómo llegó el estudiante a obtener sus notas y si realmente aprendió las materias impartidas.
Uno de los estudios más impactantes en educación realizado hace algunos años por el Centro de Microdatos de la Universidad de Chile reveló que el 65% de los egresados de Institutos, Centros de Formación Técnica y Universidades chilenas –cito textualmente– “apenas pueden comprender textos simples y extraer información de ellos o resolver una o dos operaciones matemáticas a la vez, como sumas o restas”, debiendo en muchos casos usar una calculadora para sumar cifras enteras.
También es sabido, que diversas instituciones de Educación Superior (algunos Institutos Profesionales y universidades orientadas sólo al lucro) entregan “títulos profesionales de baquelita”, tal como lo expresara –en forma literal– el ex ministro de educación, Nicolás Eyzaguirre, en que el “profesional” egresado, demasiado a menudo, tiene severos problemas para leer de corrido y comprender el pensamiento abstracto, o bien, el estudiante de sexto semestre de ingeniería no sabe cómo ni cuándo aplicar una simple regla de tres.
La pregunta entonces es: ¿cómo se espera que una persona sea creativa, si el 65% de los estudiantes apenas logran comprender textos básicos y tienen dificultades para realizar correctamente cálculos matemáticos simples?
El Dr. Ken Robinson hace una afirmación que resulta ser impactante: “El sistema educativo ha sido concebido para satisfacer las demandas de una sociedad industrializada”, es decir, tener mano de obra barata con una preparación técnica mínima con la finalidad de servir a los intereses de las empresas y del Estado, sin importar quién esté gobernando. Y tanto mejor, si los ciudadanos agachan la cabeza y no son capaces de pensar por sí mismos.
Frente a esta realidad, todos aquellos que son padres y tienen hijos pequeños, tienen un tremendo desafío por delante: lograr que la imaginación, la curiosidad y el pensamiento creativo de sus hijos ganen espacio, puedan crecer y desarrollarse sin limitaciones.
Ser creativos exige que reestructuremos el pensamiento de forma tal, que seamos capaces de modificar la manera en que enfrentamos los problemas y, por esta vía, estemos en condiciones de probar distintas soluciones, hasta encontrar aquella que sea la mejor.
Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl
Académico, escritor e investigador (PUC-UACh)










