Published On: Dom, Ago 30th, 2020

Cómo educar hijos con personalidad y valores.

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“La educación no cambia al mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo” (Paulo Freire, pedagogo y filósofo brasileño).

En ocasiones, los expertos en el tema de la educación y crianza de los niños, se topan con muchos papás que suelen mostrarse inseguros y sin saber qué hacer con los hijos, o bien, son padres agresivos y violentos, en lugar de ser firmes y flexibles, es decir, la fórmula recomendable para educar a los niños de una manera positiva y apropiada. El supuesto esencial en el proceso de “educar con personalidad”, es que los hijos se sientan queridos y que experimenten un gran amor, ya que sólo esa condición les entrega seguridad y confianza ante la vida.

Esto es lo que asegura en su libro “Ternura y firmeza con los hijos” el  Dr. Alexander Lyford Pike, psiquiatra infantil, quien agrega que los papás debieran ejercer su función de padres cual “afinadores de violín”, metáfora que este especialista utiliza para destacar que los padres deben saber –y de ser necesario, aprender– cómo modular la personalidad de sus hijos, con la finalidad de criar niños que sean seguros de sí mismos, estables, respetuosos y con capacidad para auto controlar sus impulsos.

Con el concepto de “personalidad”, se apunta a que los niños puedan disfrutar de la vida y que sean capaces de navegar a través de los numerosos cambios que van a experimentar en el proceso de crecimiento y desarrollo, sin tener que sufrir por causa de ellos. En rigor, lo que se espera, es que los niños aprendan a autocontrolarse, autodirigirse y autodominarse por medio de los ejemplos que entregan los padres a sus hijos.

En la actualidad, no existe forma alguna de obviar un hecho preocupante: los niños de hoy son más demandantes con sus padres, en tanto que éstos les exigen cada vez menos a los hijos, no sólo debido al hecho que muchos de ellos se ven obligados a pasar poco tiempo con los menores, sino porque no saben cómo exigir más, ya sea, porque experimentan algún tipo de sentimiento de culpa por el escaso tiempo que pueden dedicarles, o bien, porque adhieren a la –errada teoría– de querer ser “padres-amigos de sus hijos”, condición que conduce a una total pérdida de los límites y de la autoridad como padres.

Es preciso comprender, que “autoridad” no significa ser violento y agresivo con los hijos, ni menos aún, ser un padre golpeador. Por el contrario. Es absolutamente posible apoyar, educar y estar muy cerca de los hijos conteniéndolos desde la autoridad paterna. Algunos padres se muestran reacios a exigir más a sus hijos por el falso temor de que con ello pudieran causarles algún tipo de “daño”, al punto, que a menudo los padres dan una orden a sus hijos, pero a continuación no corroboran ni se aseguran que dicha orden haya sido cumplida a cabalidad, con lo cual, en forma lenta, pero segura, van minando la propia autoridad, hasta el grado de perderla por completo. En realidad, el error más grave se comete, cuando los padres no ponen límites con claridad y firmeza, por cuanto, la fijación de reglas no implica un menoscabo de la ternura y afecto que el niño se merece.

Hoy, se ha vuelto una suerte de “normalidad” que los hijos no busquen satisfacer las expectativas que los padres tienen de sus hijos, sino que sean los padres quienes intentan todo el tiempo consentir y complacer a los hijos. Es importante comprender que los niños necesitan de la autoridad para crecer sanos, responsables y respetuosos, ya que en forma análoga al uso de tutores para lograr que los árboles crezcan fuertes y rectos, los niños requieren crecer en un ambiente donde el vínculo amoroso se combina con el establecimiento claro de quién tiene la autoridad y cuáles son los límites –o el rayado de cancha– dentro de los cuales le corresponde moverse a los hijos, todo lo cual influye positivamente en el proceso denominado “educación con personalidad”. De ahí la necesidad que existe, de que los padres vuelvan a utilizar algo que, con el tiempo, se ha ido perdiendo: su “olfato”, intuición y sentido común en el proceso educativo.

La razón es simple: desde la base de un vínculo positivo y amoroso, es factible la fijación de límites, ya que este vínculo representa una relación afectiva única e insustituible que tiene su base en el amor. El ejercicio de “educar con personalidad” requiere  tres cosas: 1. Hacer valer los derechos de los padres, al mismo tiempo que se respetan los derechos de los hijos. 2. Lograr que los hijos comprendan el mensaje de los padres. 3. Tomar las decisiones acerca de lo que hay que hacer, y llevarlas a cabo sin modificar la posición paterna que implique una claudicación, el tirar la toalla o rendirse frente a los hijos.

Algunos padres utilizan los gritos y amenazas con el fin de ser obedecidos. Otros utilizan la manipulación y/o sobornos para lograr los resultados deseados. Todas estas fórmulas pueden tener resultados en el corto plazo, sin embargo, en el largo plazo, los hijos terminan actuando en función de las amenazas, gritos o sobornos y no como consecuencia de un acto de libre elección, que es la meta de la educación con valores.

Algunas de las herramientas o técnicas de la educación con personalidad son las siguientes: 1. Una educación en positivo, donde se combinan la ternura y el amor junto con la disciplina y la firmeza. 2. Educar a los niños en diversos valores y virtudes. 3. Aprender a comunicarse de manera efectiva, con el fin de hablar claro con los hijos. 4. Ser consecuentes entre lo que se dice y lo que se hace, donde los hechos valen mucho más que las palabras. 5. Fijar límites precisos, es decir, disponer de un reglamento familiar que sea claro, comprensible y funcional. Se entiende, que para saber cuál de estas herramientas hay que aplicar en cada momento, se requiere conocer muy bien a cada hijo, siendo esencial el vínculo afectivo basado en la confianza.

Digamos finalmente –y sólo como orientación para los padres– que existe una serie de virtudes humanas o valores que pueden enseñarse de acuerdo con la edad de los hijos. Hasta los 7 años: obediencia, respeto, orden, honestidad;  de 8 a 12 años: pudor, responsabilidad, perseverancia, paciencia, justicia; de 13 a 15 años: amistad, sencillez, sobriedad; de 16 a 18 años: prudencia, flexibilidad, comprensión, lealtad, humildad.

Lo anterior, no significa que éste sea un “orden inalterable” para efectos de enseñar estas virtudes y valores a los niños, ya que son los padres, quienes mejor conocen las capacidades, actitudes, virtudes y defectos de sus hijos, más que cualquier otra persona, experto o especialista en el tema.

Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl –  Académico, escritor e investigador (PUC-UACh)

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