“¿Mujeres mejores que yo? Muchas. ¿Mujeres peores que yo? Millones. ¿Mujeres como yo? ¡Ninguna!”
Una investigación llevada a cabo en Noruega, sacó a la luz, en primer lugar, que contrario a todo lo que se creía, el uso de la agresión y de la violencia no es un asunto neta y exclusivamente de dominio masculino. En segundo lugar –como dato mucho más relevante– se pudo establecer que las mujeres expresan la agresividad de manera diferente y, principalmente, en contra… de las propias congéneres.
Hay miles de estudios sobre el uso de la violencia ejercida por los hombres, sin embargo, resulta algo difícil encontrar investigaciones en que sean las mujeres las que utilizan la agresión y la violencia, razón por la cual, resultó ser muy llamativo un estudio de la U. de California, EE.UU., en que se demostró que las mujeres pueden ser tan agresivas como los hombres, sólo que de maneras distintas a las que utilizan los varones.
Al respecto de lo anterior, la Dra. Deborah S. Richardson escribió un artículo científico titulado “El mito de la pasividad femenina: treinta años de revelaciones acerca de la agresión femenina” (para los interesados: “The Myth of Female Passivity: Thirty Years of Revelations about Female Aggresion” en inglés). Es así, que la agresión femenina puede ser solapada, silenciosa, encubierta, soterrada, “invisible” y, generalmente, indirecta.
Incluso más: la hostilidad por parte de las mujeres puede llegar a ser tan frecuente como en el caso de los hombres, con la diferencia que dicha violencia se disimula y, casi siempre, involucra a terceros. Sorprendió reconocer que alrededor del 60% de las mujeres pensaban que su principal “enemigo” y amenaza en el trabajo eran… las mismas mujeres, y no los hombres. En tanto que el 75% de las mujeres aseguró que intentaban que su trabajo se viera “mejor hecho” que el de una colega más apta y competente que ellas.
Por otra parte, frente a una misma situación de molestia en contra de un colega de trabajo –que los investigadores le presentaron tanto a hombres como mujeres– el 90% de las mujeres manifestó su rabia por intermedio de “comentarios” que parecían inocuos e inofensivos, pero que escondían un gran nivel de agresividad, o bien, “echaban a correr rumores” en contra del causante del mal, o también intentaban “acomodar la situación para quedar ellas como heroínas frente a los demás”.
Los hombres, por su parte –y ante la misma situación de molestia–, fueron más transparentes: el 40% señaló que lo primero que haría, era “lanzarle un puñetazo” al causante del problema, en tanto que el 60% restante optaba por expresar “su enojo de manera social”, manifestando al otro de manera frontal aquello que les molestaba.
Las mujeres, en cambio, al no ser, necesariamente, frontales –por haber sido educadas como “chicas buenas, tiernas y cariñosas”–, se quedaban atragantadas con lo que les molestaba, lo que hacía que la molestia creciera, lo cual, finalmente, debilitaba sus relaciones interpersonales, especialmente con sus propias congéneres. En este sentido, una de las características más distintivas de las relaciones entre mujeres, es que el tipo de agresión que se produce entre ellas, es de tipo “pasivo-agresiva”.
Ciertas frases y gestos que ellas usan en contra de otras mujeres dan cuenta de esta situación. Aquí algunos ejemplos: “¡Qué especial tu blusa!”, para indicar que la blusa de la “amiga” no es de su agrado; “Es que ella es tan así…” para referirse a una tercera mujer, mientras conversa con otra persona; decirle una colega de trabajo con una sonrisa malévola: “¡Oye, pero si el verde ya está pasado de moda!”. Asimismo, el hacer muecas, gestos con la cara y girar o rotar los ojos (“eye-rolling”, en inglés) para decir sin palabras: “¡Mira a esa pobre tonta!”, o bien… “¡Otra vez con la misma lesera!”.
El acto de “rotar los ojos” está considerado como una típica respuesta del tipo pasivo-agresivo ante una situación indeseada, ante un dicho o frase molesta, o ante un sujeto que se considera desagradable y que se usa para atacar a una persona, sin que haya un contacto físico.
Otro curioso descubrimiento, es que el porcentaje de bullying practicado en el colegio, se invierte. Es decir, si el 60% del bullying en los colegios es realizado por los hombres y el 40% por las mujeres, en el trabajo esa relación porcentual cambia, y ahora el mayor porcentaje del bullying adulto (en rigor, mobbing) es realizado por las mujeres en contra de sus propias compañeras de labor. Es el caso, por ejemplo, de un trabajo en un banco, cuyo uniforme requiere usar zapatos con taco alto, en que la Jefa no tiene empacho alguno en retar a su subordinada frente a todos, diciéndole: “¡Si vas a venir a trabajar con zapatos de dueña de casa, mejor te quedas en la casa fregando sartenes y haciendo aseo!”.
Una tercera investigación de la Universidad de Minnesota, EE.UU., identificó tres formas de ataque más habitual en las mujeres:
- Agresión relacional: son acciones que dañan las relaciones de la víctima del ataque con el resto del grupo, tales como ignorar a la víctima, excluirla del grupo, aislarla en el trabajo, usar un lenguaje corporal expresando el “desprecio” por la víctima, hacer morisquetas y gestos peyorativos hacia la víctima.
- Agresión indirecta: es la más frecuente, donde la agresora evade confrontar a su víctima y en lugar de eso comienza a esparcir rumores malignos que perjudican a la persona que es objeto de estos rumores. Cuando la agresora es encarada por la víctima, ella niega todo y afirma que “nunca ha dicho” lo que dijo y que “nunca tuvo la intención de perjudicar” a su víctima.
- Agresión social: el objetivo y fin último de este tipo de agresión, es herir la autoestima de la víctima, así como su status social o laboral. De acuerdo con los investigadores, esta sería la peor forma de agresión femenina, ya que la agresora se aprovecha de la relación de cercanía (o de confianza) que tiene con la víctima de turno, para dañarla. Típico de esta situación, es cuando la agresora rompe el código del silencio –o del secreto que le fue confiado– y comenta abiertamente dicho secreto con otras personas, haciendo vox populi la información que le confió la víctima, con el único y exclusivo fin de perjudicarla ante los ojos de los demás.
En función de lo anterior, es preciso tener presente, que el ámbito del trabajo es un área donde la “competencia femenina” encuentra un ambiente bastante propicio para sacar a relucir ciertas “armas de guerra”, por cuanto, para ellas, la principal competencia la representan las demás mujeres, no así los hombres.
Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl – Académico, escritor e investigador (PUC- UACh)
Nota del Editor : Efectivamente, como señala el Dr.Franco Lotito, la existencia de material que ratifique el ejercicio de la violencia ejercida por parte de la mujer en contra de otras mujeres resulta un tanto escaso o desproporcionado al menos. Por ello es que nos basamos en el concepto de “mujeres crueles” para ilustrar el artículo del Dr. Lotito usando el cuadro titulado “El Retrato de la reina” que inmortaliza a María Tudor en una pintura realizada por Antonio Moro en 1554 por encargo de del rey Carlos V , quien ideó por “cuestiones políticas” el matrimonio con su hijo Felipe II. María Tudor ejerció una violencia desmedida como monarca en Inglaterra ejecutando a más de 300 cortesanas y protestantes por diversas razones durante los cuatro años de su reinado. «Bloody Mary» («María la sanguinaria») como era apodada solía entornar los Ojos (cerrarlos de manera incompleta ) como forma de desprecio y anuncio de medidas drásticas frente a aquellas personas que supusieran una amenaza directa tanto a su vínculo con el catolicismo, como también por parte de aquellas mujeres que opacaran su “ escasa” belleza. De todas maneras Antonio Moro en el cuadro citado logró de manera muy sutil, embellecer y dignificar el aspecto poco atractivo de la reina.










