23 de Agosto del 2026.- Sin embargo, para muchos investigadores e investigadoras en Chile representa algo mucho más profundo: una de las pocas oportunidades para escapar de una precariedad laboral que hace prácticamente imposible investigar.
Mi propia trayectoria es prueba de ello. Antes de adjudicar un postdoctorado, mi realidad era la de miles de académicos jóvenes: realizar entre 8 y 10 cursos por semestre como “profesora hora” en distintas universidades para poder sobrevivir. Una carga equivalente a dos o tres jornadas completas, que dejaba poco espacio para investigar, publicar o formar estudiantes.
Es difícil hablar de ciencia de excelencia cuando la vida académica se organiza bajo la lógica de la sobrevivencia. El postdoctorado puede cambiar esa realidad porque la dedicación exigida por el programa y los recursos disponibles permiten que un investigador joven tenga, por primera vez, tiempo para investigar. En mi caso, esa posibilidad fue decisiva, por lo mismo, me preocupa el rumbo que está tomando el Concurso Fondecyt de Postdoctorado 2027.
Las nuevas bases permiten que hasta un 70% de las adjudicaciones corresponda a proyectos vinculados con diez áreas prioritarias, mientras el 30% restante queda abierto a todas las disciplinas: Ciencias Naturales y Biomedicina; Ingeniería y Tecnologías de Frontera; Física, Astronomía e Instrumentación Científica; Espacio, Tecnologías Satelitales y Observación de la Tierra; Cambio Climático, Energía y Sustentabilidad; Minería y Recursos Estratégicos; Agroindustria, Agricultura y Sistemas Alimentarios; Acuicultura, Ciencias del Mar y Bioeconomía Azul; Capital Humano, Productividad y Futuro del Trabajo; y Seguridad, Justicia y Políticas Públicas. No cabe duda de que Chile debe tener prioridades científicas, la discusión relevante es si Fondecyt, históricamente orientado por la excelencia y la evaluación científica, debe convertirse también en un instrumento de focalización temática definido desde el Gobierno.
Las nuevas áreas prioritarias incorporan espacios para investigaciones provenientes de las ciencias sociales, particularmente en ámbitos como capital humano, productividad, futuro del trabajo, seguridad, justicia y políticas públicas. Por eso sería impreciso afirmar que las ciencias sociales han sido completamente excluidas. Sin embargo, las humanidades, las artes y una parte importante de las ciencias sociales no aparecen como áreas prioritarias autónomas dentro de ese 70%, y esa diferencia importa porque cuando un Gobierno decide que hasta siete de cada diez proyectos financiados pueden concentrarse en determinadas áreas, también está enviando una señal sobre qué conocimientos considera estratégicos para el futuro del país.
El Ejecutivo ha defendido la modificación señalando que Chile enfrenta recursos limitados, que forma alrededor de 1.300 doctores al año y que el concurso ofrece cerca de 260 cupos. Desde esa perspectiva, orientar parte del financiamiento hacia áreas consideradas estratégicas buscaría también mejorar la empleabilidad de los investigadores jóvenes. Es un argumento atendible. La empleabilidad de nuestros doctores es, efectivamente, un problema que Chile debe abordar. Sin embargo, un postdoctorado no puede confundirse con una solución estructural al empleo académico. Un financiamiento de dos o tres años puede abrir una puerta, pero no garantiza un puesto permanente. Y si el problema es que Chile forma más doctores de los que su sistema laboral puede absorber, la respuesta no puede ser simplemente orientar a esos doctores hacia las áreas que hoy un gobierno considera estratégicas, porque las necesidades de un país cambian y la ciencia, por definición, trabaja también sobre problemas que todavía no sabemos que tendremos.
El problema aparece cuando la prioridad comienza a confundirse con utilidad inmediata. Una sociedad no se sostiene únicamente sobre aquello que puede medirse en productividad, patentes o empleos creados en el corto plazo. ¿Quién estudia las transformaciones culturales que acompañan una revolución tecnológica? ¿Quién analiza los efectos sociales de la inteligencia artificial? ¿Quién investiga la confianza en las instituciones, la desigualdad, la educación o los cambios en nuestras formas de relacionarnos? Son preguntas sobre la sociedad que queremos construir.
La propia inteligencia artificial demuestra por qué necesitamos una ciencia diversa. Podemos desarrollar modelos cada vez más sofisticados, pero ninguna tecnología responde por sí sola a preguntas sobre autonomía, discriminación algorítmica, trabajo, educación, democracia o responsabilidad. La inteligencia artificial no es solamente un problema de programación; también es un problema filosófico, jurídico, educativo, psicológico, económico y político.
El debate ya está instalado. El CRUCH y distintos actores de la comunidad científica han cuestionado las nuevas bases, mientras el Ministerio de Ciencia ha defendido la orientación estratégica y la necesidad de utilizar de manera más focalizada los recursos disponibles. La discusión, por tanto, no debería reducirse a estar “a favor” o “en contra” de las áreas prioritarias.
Chile necesita definir prioridades científicas, pero también necesita preguntarse cómo se construyen esas prioridades, quién participa en su definición y qué mecanismos existen para evitar que una decisión política de corto plazo determine el mapa del conocimiento de las próximas generaciones.
Fondecyt Postdoctorado no es solamente una línea presupuestaria. Para investigadores jóvenes puede significar la diferencia entre desarrollar una carrera científica o abandonar la investigación para sobrevivir dando clases por horas o volver a la industria. Si Chile quiere desarrollar inteligencia artificial, minería, energía, agricultura, astronomía o tecnologías de frontera, debe hacerlo. Pero también debe recordar que un país no construye conocimiento únicamente financiando aquello que considera útil hoy. Necesita proteger la capacidad de investigar aquello que será necesario mañana.
La investigación de calidad requiere recursos, tiempo y dignidad laboral, pero también diversidad intelectual. Al final de esta discusión hay una pregunta mucho más grande que las bases de un concurso: ¿Queremos una ciencia que produzca exactamente aquello que hoy creemos necesitar, o una ciencia suficientemente libre y diversa para descubrir aquello que Chile necesitará en el futuro? La respuesta no es solo una decisión sobre Fondecyt, es una decisión sobre el país que queremos ser.
Dra. Steffanie Kloss, académica del Magíster en Comprensión Lectora y Producción de Textos










