16 de julio del 2026.- Cada vez que publico relatos sobre personajes como Inés de Bazán, Santiago Barrientos y Alvarado o comparto curiosidades históricas del archipiélago, aparecen quienes me dicen qué debería contar y qué debería omitir para no incomodar a determinadas sensibilidades o para tener mayor éxito en redes sociales. Lo curioso es que nunca he buscado el éxito como creador de contenido. Me considero, antes que nada, un investigador autodidacta que siente el deber de rescatar la memoria de su tierra.
Lo que realmente me preocupa no son las críticas. Lo que me inquieta es el desprecio que muchas veces se transmite hacia Chiloé, como si nuestra historia careciera de importancia, como si fuésemos el patio trasero de una región a la que fuimos incorporados por decisión política y no un territorio con una identidad propia, forjada durante siglos.
Ese menosprecio no nació por casualidad. Tiene profundas raíces históricas. Tras la anexión de Chiloé a la República de Chile en 1826, el Estado impulsó un proceso de centralización que buscó integrar el archipiélago al nuevo orden nacional. Con el tiempo, esa integración vino acompañada de discursos que presentaban la identidad chilota como un símbolo de atraso, aislamiento y superstición. Durante generaciones se difundieron caricaturas que terminaron convirtiéndose en estereotipos profundamente arraigados.
A ese fenómeno me gusta llamarlo chilotefobia: una forma de discriminación que reduce al chilote a la imagen del ignorante, del ingenuo o del hombre condenado al atraso, invisibilizando una de las culturas más ricas y complejas del sur de América.
Incluso nuestro propio nombre refleja esa historia. El gentilicio correcto es chiloense. Sin embargo, con el paso del tiempo comenzó a imponerse la palabra chilote, término que en distintos momentos fue utilizado con una evidente carga despectiva para distinguir a quienes permanecieron fieles a la Corona Española y, posteriormente, para ridiculizar a los habitantes del archipiélago. Tan fuerte llegó a ser ese estigma que, hasta hoy, en Argentina el término «chilote» aún suele emplearse como insulto dirigido a los chilenos.
Algo similar ocurrió con expresiones como «piuco», utilizada en parte de la prensa y de la literatura para ridiculizar al campesino chilote y asociarlo a la pobreza y la ignorancia. Cuando miles de hombres y mujeres emigraron en busca de oportunidades laborales, fueron retratados frecuentemente como mano de obra barata, obediente y resignada, ignorando el enorme aporte que realizaron al desarrollo del sur de Chile.
Pero la historia, afortunadamente, siempre termina desmintiendo los prejuicios.
Chiloé posee un valor histórico, cultural, social y patrimonial extraordinario.
Nuestro archipiélago forma parte de uno de los sistemas agrícolas más importantes del planeta al conservar cientos de variedades de papas nativas, razón por la cual fue reconocido como Sistema Importante del Patrimonio Agrícola Mundial (SIPAM) por la FAO. Somos, literalmente, uno de los grandes reservorios mundiales de biodiversidad agrícola.
También albergamos las dieciséis iglesias de madera declaradas Patrimonio Mundial por la UNESCO, obras maestras de arquitectura levantadas por generaciones de carpinteros chilotes que, utilizando únicamente madera, ingenio y tradición, construyeron algunos de los templos más extraordinarios del continente. Son el máximo símbolo de lo que muchos investigadores denominan la Cultura de la Madera, una expresión única de creatividad nacida en el aislamiento del archipiélago.
Nuestra historia también está marcada por el coraje.
Mientras otras ciudades del Pacífico sucumbían ante corsarios y piratas, Chiloé resistió repetidas incursiones durante los siglos XVI y XVII. En una de ellas, la heroína Inés de Bazán, junto al capitán Pérez de Vargas y un reducido grupo de defensores chilotes, enfrentó con valentía a las fuerzas holandesas lideradas por Hendrick Brouwer, demostrando que esta tierra nunca fue un territorio dispuesto a rendirse fácilmente.
Ese espíritu volvió a manifestarse una y otra vez.
Los chilotes fueron protagonistas en la toma de posesión efectiva del Estrecho de Magallanes mediante la histórica Goleta Ancud. Combatieron en la Guerra del Pacífico y varios de ellos estuvieron presentes en el Combate Naval de Iquique a bordo de la corbeta Esmeralda. Donde la historia de Chile necesitó hombres de mar, allí estuvieron los hijos de Chiloé.
Pero nuestro legado no termina en los campos de batalla.
Chiloé también ha entregado al país y al mundo grandes intelectuales, escritores, artistas e investigadores. Nombres como Nicasio Tangol, Antonio Cárdenas Tabies, Francisco y Darío Cavada, Rosabetty Muñoz, Rosario Hueicha, José Santos Lincomán y Amador Cárdenas forman parte de un patrimonio cultural inmenso. A ellos se suma Francisco Coloane, cuya obra llevó la Patagonia, el mar austral y la identidad chilota a lectores de numerosos países, convirtiéndose en uno de los grandes narradores del siglo XX.
Por eso resulta incomprensible que aún existan quienes intenten reducir a Chiloé a un conjunto de estereotipos.
Nuestra historia no es una nota al pie dentro de la historia de Chile. Es una parte fundamental de ella. Durante más de cuatro siglos este archipiélago defendió fronteras, preservó tradiciones, desarrolló una cultura singular y construyó una identidad que continúa viva pese al abandono, la distancia y los prejuicios.
Quien conoce verdaderamente Chiloé comprende que aquí no habita un pueblo derrotado, sino una comunidad que ha sabido resistir sin perder la alegría, la solidaridad ni el orgullo por sus raíces.
Porque Chiloé no necesita que inventen su grandeza. Solo necesita que su historia sea contada con honestidad.
Y esa es, precisamente, la tarea que algunos hemos decidido asumir.
Héctor Contador Santana – Investigador Autodidacta










