17 de mayo del 2026.- La evidencia científica viene respondiendo algo bastante claro: no solo no necesariamente le va peor, sino que muchas veces le va mejor.
Distintos estudios han encontrado una relación positiva entre actividad física regular y rendimiento académico en adolescentes. Una investigación española del programa EDUFIT, mostró que los adolescentes que realizaban más ejercicio físico en el instituto obtenían mejores resultados en rendimiento cognitivo, incluyendo capacidad verbal y no verbal, razonamiento abstracto, capacidad espacial y habilidad numérica.
La explicación no está solo en “gastar energía”. Desde las ciencias del deporte, el ejercicio regular mejora funciones que son fundamentales para aprender: atención, memoria de trabajo, control inhibitorio, velocidad de procesamiento y regulación emocional. En simple, un adolescente físicamente activo no solo tiene un cuerpo más entrenado; también suele llegar con mejores herramientas cognitivas para sostener una clase, organizar tareas y responder bajo presión académica.
Y el efecto parece ir más allá de la sala de clases. Un estudio reciente publicado en la revista Children, encontró que los niños activos en deportes a los 12 años tenían un 15% más de probabilidades de graduarse de la escuela secundaria. El hallazgo incluyó tanto deportes de equipo como actividades artísticas como danza o gimnasia.
Esto no significa que el deporte haga milagros ni que cualquier práctica, por sí sola, garantice mejores calificaciones. Lo que la evidencia sugiere es otra cosa: que el deporte organizado y la actividad física regular ayudan a construir hábitos que después también sirven en el estudio. Disciplina, autorregulación, constancia, manejo de la frustración y capacidad de seguir procesos largos. Son competencias deportivas, sí, pero también académicas.
El problema es que muchas veces el sistema educativo y las familias siguen mirando el deporte como si compitiera contra los estudios. Como si entrenar fuera “tiempo perdido” frente a la exigencia escolar. Esa mirada choca con lo que hoy sabemos. La propia Organización Mundial de la Salud recomienda al menos 60 minutos diarios de actividad física moderada a vigorosa para niños y adolescentes, no solo por salud corporal, sino por bienestar integral.
En Chile, esta discusión es especialmente relevante. Cuando sube la presión escolar, lo primero que muchos adolescentes recortan no es el uso del celular ni el tiempo sedentario, sino justamente el deporte. Y ahí se comete un error de enfoque. Porque en vez de ver la actividad física como distracción, habría que empezar a verla como una aliada del aprendizaje.
También hay una advertencia importante. La práctica deportiva no ayuda de la misma manera cuando está mal gestionada. Si el deporte juvenil se vuelve excesivamente competitivo, desorganizado o incompatible con la vida escolar, el efecto positivo puede diluirse. Por eso el punto no es solo “hacer deporte”, sino hacerlo en un entorno bien conducido, con horarios razonables, acompañamiento y una cultura que no obligue a elegir entre estudiar o entrenar.7
La lección de fondo es bastante simple. El adolescente que se mueve no solo cuida su salud. También fortalece capacidades que le pueden servir para rendir mejor en el colegio y sostener mejor su trayectoria educativa.
Quizás el problema nunca fue que el deporte le quitara tiempo al estudio. Quizás el problema fue no entender a tiempo que ambos, cuando están bien integrados, pueden empujarse mutuamente.
Dr. Frano Giakoni Ramírez – Doctor en Ciencias del Deporte – Director Carrera Entrenador Deportivo – UNAB










