30 de abril del 2026.- Se ha instalado con fuerza la idea de que el emprendimiento debe ser el principal motor de crecimiento. Sin embargo, es indispensable recordar que el emprendimiento científico y tecnológico no surge espontáneamente. Requiere una base sólida de conocimiento, infraestructura y, sobre todo, capital humano altamente calificado. Esa base, en Chile y en el mundo, ha sido históricamente impulsada por el Estado a través del financiamiento sostenido de la ciencia básica y aplicada.
Nuestro país aún no cuenta con una plataforma suficientemente robusta para sostener un modelo centrado exclusivamente en el emprendimiento en ciencias. Si no fortalecemos la investigación fundamental y la formación de especialistas, difícilmente podremos generar innovación propia y competitiva. En ese escenario, el riesgo es claro: quedar rezagados, dependiendo de soluciones externas y al margen de los avances que definirán el futuro.
Resulta particularmente preocupante que estas decisiones se impulsen sin una discusión amplia ni fundamentos transparentes. Más aún cuando las experiencias concretas de ciencia colaborativa en el país han demostrado el valor de articular esfuerzos entre el Estado, la academia y otros actores. En ese contexto, cabría esperar un contrapunto técnico y científico frente a propuestas de recorte de esta naturaleza. La ausencia de ese equilibrio, sumada a la falta de diálogo con la comunidad científica —incluyendo a las sociedades científicas— debilita la legitimidad de medidas que impactan directamente el desarrollo nacional.
Si aspiramos a un Chile que innove, que emprenda y que compita en un mundo cada vez más basado en el conocimiento, debemos actuar en consecuencia. La ciencia no es un gasto prescindible: es una inversión esencial. Sin ella, simplemente quedamos fuera del barco del futuro.
Claudia Saavedra – Universidad Andrés Bello – Sociedad de Microbiología de Chile – Doctor en Bioquímica, Universidad de Chile.










