08 de Mrazo del 2026.- Este tipo de eventos también posee una dimensión psicológica que suele quedar en segundo plano, pese a que sus efectos pueden extenderse mucho más allá de quienes estuvieron físicamente presentes.
Desde la psicología clínica y la salud mental, existe consenso en que las experiencias potencialmente traumáticas no se limitan exclusivamente a la vivencia directa del suceso. La exposición puede ocurrir también al presenciar el evento, al conocerlo de manera cercana o al enfrentarse de forma reiterada a imágenes y relatos altamente impactantes. En una sociedad mediáticamente hiperconectada, esta distinción resulta fundamental: un hecho localizado puede transformarse rápidamente en una experiencia emocional colectiva.
Las imágenes difundidas durante las primeras horas posteriores al accidente —explosiones, personas heridas, escenas de caos— no solo informan; también generan impacto psicológico en aquellos que las ven. El cerebro humano responde a las señales de amenaza incluso cuando estas son observadas a distancia. Por ello, no es extraño que muchas personas sobre todo niños y niñas reporten, tras este tipo de acontecimientos, sensaciones de inseguridad, miedo, aumento de la ansiedad, dificultades para dormir o una mayor preocupación por la propia vulnerabilidad y la de sus familias.
Es importante precisar que estas reacciones iniciales no constituyen necesariamente un trastorno psicológico. Desde una perspectiva clínica, corresponden a respuestas esperables frente a situaciones excepcionales. Sin embargo, cuando los síntomas persisten en el tiempo, se intensifican o interfieren de manera significativa con la vida cotidiana, puede aparecer un cuadro clínico más complejo, como el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT). Este trastorno se caracteriza por la presencia de recuerdos intrusivos, evitación de estímulos asociados al evento, alteraciones del estado de ánimo y un estado persistente de hiperactivación fisiológica, afectando el funcionamiento personal, social y laboral.
En el caso de las personas directamente afectadas —sobrevivientes, testigos presenciales, equipos de emergencia o familiares— la evidencia indica que el apoyo temprano, la contención emocional, social y la información clara actúan como factores protectores relevantes. La intervención inicial no debería centrarse en etiquetar ni patologizar, sino en facilitar procesos naturales de recuperación y en identificar oportunamente a quienes podrían evolucionar hacia cuadros más persistentes, como el TEPT u otras dificultades relacionadas con el estrés traumático.
Sin embargo, existe un fenómeno que merece especial atención en el contexto actual: el impacto psicológico indirecto o vicario. La exposición repetida a contenidos visuales de alta intensidad tales como este accidente o los acontecimientos acaecidos recientemente en México, pueden generar una percepción amplificada de amenaza colectiva. Diversas investigaciones en psicología del trauma han mostrado que la repetición constante de imágenes críticas incrementa la activación emocional y puede contribuir a estados de ansiedad social transitoria, especialmente en niños, adolescentes y personas con antecedentes de vulnerabilidad psicológica.
Esto plantea una reflexión necesaria sobre el rol de los medios de comunicación y del ecosistema digital. Informar es indispensable, pero también lo es considerar que la forma y la frecuencia con que se presentan ciertos contenidos tiene efectos concretos sobre la salud mental de la población. El desafío no es restringir la información, sino equilibrar el derecho a conocer con la responsabilidad de evitar una exposición innecesariamente intensa al sufrimiento humano.
Las tragedias colectivas ponen a prueba no solo los sistemas de emergencia y la infraestructura, sino también la capacidad de una sociedad para procesar emocionalmente lo ocurrido. En ese sentido, la salud mental no puede seguir siendo entendida como un asunto exclusivamente individual o clínico. Existe una dimensión comunitaria del trauma que influye en la percepción de seguridad, en la confianza social y en la forma en que las personas interpretan el riesgo en su vida cotidiana.
Probablemente, una de las lecciones más relevantes que deja este tipo de eventos es que el impacto psicológico no siempre es visible. No aparece en los primeros balances ni en las cifras iniciales, pero puede permanecer en la experiencia subjetiva de las personas mucho después de que la emergencia ha terminado. Reconocer esta dimensión no implica dramatizar, sino comprender que la salud mental colectiva constituye un componente esencial de la respuesta social frente a una crisis.
Si aspiramos a una sociedad más preparada ante eventos críticos, debemos asumir que el bienestar psicológico no es una consecuencia secundaria, sino una parte central de cómo enfrentamos y elaboramos las tragedias que nos afectan como comunidad.
Jonathan Martínez Líbano, psicólogo y director del Magister en Educación Emocional y Convivencia Escolar UNAB










