03 de Octubre del 2025.- En el último tiempo, los titulares sobre la “bacteria asesina” captaron la atención pública en Chile. Más allá del impacto mediático, conviene precisar que no hablamos de un enemigo desconocido, sino de Streptococcus pyogenes, una bacteria habitual, la misma que causa amigdalitis y escarlatina, y que en algunos casos puede producir cuadros graves, como neumonía severa, fascitis necrotizante, o shock tóxico, llamados “enfermedad invasora”.
¿Por qué se volvió noticia ahora? Debido a la investigación penal por la lamentable muerte de una niña ocurrida en noviembre de 2024, hecho que reactivó la discusión pública sobre la detección oportuna y el manejo de estos cuadros.
Durante 2024, Chile registró un alza inusual de estas formas graves: 325 casos confirmados entre enero y junio, frente a 75 en el mismo período de 2023, según datos del Instituto de Salud Pública. Este aumento (unas 4,3 veces más) motivó la declaración de alerta sanitaria a fines de mayo del año pasado.
Pero este no es un fenómeno aislado. Tras la pandemia de COVID-19, varios países experimentaron repuntes similares. La explicación combina factores biológicos y sociales: la cocirculación de virus respiratorios, en particular influenza, facilita la invasión bacteriana; a ello se suman cepas con rasgos de mayor virulencia y la mayor exposición propia del retorno a la vida social sin restricciones.
La mayoría de las infecciones por estreptococo siguen siendo comunes y tratables. Sin embargo, la proporción que evoluciona a enfermedad invasora suele concentrarse en grupos más vulnerables: niños pequeños, adultos mayores y personas con defensas debilitadas. En estos casos, la prevención es simple y efectiva: vacunarse contra influenza, mantener higiene respiratoria y consultar precozmente ante fiebre alta, deterioro rápido o dolor intenso de progresión acelerada.
Más allá de lo clínico, este episodio ofrece una lección más amplia. Las pandemias no solo traen virus nuevos; también reordenan el ecosistema de infecciones. Tras COVID-19, varios países observaron alzas de enfermedad invasora por Streptococcus pyogenes, sobre todo desde fines de 2022: primero en Europa (alerta de ECDC) y luego en otros continentes y sus países, incluido Chile.
¿Por qué? Al levantarse las medidas de contención, volvió la circulación de virus respiratorios, como influenza, que predisponen a cuadros graves de estreptococo; además, ciertas variantes, como el linaje M1UK, han contribuido en algunos brotes.
La lección es clara: aunque el estreptococo no es una “nueva pandemia”, la preparación pandémica, es decir, vacunación contra influenza, vigilancia temprana, comunicación de riesgos, también reduce el daño por estas reemergencias bacterianas.
En última instancia, este episodio nos recuerda que la salud pública funciona mejor cuando combinamos calma informada con acciones sencillas y coordinadas. La vigilancia epidemiológica tanto de laboratorio como clínica permite detectar a tiempo cambios en circulación, virulencia o resistencia y ajustar las guías. La ciudadanía, en tanto, aporta evitando la desinformación, siguiendo indicaciones y apoyando las campañas de vacunación estacional.
No se trata de vivir con miedo, sino de convivir con la evidencia: los brotes pasan, las curvas bajan y las lecciones quedan para reforzar la prevención, la atención oportuna y la comunicación clara. Si surgen novedades, las autoridades sanitarias las informarán; mientras tanto, mantenernos bien informados y actuar con criterio es la mejor forma de cuidar a nuestras familias y a la comunidad.
Juan Fuentes – Centro de Investigación de Resiliencia a Pandemias – Universidad Andrés Bello










