14 de Septiembre del 2025.- Cuando las personas encuentran en otros sujetos ciertos rasgos que les recuerdan a sus seres queridos o a cosas que son muy agradables, aumenta en su flujo sanguíneo la presencia de diversas substancias químicas, tales como: dopamina, feniletilamina, oxitocina, serotonina, etc., que explicarían el sentimiento de atracción, apego, deseo, cariño o “sensación de amor” que experimenta una determinada persona.
Al respecto de esta “química del amor” –que se asocia a una suerte de “catarata de hormonas y neurotransmisores” circulando por el organismo–, hay que tener presente, que el amor ha sido vinculado con lo que se ha llamado “una vivencia de locura”, y son muy conocidas frases tales como: “morir de amor” o “estar loco(a) de amor”, cuyos síntomas más característicos son: experimentar estados de euforia, felicidad y éxtasis –cuando las cosas van bien–, rabia, irritación, ideación suicida y cambios de humor –cuando las cosas van mal–, pérdida del apetito, dificultades para concentrarse, insomnio, sentir “mariposas en el estómago”, etc.
Ya Antífanes, comediógrafo griego de la antigüedad, comentaba, que había dos cosas que el hombre no podía ocultar: cuando estaba borracho y cuando estaba enamorado. El escritor Ortega y Gasset, por su parte, era mucho menos benévolo al respecto, y hablaba del enamoramiento, como un estado de “imbecilidad transitoria”, el cual, no puede mantenerse bioquímicamente activo durante mucho tiempo.
Diversos estudios comparan los efectos del amor en el cerebro como equivalentes a los efectos que genera una adicción, ya que quienes se enamoran y se encuentran en las primeras fases del amor, presentan en los exámenes de resonancia nuclear magnética (fMRS) una actividad cerebral similar a la de personas adictas a la cocaína, o bien, a quienes son apostadores compulsivos, con consecuencias que pueden ser graves –cuando no fatales– especialmente, cuando al enamorado(a) le resulta imposible separarse del objeto de su amor y cae en conductas que sólo pueden ser descritas como “conductas de acoso”, “conductas irracionales”, “conductas posesivas u obsesivas”.
Según el Dr. Daniel Goleman, en toda persona, el inicio de un nuevo romance produce la activación de dos zonas cerebrales –el núcleo caudado y el área ventral tegmental–, que son las encargadas de producir dopamina, un neurotransmisor que comienza a circular en forma muy activa en el cerebro cuando el sujeto anticipa algún tipo de recompensa y que está asociado al sistema de placer de este órgano. Esto podría explicar por qué razón dicho estado de activación gatilla emociones tan dispares como la euforia, celos intensos, la ansiedad o la rabia, y la persona cae en estados de total descontrol, o bien, emite conductas que parecen ser irracionales ante los ojos de los demás.
Estas emociones y conductas, parecen intensificarse al máximo cuando la relación se rompe o uno de los involucrados se aleja de la otra persona, quien no desea terminar el vínculo amoroso. Basta pensar en la desesperación en la que pueden caer los adictos a la cocaína o la heroína, cuando no pueden acceder a una dosis que calme o “recompense su adicción”. Estas personas, impulsadas por un estado de desesperación interna, están dispuestas a todo: asaltar, mentir, acosar, robar, torturar y hasta… matar. El amor puede generar todo tipo de emociones, dependiendo de la combinación de diversos eventos: de si este sentimiento es algo mutuo, de si se produce un rechazo o desprecio por parte de uno de los miembros, o si es que la relación termina con un quiebre total de la pareja.
La condición de “estar enfermo de amor”, aparte de elevar los niveles de estrés en algunas personas, puede despertar en ellas diversas manías y conductas de naturaleza obsesivo-compulsivo, tales como mirar decenas de veces por la ventana tratando de divisar al objeto de su amor, experimentar una necesidad exagerada por revisar los mensajes de texto en el celular o chequear cada cinco minutos el computador para verificar si llegó el correo esperado, o bien, actuar y tomar decisiones, que muchas veces resultan ser absurdas e incomprensibles –desde el punto de vista del que observa el hecho– como en el caso emblemático de Nicola Pridham, una británica que abandonó a su marido y a sus ¡20 hijos! de entre 7 y 25 años, para fugarse con su nuevo amor, un hombre casado, a quien, hacía poco, había conocido a través de Internet.
Hay pacientes, que en la consulta manifiestan en forma abierta el “grato cosquilleo” que experimentan, cada vez que inician una nueva relación de pareja, o que hacen una nueva conquista amorosa. Según ellos mismos declaran, es tan grata y deseable la sensación de bienestar y felicidad que sienten que, simplemente, no están dispuestos a dejar de experimentarla. En esos momentos, los pacientes expresan estar dispuestos, incluso, a tirarse “ciegamente al vacío y en la relación”, a pesar de los sinsabores por los que luego deberán pasar, una vez que la ilusión o el entusiasmo inicial desaparezca, y comiencen a darse cuenta de ciertos signos y señales de alarma, que les indican, que la relación se ha vuelto insostenible. Estos elementos impulsivos y arrolladores que coartan el pensamiento reflexivo, son los que permiten que una pasión amorosa desborde y descontrole el curso de sus vidas, y son los que explican una buena parte de los “visibles síntomas del enamoramiento y las locuras” que de éste derivan.
La fina perspicacia e ironía de los humoristas queda bien graficada en su definición de este sentimiento: “El amor es ciego, pero el matrimonio termina por devolverles… la vista”.
Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl – Conferencista, escritor e investigador (PUC)










