25 de Julio del 2025.- El martes 3 de marzo del año 2020 comenzó la terrible pandemia del COVID-19, la cual afectó todos los ámbitos de la existencia de los chilenos. Nos percatamos de la fragilidad de la vida. Afortunadamente, el viernes 1 de septiembre de 2023, la autoridad sanitaria en Chile nos informaba que esta pandemia ya era cosa del pasado. Ese anuncio, familiarmente, nos alivió.
Después de más de cinco años, ¿te has vuelto a preguntar cosas como las que muchos solíamos preguntarnos? ¿Hiciste todo eso que prometiste mientras estabas encerrado y pensabas que tu vida —y la de tus seres queridos— podía escaparse?
¿Cumpliste con esos planes que imaginaste cuando no podías salir de casa?
En ese período —y me refiero a los años de pandemia— una de tus principales metas era sobrevivir. Otra, disfrutar lo simple, vivir realmente la vida. Te pregunto ahora: ¿lo has cumplido? ¿O sigues viviendo en piloto automático? Diversos estudios documentan que es más probable lo segundo. Tendemos a “adaptarnos” y a “olvidar” tanto los cambios negativos como los positivos.
A pesar de que la pandemia del COVID-19 haya pasado, hoy estamos viviendo una pandemia mucho más silenciosa, pero también con efectos devastadores. Una multiplicidad de reportes y estudios científicos coinciden en algo tremendamente preocupante: se trata de una pandemia que no es viral, pero sí inquietante. No es física, pero duele incluso más fuerte: es la pandemia de la salud mental. Esta afecta todas las dimensiones de nuestras vidas y está golpeando fuertemente el mundo del trabajo y las organizaciones.
El conocido estudio State of the Global Workplace (Gallup) viene mostrando hace años esta realidad. Los últimos reportes, por ejemplo, indican que el estrés laboral está en sus niveles más altos desde que se mide este constructo psicológico. El porcentaje de trabajadores en el mundo que declaran sentir algo o mucho estrés laboral llega al 44 %.
¿Qué consecuencias tiene esto? Muchas. Primero, el estrés es el principal predictor del burnout. Este es un indicador de agotamiento emocional extremo que no solo derrumba la vida de los trabajadores, sino que los puede llevar a una situación crónica e incluso a la muerte. Por el lado de los negocios, el burnout disminuye significativamente los rendimientos de los trabajadores, y, por consiguiente, los niveles de productividad y la sostenibilidad futura de las organizaciones.
Durante la pandemia del COVID-19, el Estado chileno intervino para cuidarnos: restricciones sanitarias, ayudas económicas, cambios laborales, etc. Todo con el objetivo de protegernos. Pero de vuelta a “la realidad” ¿quién nos cuida en el día a día laboral? ¿Quién vela por nuestra salud mental?
A esto se suma otro gran desafío: la inseguridad laboral que ha producido el avance exponencial de la tecnología, especialmente la inteligencia artificial. Hoy muchos nos preguntamos si nuestro trabajo será reemplazado —o ya lo fue— por un algoritmo o un prompt más rápido y preciso. Esa incertidumbre es un factor silencioso, pero también potente, en el cuidado de nuestro bienestar.
Jeffrey Pfeffer, en su famoso libro Dying for a Paycheck (“Muriendo por el sueldo de fin de mes”), calcula que en Estados Unidos la suma de problemas mentales (estrés, inseguridad laboral, falta de autonomía, etc.) causa casi 120.000 muertes en exceso cada año. Además, los costos para las empresas se estiman en casi US$ 300.000 millones anuales.
Ante esta realidad, surge nuevamente la pregunta ¿qué podemos hacer para proteger a los trabajadores y su salud mental, y al mismo tiempo garantizar la sostenibilidad de las empresas?
La ciencia de la felicidad y la Psicología Positiva han documentado científicamente varias acciones que pueden ayudar. A nivel organizacional, las corporaciones y sus líderes tienen la obligación moral de desarrollar programas de bienestar al interior de sus empresas: programas de gratitud, de propósito y sentido, de satisfacción de necesidades básicas, de altruismo y prosocialidad, de inteligencia emocional, entre otros. Estos programas no solo protegen la salud mental de los trabajadores, sino que, como consecuencia, los hacen más productivos. Es un ganar-ganar, pero con un objetivo central: el bienestar y la calidad de vida en el empleo.
Pero no solo las empresas tienen un rol que cumplir. Los y las trabajadoras también deben asumir responsabilidad personal y trabajar en herramientas para su propio bienestar. Sin embargo, sobre todo, el mayor rol lo tienen las políticas públicas. Un Estado no puede desentenderse cuando esta pandemia de salud mental se ha instalado.
Deben generarse marcos regulatorios y leyes claras. Sabemos que los cambios pueden partir por uno mismo, pero también está muy bien documentado que los cambios estructurales surgen con regulaciones a nivel país.
Jesús Unanue, director Magíster en Dirección de Empresas (MBA), Facultad de Economía y Negocios UNAB










