12 de enero del 2025.- Las fobias representan un tipo de trastorno de ansiedad y pueden ser generadas por situaciones que son estresantes o traumáticas
Son pocas las personas que nunca han experimentado ansiedad, miedo, temor o, incluso, pánico ante la presencia de una araña que sale de improviso detrás de un libro que hemos tomado de un estante, frente a la aparición de un perro agresivo y que nos ladra de forma amenazadora o ante una serpiente que se nos cruza inesperadamente en el campo.
El problema radica cuando estos miedos y temores se convierten en vivencias crónicas y con carácter irracional. Si éste es el caso, estamos frente a un trastorno psicológico denominado fobia, configurando un cuadro que puede incluir: ansiedad, terror, pánico incontrolable, transpiración helada, palpitaciones y taquicardia, y una angustia de tal magnitud que al sujeto fóbico le parece que se va a morir en ese mismo instante.
Las investigaciones coinciden en que alrededor del 10% de la población sufre de algún tipo de fobia, uno de los trastornos mentales más comunes, junto con la depresión.
Si se analiza el caso específico de la fobia social, pronto se advierte que éste es un trastorno muy frecuente y que provoca en quienes la padecen una serie de graves inconvenientes. La fobia social se caracteriza por “la presencia de un miedo persistente e irracional, con deseos compulsivos de evitar aquellas situaciones o eventos en los que el sujeto se expone a ser observado por los demás”. El gran miedo de los fóbicos sociales es actuar de manera embarazosa, vergonzosa y humillante. Estas personas no soportan la idea de hablar en público y de estar siendo observadas, en que las “meteduras de pata” son experimentadas por la persona con mucha vergüenza, transformándose en pensamientos obsesivos, invasivos y recurrentes, a tal punto, “que la sola posibilidad de asistir o participar en un evento de tipo social, casi siempre conducen al individuo a una crisis de ansiedad”. Su mantra personal es: “¡Voy a hacer el ridículo!”.
Jerilyn Ross, quien fuera una de las psicoterapeutas más reconocidas en el ámbito de los desórdenes ansiosos, determinó que alrededor de un 8% de la población mundial “vivía su propio infierno particular” por su miedo excesivo a tener que enfrentar situaciones de tipo social. Ella misma decía recibir más de 50 mil cartas cada año de parte de personas de distintos estratos sociales y sexo, solicitando ayuda por sufrir de fobia social.
Otro experto en el tema, el Dr. David Nutt, psiquiatra británico, asegura que la fobia social, conduce a otras fobias aún más graves, tales como la “agorafobia”, es decir, un temor irracional a los espacios abiertos, un trastorno que obliga a las personas que lo padecen a recluirse en las cuatro paredes de sus casas, sin posibilidad de salir de su hogar. Las fobias también pueden conducir a una persona a experimentar una depresión mayor.
Es tal el sentido de angustia que experimentan las personas afectadas por este tipo de trastorno, que los fóbicos sociales recurren con frecuencia a las drogas y al consumo de alcohol para aliviar su angustia y manejar sus miedos. Lo más grave del tema, es que estos sujetos tienen una probabilidad dos veces mayor de suicidarse, que la población general.
El significado del concepto “fobia” deriva de la palabra griega “Phobos” que significa “temor”, “miedo”, en función de lo cual, se podría definir a las fobias como aquellos cuadros de intensa angustia y de miedo irracional antes ciertos estímulos específicos que, objetivamente, no representan peligro para la integridad o seguridad de una persona.
Existen múltiples y distintos tipos de fobias, obligando a muchas personas a convivir con su fobia, a llevarla a cuestas consigo y asumirla como parte de su vida normal, es decir, un verdadero calvario personal. Así por ejemplo, hay personas que sufren de “aracnofobia”, es decir, se descontrolan totalmente frente a la presencia de una araña; hay otros sujetos que prefieren subir diez pisos a pie antes que entrar en un ascensor, en cuyo caso hablamos de “claustrofobia”, o miedo a los espacios cerrados; hay otras personas que sufren de “gefirofobia” y a las cuales les resulta imposible cruzar un puente, prefieren devolverse y buscar otra alternativa antes que intentar cruzarlo; hay quienes sufren de “eritrofobia”, es decir, un miedo patológico a ruborizarse y que, justamente, no pueden evitar ruborizarse ante una persona que les dirige la palabra; hay quienes sufren de “ictiofobia”, es decir, miedo a ver o tocar un pez; también están los sujetos “hematofóbicos”, es decir, que les resulta insoportable ver sangre o estar frente a una herida que sangra; incluso hay sujetos que sufren de “filematofobia”, es decir, una fobia irracional a los besos, un trastorno de ansiedad que produce mucho malestar personal y que termina dañando de manera irremediable las relaciones de pareja. También hay fobias como: la carcinofobia o miedo exagerado a contraer cáncer; nictofobia o miedo irracional a la noche o a la oscuridad, etc.
De manera resumida, se puede señalar, que las fobias tienen cuatro características muy definidas: (a) la reacción frente al estímulo es completamente desproporcionada, (b) no tienen una explicación que pudiera considerarse lógica, (c) es un trastorno que está totalmente fuera del control voluntario de la persona, (d) provoca la evitación compulsiva de todo aquel estímulo que cause la fobia.
En su calidad de trastorno psicológico, las fobias, con frecuencia se asocian a los ataques de pánico. Por ejemplo, si tenemos a un sujeto que sufre de agorafobia –o miedo a los espacios abiertos–, a esta persona le resulta imposible asistir a un estadio para ver un partido de fútbol, y si osara hacerlo, se expone a sufrir un probable ataque de angustia o crisis de pánico. Este ataque, aunque breve, se caracteriza por la presencia de una angustia invalidante que hace que el sujeto comience a pensar en que se va a morir, empieza a experimentar palpitaciones, sudoración excesiva, sufre una sensación de ahogo y otros síntomas que pueden ser muy desagradables.
Señalemos, finalmente, que las fobias no siempre tienen un origen genético, ya que, cuando las fobias son del tipo “puro”, es decir que se presentan como una enfermedad, la etiología –u origen– a la base es el condicionamiento. Si se toma, por ejemplo, la fobia a los ascensores, el miedo a este artefacto mecánico puedo haber nacido a causa de una mala experiencia infantil de haber quedado atrapado en un ascensor, y que quedó grabado de manera permanente en su inconsciente.
Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl – Conferencista, escritor e investigador (PUC)










