05 de enero del 2025.- Adam Smith, en 1776, sentó las bases de los principios de la economía clásica, analizando concienzudamente los factores que contribuyen al bienestar material de los países. No obstante, vale la pena preguntarse con seriedad: ¿cuál es la verdadera riqueza de las naciones? Aunque el Producto Interno Bruto (PIB) y el ingreso per cápita son indicadores claves para medir el desarrollo y la mejora en las condiciones de vida de los ciudadanos, estos no abarcan la totalidad de lo que significa el auténtico bienestar de una sociedad. La verdadera riqueza de una nación reside, en gran medida, en su educación.
Para los antiguos griegos, la riqueza educativa no se limitaba al conocimiento práctico o técnico, sino que estaba estrechamente vinculada a la formación integral del ser humano. La «paideia» griega consistía en formar ciudadanos virtuosos, capaces de participar en la vida pública con sabiduría y justicia. Los latinos, por su parte, valoraban la «humanitas», una educación que buscaba cultivar el intelecto y las virtudes morales, preparando al individuo no solo para el éxito personal, sino también para contribuir al bien común.
Guillermo Tobar Loyola – Director Nacional de Formación Integral – Universidad San Sebastián










