24 de Noviembre del 2024.- El día 25 de noviembre de cada año se conmemora el “Día Internacional para la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer”, una actividad, cuyo principal objetivo apunta, justamente, a denunciar la violencia que se ejerce sobre las mujeres en todo el mundo y exigir políticas de Estado en todos los países, para su erradicación
Ahora bien, cuando examinamos de cerca el concepto “violencia”, nos topamos con la siguiente definición: interacción entre dos o más personas que se manifiesta a través de ciertas conductas que, de forma deliberada, aprendida o imitada, provocan un daño o una condición de sometimiento grave –de tipo físico, sexual, verbal o psicológico– a otro individuo o también a una colectividad, como sucede en el caso de una guerra.
Si ahora ampliamos el concepto y buscamos las implicaciones del concepto “violencia contra la mujer” nos encontramos con diversas definiciones. Una de las más utilizadas en nuestro país, la define como aquella “agresión, amenaza u ofensa ejercida sobre la mujer por parte del cónyuge, la pareja, el pololo u otros integrantes de la familia, que menoscaba la integridad física, psicológica y sexual de una mujer”.
En función de lo anterior, resulta imperativo hacer una primera recomendación: las mujeres deben comprender –y aprender–, que si en un determinado momento su relación de pareja comienza a deteriorarse y/o a desviarse de su curso normal –a causa del uso de golpes, descalificaciones, amenazas, abuso psicológico, etc., por parte de la pareja– entonces, es hora de repensar una relación que se ha vuelto insalubre y tóxica, cortar el vínculo y alejarse de esa persona cuánto antes y, ojalá, de manera definitiva, ya que los riesgos de que suceda algo más grave y peligroso para la integridad física y mental de la mujer, aumentan con cada día que pasa, tal como lo podemos observar con el incremento de los casos de violencia intrafamiliar y de femicidios, tanto en nuestro país, como así también en otras naciones.
El femicidio es la forma más extrema que existe de ejercer violencia en contra de las mujeres. Esta dura realidad se asocia con la falsa y equivocada creencia de origen cultural, de que los hombres tienen el derecho de controlar la libertad, el patrimonio y la vida de las mujeres por el solo hecho de ser mujeres.
Dado que la violencia en contra de las mujeres no tiene visos de frenarse y que, por el contrario, existe evidencia –a través de numerosos datos estadísticos– que éstos van en aumento, se hace perentorio que nuestro país establezca más, mejores y nuevas medidas para enfrentar esta infame realidad, por cuanto, resulta fácil advertir –y no se requiere ser muy inteligente para darse cuenta de ello– que las leyes, las penas aflictivas y las condenas no parecen asustar a los perpetradores. Muy lejos de eso.
Es preciso destacar, asimismo, que de muy poco –o de nada– sirven las “órdenes de restricción”, es decir, aquel documento judicial por intermedio del cual, la Corte de Justicia ordena a los agresores a no tener ningún tipo de acercamiento o contacto físico con las víctimas, si nadie –incluyendo a propia justicia, a las autoridades responsables, a los jueces, a fiscales y carabineros– se preocupa (o les interesa siquiera) de que tales órdenes se cumplan a rajatabla.
Lo cierto, es que en nuestra actual sociedad –la que, al parecer, ha optado por normalizar la violencia, la agresión y el vandalismo– se necesita un profundo cambio cultural y de mentalidad, cambio que no se logrará sólo a través de imponer más castigos, aumentar las penas, impartir órdenes de restricción o por medio del “ferviente e íntimo deseo por parte de la justicia” de que el agresor cambie voluntariamente su actitud y su conducta agresora en contra de la mujer. ¿La razón de fondo para señalar esto? Muy simple: la repetición de conductas de agresión está ya firmemente arraigada e incrustada en la arquitectura cerebral de los agresores, y es muy difícil, cuando no imposible, que estos individuos, de motu proprio, quieran modificar su comportamiento, el cual, en definitiva, es el que los hace entrar en un círculo de violencia difícil que romper.
Previamente señalé, que se requiere un cambio cultural y de mentalidad, y éste, sólo puede producirse desde muy temprano, es decir, cuando el futuro perpetrador aún es un niño. ¿Qué significa esto? Que las autoridades responsables de los Ministerios del Interior, de Justicia, de Educación en conjunto con el Ministerio de la Mujer y Equidad de Género, deberían colocarse las pilas y ponerse de acuerdo, de una vez por todas, y comenzar desde ya a diseñar un programa integral de “formación cívica” focalizado en el respeto y trato digno del género femenino desde el momento mismo en que los niños entran al colegio y, si es necesario, desde que entran al jardín infantil.
La razón es muy simple de comprender: los niños necesitan aprender y practicar a edades muy tempranas algunas fórmulas y estrategias que permitan el establecimiento del “autocontrol de impulsos” –o interruptor conductual– en relación con el uso de la agresión y el manejo de impulsos agresivos en contra de las mujeres y, por extensión, en contra de cualquier otro ser humano o ser vivo.
El Dr. Walter Mischel, un renombrado psicólogo y estudioso de la personalidad y el comportamiento del ser humano, demostró hace ya muchos años, que lo que se está planteando aquí, es mucho más fácil, más barato y más efectivo de llevar a cabo, que intentar modificar patrones de respuesta hostiles que ya han sido establecidos y que han quedado arraigados en la conducta del sujeto a lo largo de su vida. Con mayor razón, si tomamos en cuenta que vivimos en una sociedad que es propensa a la violencia, donde, en ocasiones, son las propias madres quienes tienden a incentivar en sus hijos varones una mal entendida conducta de “macho recio”.
Señalemos finalmente, que las estadísticas relacionadas con el uso de la violencia, así como también con el explosivo aumento de la delincuencia y el vandalismo en nuestro país, indican claramente, que estos patrones de conducta terminan siendo, la más de las veces, destructivos y autodestructivos, además de difíciles de modificar, a medida que el sujeto se hace más adulto.
Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl – Conferencista, escritor e investigador (PUC)










